Derechos humanitarios | Reflexión

Ezequiel 46-48 y 1 Pedro 2-3

“Junto a las orillas del río crecerá toda clase de árboles frutales; sus hojas no se marchitarán, y siempre tendrán frutos. Cada mes darán frutos nuevos, porque el agua que los riega sal del templo. Sus frutos servirán de alimento y sus hojas serán medicinales” (Ez. 47:12 NVI).

Laura O’Meara, una madre estadounidense, nunca había estado en Argentina, no habla español, y nunca había tenido una actitud de servicio social muy decidida. Sin embargo, un informe televisivo acerca del hambre que estaban pasando muchos niños en Tucumán la hizo reflexionar y actuar a finales del año 2003. Ella recuerda ver en la televisión el drama de Beatriz, una joven madre argentina, que no tenía con qué alimentar a sus hijos, hasta el punto en que muchas veces, para engañar el hambre, tuvo que darles de comer tierra.

Las imágenes del pequeño hijo de Beatriz, Santiago, enfermo y desnutrido, la conmovieron hasta lo más profundo de su alma. Ella tomó sin dudarlo 7,000 dólares que había ahorrado para cambiar el auto, y junto con otras señoras decidió enviar un contenedor con comida hacia Tucumán. El embarque llegó a puertos argentinos, pero la burocracia aduanera impidió que pudiera llegar a tiempo a Tucumán. El pequeño Santiago murió de hambre semanas después, sin siquiera haber recibido nada de la ayuda que con tanto amor se le había enviado.

En una entrevista a la BBC de Londres años atrás, ella menciona: “La mayoría de la gente que mandó comida en ese contenedor era como yo. Un grupo de madres sin ningún mensaje político. Sin ningún ánimo más que ayudar a aquellos que están pasando un mal momento, así como nosotros podemos llegar a pasarlo… pero esto no significa que no seguiremos adelante. La memoria de Santiago tiene que servir de algo. Tiene que abrir los ojos de los ciegos. Esto no puede pasar y olvidarse”. Un altísimo número de niños sufre desnutrición aguda o crónica en la zona en donde vivía Santiago.

***

No, no he confundido el famoso término (ahora tan polémico y hasta venido a menos) en el título de nuestra reflexión. La muy conocida expresión “Derechos humanos” apareció con el fin de la Segunda Guerra Mundial y la constitución de las Naciones Unidas. Sin embargo, el reconocimiento de ciertos derechos básicos del ser humano, por su condición de tal, se emplea desde mucho tiempo atrás. Estos derechos no son solo para actuar ante una situación injusta, sino también para reconocer que hombres y mujeres merecen condiciones básicas de educación, igualdad, salud, bienestar económico, y seguridad que vayan de acuerdo a la dignidad implícita del ser humano, sin importar las circunstancias sociales y las diferencias que pudieran existir entre las personas. No quiero seguir en el tema porque mucho se ha escrito al respecto y considero que muchos de ustedes dominan más que yo esta materia.

¿Estamos dispuestos a pagar las consecuencias por hacer valer nuestro derecho a vivir como cristianos en un mundo no cristiano?

Sin embargo, ahora me atrevo a acuñar el término “humanitario” (si todavía no existe, aunque no hay nada nuevo bajo el sol) entendiéndolo como el derecho que también tenemos a actuar con bondad, a ser caritativos y afables, manifestando las virtudes más altas que nos alejan de lo meramente instintivo y animal en apoyo a nuestro prójimo. Lamentablemente, nuestra sociedad tiende a oscurecer esa responsabilidad fundamental y nos obliga al egoísmo, a la codicia, a privar a otros para poseer nosotros, a pelear una batalla sangrienta por una supervivencia inhumana que hace que batallemos descarnadamente aun con nuestros seres más queridos. Los que, gracias a Dios, ya no tenemos que luchar por defender nuestros “derechos humanos” (aunque eso no significa que dejemos de combatir con fuerza para que otros también los alcancen), deberíamos luchar por hacer efectivos nuestros “derechos humanitarios”.

Las aguas que salen del santuario de Dios mencionado por Ezequiel son aguas que proveen salud. En la Biblia se reconoce al agua (en algunos casos) como a la Palabra de Dios, y los árboles como a las personas. Nosotros alcanzamos madurez y significado cuando, nutridos de la Palabra fresca de Dios, vamos madurando naturalmente y dando fruto, y también hojas que proveen sombra y refugio (véase el Salmo 1). La posibilidad de dar fruto, sombra, y sosiego me hace pensar que esos delicados beneficios de mi relación con Dios no son solo para mí. Ese fruto es para el hambriento, la sombra para el cansado, y el sosiego para el atribulado que se acerca a mi vida. Tristemente, muchos de nosotros renunciamos a nuestros “derechos humanitarios” de forma voluntaria, como si el árbol pensase que se puede comer su fruto, que puede recostarse en su propia sombra o que puede calmarse a sí mismo. Por eso preferimos seguir siendo hostiles, violentos, insaciables, ingratos, codiciosos, rechazando a los demás y las necesidades que nosotros, por la bendición de Dios en nuestras vidas, podemos saciar. Justificamos nuestra renuncia a ser como Dios espera que seamos porque aparentemente el mundo no lo permite, o porque tememos perder nuestros pocos privilegios.

