Desorientación | Reflexión

Desorientación

Debemos decir con dolor que los humanos vivimos en una permanente e inigualable falta de orientación espiritual.

Job 24-29 y Lucas 15-16

Puesto que no son ocultos los tiempos al Todopoderoso,
¿Por qué los que le conocen no ven sus caminos?
(Job 24:1 RV60)

Estamos viendo con tristeza la multiplicación de atentados terroristas en Europa y la continua masacre en el medio oriente.  Escuchamos de víctimas y victimarios, pero poco es lo que sabemos de sus historias personales. Hace unos años tuve la oportunidad de seguir de cerca la historia de dos muchachas jóvenes, de 17 y 18 años, víctima y victimaria en un atentado terrorista en Israel.

Ellas eran muy parecidas físicamente. Ambas entraron a un supermercado una tarde de un viernes cualquiera. Raquel, de 17 años, estaba yendo a comprar lo que su madre le había encargado. Ayat, de 18 años, llevaba una bomba en el cuerpo e iba dispuesta a inmolarse por su causa. En la puerta del supermercado en Jerusalén, Ayat detonó los explosivos muriendo instantáneamente, y con ella también Raquel y un guardia de seguridad.

Ayat era una joven palestina recién comprometida en matrimonio y los que la conocían dijeron que era muy estudiosa. Soñaba con estudiar periodismo en la universidad. Raquel era judía y le encantaban los aeróbicos y la fotografía. Ninguna de las dos parecía muy preocupada o comprometida por los sucesos políticos que vivían sus pueblos. Ese viernes, Raquel le dijo a su madre que le gustaría comer pescado. Ante la falta de algunos ingredientes, su madre la mandó al supermercado por lo que faltaba. Ayat, en cambio, ese día había grabado un vídeo en dónde decía que se convertiría en mártir por su pueblo.

Un amigo, que en esos días tomaba unos cursos en una universidad en Jerusalén, me dijo que, al igual que yo, se enteró del atentado por las noticias y que la vida en esa gran ciudad seguía su curso. Al final, “C´est la vie” (así es la vida), podría decir alguien con respecto a esos sucesos.

Sin embargo, tal respuesta no llega a satisfacer mi fuero espiritual. Podría sonar hasta realista, pero es profundamente egoísta. Sin embargo, ¿qué podríamos hacer nosotros? ¿Podemos acaso ejercer algún tipo de presión sobre los poderes mundiales? ¿Protestar en las calles? ¿Qué tendríamos que anunciar en el nombre de Dios?

No creo tener toda la capacidad sociológica para poder interpretar los sucesos que acabamos de mencionar, pero como socio activo de este planeta no puedo darle la espalda y seguir mi vida como si nada. No son solo sucesos políticos, son sucesos del ser humano, de la humanidad entera.

Debemos decir con dolor que los humanos vivimos en una permanente e inigualable falta de orientación espiritual. Esta desorientación permanente hace que vivamos, una y otra vez, las sutiles paradojas de la incongruencia humana, que tercamente intenta eliminarse buscándose las venas en la muñeca ajena. Todos temblamos ante el día de mañana, ante nuestra poderosa e imbatible maldad.

Job hace una descripción de esa desgracia humana con las siguientes palabras: “Porque para él la mañana es como densa oscuridad, Pues está acostumbrado a los terrores de la densa oscuridad” (Job 24:17). El mañana se hace oscuro, parece decir Job, y eso que lo escribió muchos siglos antes de nuestro acongojado tiempo. No obstante, el patriarca nos enseña a través de su persona acerca de las brújulas espirituales que debe tomar una persona para evitar la desorientación espiritual que vive nuestro mundo repleto de tinieblas y oscuridad.

La primera de ellas tiene que ver con el hecho de que la justicia nunca debe ser entendida sólo en términos de beneficios personales, sino como la integridad costosa que sostiene al alma. Así lo dice Job: “¡Vive Dios, que ha quitado mi derecho, Y el Todopoderoso (Shaddai), que ha amargado mi alma! Porque mientras haya vida en mí, Y el aliento de Dios esté en mis narices, Mis labios, ciertamente, no hablarán injusticia, Ni mi lengua pronunciará mentira. Lejos esté de mí que les dé la razón a ustedes; Hasta que muera, no abandonaré mi integridad” (Job 27:2-5). Este es un compromiso de conciencia, no se trata de circunstancias favorables o desfavorables, sino que se firma en los terrenos de la intimidad del alma. Son como los cimientos sobre los que se levantará una vida digna, irreprochable, confiable. Si soy justo desde adentro, entonces se manifestará exteriormente.

