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No mucho tiempo después de mi conversión, aparecí en el escenario. Un testimonio intrigante y dones evidentes me abrieron las puertas para hablar en iglesias y en los campus universitarios. A pesar de la retroalimentación alentadora, sabía que necesitaba aprender de la Biblia. Así que me mudé a Denton, Texas, para estudiar con la guía del pastor Tom Nelson.

Teníamos que buscar en qué servir, así que elegí el ministerio universitario, suponiendo que podría servir de guía.

Dios tenía otros planes.

El escenario

John Bryson dirigía el ministerio universitario en ese tiempo, y él había convivido con suficientes jóvenes como para saber que yo necesitaba aprender una lección.

Antes de la primera reunión del año, John me dijo que tenía una oportunidad importante para mí. Supuse que quería que compartiera mi testimonio o que predicara, así que me presenté listo. En lugar de llevarme al escenario, me llevó detrás de este. Señaló una cuerda. Serviría a aquellos en el escenario abriendo y cerrando la cortina.

Con cada tirón de la cuerda, mi frustración aumentaba. Mis manos ardían y mi corazón criticaba a los oradores. Si yo estuviera allí, Dios me usaría poderosamente. Nunca he oído la voz audible de Dios, pero esa noche tuve una sensación muy clara:

“Si no puedes estar igual de alegre aquí donde nadie te ve, como lo estarías allí frente a todos, entonces estás buscando tu gloria, no la mía”.

Robándole cámara a Jesús 

Y entonces me di cuenta: servía a Dios con motivos mixtos. Esperaba que las personas perdidas se salvaran, pero quería ser el evangelista que Dios usara. Deseaba que los cristianos fueran alentados, pero yo quería ser el instrumento de edificación. Quería que la gente creyera que Dios es increíble… y que yo también lo era.

Aquí es donde se complica el asunto. El deseo de que Dios sea glorificado a través de mí es el más alto propósito para el que fui creado. Pero hay una delgada línea entre querer que Dios te use para su gloria y querer que todos te conozcan. Es la delgada línea entre la adoración genuina y la idolatría.

No está mal desear ser parte de lo que Dios está haciendo, de hecho fuiste creado para ese propósito (Ef. 2:10). No está mal querer que la gente vea a Dios glorificado en tu vida (Mt. 5:16). No está mal servir con la esperanza de que la gente tenga convicción de pecado y ponga su fe en Cristo (1 Pe. 2:12).

De hecho, yo diría que es pecaminoso no desear estas cosas. Pero debemos prestar atención a nuestros corazones para que no busquemos robarle la gloria a Jesús.

Confesiones de un ladrón de gloria 

Aquí seis confesiones de un ladrón de gloria.

1. Quiero glorificar a Jesús, pero también quiero gloria para mí mismo. 

He terminado maravillosos servicios dominicales desalentado porque en el fondo esperaba que alguien me dijera: “Ese fue el sermón más asombroso que he escuchado”. Es posible desear que Jesús sea exaltado mientras codicio la afirmación de los demás. Los siervos útiles están satisfechos cuando nadie los aplaude, mientras que todos aplaudan a Jesús. Pero un siervo que busca afirmación le roba a Jesús. Como un amigo dijo una vez: “Un pastor que predica para ganar gloria para sí mismo está coqueteando con la novia de Cristo, por quien Él murió”.

¿En qué ocasiones sientes anhelo por ser afirmado? ¿Cómo reaccionas?

2. Escondo mis pecados en mi afán de ser afirmado.

La vergüenza es poderosa. Nos convence de que no podemos ser honestos con respecto a nuestra verdadera condición, y así nos tienta a fingir. Cuando escondemos el pecado, mostramos que atesoramos más las opiniones de la gente, que complacer a Cristo.

Sin embargo, cuando confesamos nuestros pecados a otro cristiano de confianza, Dios comienza a crucificar nuestra tendencia a robarle la gloria. Una humildad única nace cuando miras a los ojos a otra persona y le confiesas cómo has pecado contra Dios y los demás. El ídolo de la afirmación es aplastado, y Dios es visto como glorioso a pesar de uno mismo.

3. Me vuelvo amargado cuando Dios usa a otros en lugar de usarme a mí. 

Durante mi primer año en el seminario, aprendí sobre la semana donde predicarían los estudiantes de último año. Los “mejores” predicadores de la clase graduada eran elegidos para predicar en capilla. Deseaba tanto estar entre ese grupo que oré y ayuné por ello. No fui seleccionado. Mientras escuchaba a aquellos hermanos predicar fielmente, me quejé de que Dios no me había usado como Él los estaba usando a ellos, y yo sabía que estaba mal.

¿Te sientes frustrado o desalentado cuando Dios te “pasa por alto”? Esos son buenos momentos para reevaluar por qué sigues a Jesús.

4. Me preocupo más por mi desempeño en público que por mi devoción en privado.

A menudo no oramos debido a que otras cosas parecen ser más apremiantes. Las oportunidades para el ministerio en público son rival de nuestra devoción al Dios que nos confió esas oportunidades de un principio. Los ladrones de gloria se sienten apresurados por salir del armario de la oración, ya que valoran más estar ante los hombres que ante Dios.

No quiero decir que el ministerio público no es un acto de adoración. A menudo siento la presencia de Dios intensamente mientras predico o evangelizo. Sin embargo, puedo ser tentado a descuidar las disciplinas de la oración, el ayuno, y mi lectura bíblica sin distracciones, ya que otras cosas me atraen y presionan.

5. Temo el fracaso moral por las razones equivocadas.

Cuando un cristiano cae públicamente, distorsiona la visión que tiene la gente de Dios (Prov. 25:26; Ro. 2:24). Esta posibilidad aflige a cualquiera que se preocupa por la reputación de Jesús en el mundo.

Cuidar lo que la gente piensa de nosotros no es en sí mismo incorrecto. Pero el orgullo puede llevarnos a ocultar el pecado, y el orgullo precede la destrucción (Prov. 16:18). Como J. C. Ryle en cierta ocasión observó: “Los hombres caen en privado mucho antes de que caigan en público”.

6. Mi deseo de ser alguien rivaliza mi deseo de que Jesús lo sea todo.

Cuando estuve entre bambalinas hace años, tuve deseos que competían dentro de mi corazón. No era suficiente que solo recordaran a Jesús. Quería que la gente me recordara a mí también.

Juan el Bautista nunca le habría robado cámara a Jesús. Las multitudes acudían a Juan, pero él tenía una misión: dar a conocer a Jesús. “Yo no soy el Cristo”, declaró. “Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya” (Jn. 3:28-30).

Juan estaba contento con servir detrás del escenario para que Jesús pudiera ser visto más claramente.

¿Puedes contentarte con que Jesús sea glorificado, aunque eso signifique que nadie nunca recordará tu nombre? ¿Estarías satisfecho con estar entre los “otros” de Hebreos 11, y no entre los héroes de la fe?

Jesús vino para salvar de sí mismos a los ladrones de gloria. De hecho, renunció a su propia gloria y luego murió por todas esas veces en las que le hemos robado gloria a Dios. Solo Él es digno de alabanza.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Carolina López Ortiz
Imagen: Lightstock.
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