Sin embargo, el apóstol Pedro opina un tanto distinto y no solo sugiere el derecho humanitario, sino que lo obliga al colocarlo dentro de la ineludible voluntad de Dios: “Porque ésta es la voluntad de Dios: que practicando el bien, hagan callar la ignorancia de los insensatos. Eso es actuar como personas libres que no se valen de su libertad para disimular la maldad, sino que viven como siervos de Dios” (1P. 2:15-16 NVI). ¿Te has dado cuenta de que el sistema en que vivimos nos impide a menudo ser simplemente buenos? ¿Te has dado cuenta de que estar satisfecho y gozando de nuestros derechos no significa que seamos justo y menos que vivamos en justicia? ¿Te has dado cuenta de que, mientras estemos de paso en este pequeño planeta azul, todos somos socios solidarios y que nada realmente nos pertenece? ¿Te has dado cuenta de que nuestra bondad se transforma en egoísmo cuando no traspasa los linderos de nuestro entorno cercano?

A los cristianos del siglo XXI nos está faltando un ingrediente fundamental en nuestra constitución espiritual: la disposición al sufrimiento justo.

Hace poco leía la historia de Rose Parks, una mujer de 42 años, que en diciembre de 1955 hizo valer sus derechos con un simple pero decidido acto: tomó asiento en un bus segregacionista y no le dio asiento a una persona blanca. Este sencillo pero valiente acto despertó las conciencias y gatilló todo un cambio social de carácter mundial. Sin embargo, no creamos que ella fue aplaudida por su decidida acción y premiada por toda la comunidad. Ella fue detenida y humillada, pero andaba buscando no solo su propia vindicación, sino la de todos los miembros de su grupo social.

Cuando después se formalizó la protesta contra la segregación en los buses, una de las tres demandas presentadas fue muy humanitaria. Unos humanos le pedían a otros humanos, algo muy sencillo: “Tratamiento amable en los buses”. Martín Luther King fue uno de los jóvenes líderes que se unió a la protesta, pero dentro de un perfil humanitario. El urgió a sus compañeros a resistir a sus enemigos con amor, no con odio o venganza. El mensaje de King no era nuevo. Ya el apóstol Pedro lo anunciaba hace un par de milenios: “Porque es digno de elogio que, por sentido de responsabilidad delante de Dios, se soporten las penalidades, aun sufriendo injustamente. Pero ¿cómo pueden ustedes atribuirse mérito alguno si soportan que los maltraten por hacer el mal? En cambio, si sufren por hacer el bien, eso merece elogio delante de Dios” (1 P. 2:19-20 NVI). ¿Estamos dispuestos a pagar las consecuencias por hacer valer nuestro derecho a vivir como cristianos en un mundo no cristiano? Yo no me había dado cuenta, pero no hay duda de que hacer bien muchas veces duele. 

A los cristianos del siglo XXI nos está faltando un ingrediente fundamental en nuestra constitución espiritual: la disposición al sufrimiento justo. ¿Cuántos años estuvo Nelson Mandela en la cárcel? ¿Por qué murió Mahatma Gandhi? ¿Qué le pasó a Martín Luther King? Ellos pagaron un alto precio por sus ideales. Pero superior a ellos es Jesucristo, nuestro Señor, “… porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplo para que sigan sus pasos…. Cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba a aquel que juzga con justicia. Él mismo, en su cuerpo, llevó al madero nuestros pecados, para que muramos al pecado y vivamos para la justicia. Por sus heridas ustedes han sido sanados. Antes eran ustedes como ovejas descarriadas, pero ahora han vuelto al Pastor que cuida de sus vidas” (1 P. 2:21,23-25 NVI). 

Solo se podrá ser realmente humanitario cuando se tiene a Cristo en el corazón. Él nos hace verdaderamente humanos cuando nos perdona nuestros pecados y le da sentido a nuestras vidas. En su ejemplo, yo puedo entender todo lo bondadoso que fue conmigo al tomar mi lugar en la cruz. 

Cuando percibo todo lo anterior, entonces cobra sentido el llamado que Dios nos hace: “En fin, vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes. No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan, porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición… Y a ustedes, ¿quién les va a hacer daño si se esfuerzan por hacer el bien? ¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! ‘No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar’… Si es la voluntad de Dios, es preferible sufrir por hacer el bien que por hacer el mal “ (1 P. 3:8-17 NVI). 

¿Dónde están los defensores de los derechos humanitarios? Levántense y cumplan con su deber a cualquier precio. ¡Es la voluntad de Dios!


Imagen: Lightstock.
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