La segunda brújula es el pacto con Dios de que nuestra integridad no sólo beneficiará a los nuestros, sino también a los que nos rodean. Job había sido favorecido por la aprobación y el respeto de sus pares, pero también con el privilegio de ser bendición a los que estaban bajo él: “Porque yo libraba al pobre que clamaba, Y al huérfano que no tenía quien lo ayudara. Venía sobre mí la bendición del que estaba a punto de perecer, Y el corazón de la viuda yo llenaba de gozo. De justicia me vestía, y ella me cubría; Como manto y turbante era mi derecho. Ojos era yo para el ciego, Y pies para el cojo. Padre era para los necesitados, Y examinaba la causa que no conocía. Quebraba los colmillos del impío, Y de sus dientes arrancaba la presa” (Job 29:12-17). Si miramos a nuestro alrededor, seguro encontraremos personas desorientadas que sufren por la oscuridad y egoísmo de nuestro mundo. A ellos podemos bendecir en silencio, por su beneficio y no por el nuestro.

Jesucristo es la mejor brújula que existe. Sus palabras son orientadoras y transformadoras. Justamente, la gente que lo rodeaba, producto de su propia desorientación, no llegaba a captar la dimensión real de los actos de nuestro Señor: “Y los Fariseos y los escribas murmuraban: ‘Este recibe a los pecadores y come con ellos’” (Lc. 15:2). Era imposible para los religiosos de su tiempo (y de todos los tiempos) entender a un Jesús que comprendía su misión en términos de compartir de su integridad con los que estaban viviendo las consecuencias de su propia desintegración.

El pegamento no encuentra un mejor lugar para solucionar una rotura que colocándose justo en el medio del desastre. Y eso era lo que el Señor hacía. La mejor forma de demostrar su justicia era brillando en medio de la injusticia y ofreciendo de su justicia a aquellos que están descalificados por sus injusticias. Las parábolas de la oveja y la moneda perdida son la ilustración perfecta a lo que el Señor quería enseñar. No hay mayor alegría que encontrar lo que siendo valioso suponíamos perdido.

Pero no nos equivoquemos, los que estábamos perdidos en la oscuridad éramos nosotros y el que nos encontró fue el Señor. ¡Nunca al revés! Así lo explicó Jesús: “Les digo que de la misma manera, habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento” (Lc. 15:7).

Es en la parábola del hijo pródigo en donde se exalta la riqueza del amor de Dios para con nosotros, los desorientados y caídos. El hijo menor había dilapidado la herencia, se había ensuciado hasta acabar en un chiquero, pero desde allí volvió en sí y decidió volver arrepentido a su padre. Jesús pone las siguientes palabras en la boca del padre misericordioso al momento de encontrarse con su hijo: “… ‘Pronto; traigan la mejor ropa y vístanlo; pónganle un anillo en su mano y sandalias en los pies. Traigan el becerro engordado, mátenlo, y comamos y regocijémonos; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado.’ Y comenzaron a regocijarse” (Lc. 15:22-24).

Temo decirlo, pero después de leerlo varias veces me doy cuenta que a esta parábola le falta el factor “corrección y castigo”. ¿Estaré desorientándome? ¿Esta parábola no muestra un escarmiento ejemplificador? Pues, no. La misericordia siguió al arrepentimiento, y la restitución absoluta fue el resultado de la compasión paterna. Sé que nos cuesta entenderlo, pero es lo que Jesús enseña con absoluta claridad: Jesús fue a la cruz del calvario a pagar el precio por nuestros desvaríos de forma completa, total. El hijo que volvía hecho pedazos encontró comprensión, amor, honor, y alegría a su vuelta. Era indigno desde el punto de vista de sus actos degradantes, pero le fue devuelta su honra solo por los lazos y el poder restitutivo del amor. ¿Será el amor de Dios en Cristo una de las claves para que el hombre encuentre de nuevo su norte espiritual?

Cuando el otro hijo reclama por la fiesta en honor del hermano corrupto, Jesús nos vuelve a decir a través del padre de esta historia: “Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque éste, tu hermano, estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado” (Lc. 15:32). ¿No será necesario volver a celebrar la vida en Cristo recobrada por el poder de Dios en medio de la pudrición de la muerte? ¿No será necesario dejar de hacer fiestas en honor a nuestra bondad, para empezar a festejar a otros por el solo hecho de que Dios tiene de ellos misericordia? ¿No será necesario volver a las buenas noticias de la vida en Cristo en lugar de andar anunciando una oscuridad sin esperanza? Solo así podremos pasar de la desorientación espiritual a la orientación a través de Jesucristo.

¿No será un buen momento para entender que la orientación de Dios es diferente a la nuestra? Jesús dijo, “… porque lo que entre los hombres es de alta estima, abominable es delante de Dios” (Lc. 16:15b). Empecemos a orientarnos con la Palabra de Dios que nos muestra el sentido de la vida de acuerdo a su Creador. ¿Te orientaste?


Imagen: Lightstock.
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