Declaración de amor | Reflexión

Oseas 7-14 y 2-3 Juan

“Desde que Israel era niño, yo lo amé; de Egipto llamé a mi hijo.
Pero cuanto más yo lo llamaba, más se alejaba de mí.
Ofrecía sacrificios a sus falsos dioses y quemaba incienso a las imágenes.
Yo fui quien enseñó a caminar a Efraín; yo fui quien lo tomó de la mano.
Pero él no quiso reconocer que era yo quien lo sanaba.
Lo atraje con cuerdas de ternura, lo atraje con lazos de amor.
Le quité de la cerviz el yugo, y con ternura me acerqué para alimentarlo”
(Oseas 11:1-4 NVI).

Recuerdo cuando se hizo noticia el rescate de un político canadiense por parte de su esposa. Él había estado caminando cerca de un acantilado cuando perdió el equilibrio y cayó al mar, quedando inconsciente. Su señora alcanzó a llamar al 911 para luego lanzarse al rescate de su esposo, manteniéndolo a flote, y permitiéndole respirar hasta que llegaran los paramédicos. Ambos eran personas mayores y es notable la valentía, el coraje, y también el profundo amor demostrado por la dama.

Historias como esas son siempre edificantes y me dejan pensando en lo impresionante que es el amor. Creo sinceramente que lo más noble de la naturaleza humana siempre se ha nutrido de esta virtud. El verdadero amor no tiene edad ni está definido por una época determinada. El amor ha sido una pasión potente que ha llenado de dicha y también de quebranto los corazones de todos los seres humanos de todas las épocas. Hay una poesía del intelectual peruano Manuel González Prada, escrita en 1937, que me parece genial: 

Al Amor (Amour  est-il mal? est-il biens?)

Si eres amor, un bien del alto cielo
¿por qué las dudas, el gemido, el llanto,
la desconfianza, el torcedor quebranto, las turbias noches de febril desvelo?
Si eres un mal en el mezquino suelo
¿Por qué las risas, el arrobo santo,
las horas de placer, el dulce canto, las visiones de paz, el consuelo?
Si eres, nieve ¿Por qué tus vivas llamas?
Si eres llamas ¿Por qué tu hielo inerte?
Si eres sombra, ¿Por qué la luz que derramas?
¿Por qué la sombra si eres luz querida?
Si eres vida, ¿Por qué me das la muerte?
Si eres muerte, ¿por qué me das la vida?

¡Don Manuel sí que sabía lo que era el amor! Sin embargo, el poema me deja un sabor subjetivo y emocional. Me llama mucho la atención el comprobar que, a pesar de la importancia del amor en la vida de las personas, son muy pocas las que pueden llegar a definirlo con precisión. Yo he buscado mucho alguna definición apropiada, pero no he encontrado nada que me satisfaga por completo. De esa investigación, les presento unas cuantas definiciones para sus archivos personales: 

“El amor es más que un sentimiento. Es una unidad profunda sostenida por la voluntad y deliberadamente fortalecida por el hábito”. 

“El amor es la constante tendencia del alma en la búsqueda del permanente bienestar de alguien seleccionado de manera especial y distintiva”. 

“El amor hace referencia a la aceptación del otro o de lo otro como alguien legítimo en la convivencia. Por lo tanto, amar es abrir un espacio de interacciones recurrentes con otro en el que su presencia es considerada legítima y sin exigencias”. 

“Lo opuesto al amor es la indiferencia”.

En el pasaje base de nuestra reflexión, el Señor expresa el profundo amor que tiene para con su pueblo. Hagamos un ejercicio mental, y cambiemos los nombres de Israel y Efraín por nuestros propios nombres. Notemos que Dios nos ama desde hace mucho tiempo atrás, sin que lo sepamos. Se trata de un amor soberano. Su amor se manifiesta en su deseo por cuidarnos, enseñarnos, y proveer para nuestro sustento al reconocernos como suyos. La única gran petición que Él nos hace no está ajena a lo que toda aquella persona que ama de verdad está dispuesta a demandar: fidelidad y compromiso.

No basta con decir que amamos al Señor; la prueba suprema será nuestra disposición a obedecerle, a serle fiel, y a mantener una relación de amor estrecha con Él.

