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Todas las naciones ante Él son como nada, menos que nada e insignificantes son consideradas por Él (Is 40:17).

Las naciones alrededor de Israel eran superiores en número y tamaño. Durante la época de Isaías, Asiria era el imperio económico y militar que dominaba el mundo. Dios había usado a esta nación pagana para castigar a Su pueblo por su desobediencia y rebeldía constante. Habían sido épocas difíciles para Israel. De hecho, los treintinueve capítulos iniciales de Isaías son un anuncio y una descripción de este juicio divino que vendría sobre Su pueblo. Pero el tono del relato cambia cuando leemos el capítulo cuarenta de este libro: se anuncia el plan de Dios para traer salvación a los Suyos.

El consuelo y la restauración están apunto de llegar. Es en medio de estas circunstancias que el profeta proclama las siguientes palabras: «Todas las naciones ante Él son como nada, menos que nada e insignificantes son consideradas por Él» (Is 40:17).

Estas palabras eran significativas para el pueblo israelita porque la implicación inmediata era que las naciones (incluyendo la gran e invencible Asiria) son como nada delante de Dios. Hay un poder mayor, una fuerza y autoridad que supera el poderío asirio. El sentido de admiración, de temor, e incluso de lealtad hacia Asiria, debe sufrir un cambio porque hay Alguien que los supera. Hay Uno que merece nuestra reverencia y confianza: el Dios de Israel.

Esa fue la verdad manifestada en el año 722 a. C., cuando Isaías profetizó, y sigue siendo la verdad de nuestra existencia en el siglo XXI. El mundo de hoy es primera y fundamentalmente un mundo que no puede ofrecer nada que se compare al Dios de los cielos.

Él es Dios y no hay otro fuera de Él. Solo Él es digno de nuestra reverencia, obediencia y lealtad. Él es superior a la creación, a los ídolos y a las naciones de la tierra. Ni los poderes humanos ni los poderes de las tinieblas pueden superar ni resistir al Dios que nos creó y gobierna. Solo en Él podemos confiar, descansar y tener esperanza para el futuro. Él es el mismo Dios que nos amó, nos redimió y nos llama Sus hijos. ¡Amén!

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