La música popular le canta continuamente al dolor de la infidelidad. Recuerdo un vals peruano que dice algo como esto: “Para que sepan todos que tú me perteneces, te marcaré la frente con sangre de mis venas… y sepan que tú eres mi propiedad privada”. ¡Espero que se trate de una hipérbole! No es extraño que el Señor, en su amor por nosotros, también requiera una fidelidad a toda prueba, y que declare su deseo amoroso de que le declaremos nuestro único Dios.

Oseas recibió el mensaje con las siguientes palabras: “Pero yo soy el SEÑOR tu Dios desde que estabas en Egipto. No conocerás a otro Dios fuera de mí, ni a otro salvador que no sea yo” (Os. 13:4 NVI).  En el pasaje del encabezado vemos que el ser humano no corresponde al amor que Dios le manifiesta. Es así que el Señor sufre nuestro desprecio al no buscarle a Él, sino a dioses de confección humana. Como un canto lastimero, Dios declara el evidente desamor de su pueblo a través de una profecía melancólica y adolorida.

El Señor declara el desamor de su amado pueblo manifiesto a través de actos evidentes de desprecio. Él se da cuenta de que no nos importa ofenderle o actuar de manera opuesta a su voluntad. Él dice: “No se ponen a pensar que yo tomo en cuenta sus maldades…” (Os. 7:2 NVI). Nuestro Dios también percibe nuestro desamor cuando estamos pasando por malos momentos y el Señor es la última persona que realmente consideraremos para encontrar una solución: “Todos ellos arden como un horno; devoran a sus gobernantes… La arrogancia de Israel testifica en su contra, pero él no se vuelve al SEÑOR su Dios; a pesar de todo esto, no lo busca” (Os. 7;7-10b NVI). El verdadero amor es confiado; por eso nuestra permanente actitud de duda ante Dios y todos sus ofrecimientos descubre que no estamos comprometidos en amor con Él: “Yo bien podría redimirlos, pero ellos no me hablan con verdad… Yo adiestré y fortalecí sus brazos, pero ellos maquinan maldades contra mí” (Os. 7:13-15 NVI).

Demostremos con nuestros actos que hemos tenido un encuentro personal con el amoroso Señor.

Una de las más hermosas manifestaciones del amor es darse a conocer y comunicarse. Los que se aman sueñan con pasar horas dándose a conocer y tomar decisiones juntos que permitan ir entrelazando las vidas. Dios observa con tristeza que su pueblo hace todo lo contrario: “Establecen reyes que yo no apruebo, y escogen autoridades que no conozco. Con su plata y con su oro se hacen imágenes para su propia destrucción… Yo podría escribirles mi ley muchas veces, pero ellos la verían como algo extraño” (Os. 8:4,12 NVI). 

La gran diferencia con el amor humano, es que un hombre o una mujer pueden hacer morir el amor mientras ellos siguen viviendo y yendo en otra dirección. Sin embargo, el apóstol Juan nos enseña que “el amor es de Dios… porque Dios es amor ” (1 Jn. 4:7-8 NVI). Él no puede dejar de amar porque Él mismo es amor. El Señor, por lo tanto, no se desalienta, sino que robustece su decisión de amar a su pueblo a través de su propia voluntad: “¿Cómo podría  yo entregarte, Efraín? ¿Cómo podría abandonarte, Israel?… Dentro de mí, el corazón me da vuelcos, y se me conmueven las entrañas” (Os. 11:8 NVI). Por último, sus palabras a su pueblo infiel serán nuevamente una declaración de amor: “Yo corregiré su rebeldía y los amaré de pura gracia, porque mi ira contra ellos se ha calmado. Yo seré para Israel como rocío, y lo haré florecer como lirio. ¡Hundiré sus raíces como cedro del Líbano!” (Os. 14:4-5 NVI). 

¿Cómo podemos corresponder a todo el amor que Él despliega por nosotros? El apóstol Juan, ya muy anciano, nos muestra el camino que él mismo no conoció desde el principio y que tuvo que aprender a recorrer: “En esto consiste el amor: en que pongamos en práctica sus mandamientos. Y éste es el mandamiento: que vivan en este amor, tal como ustedes lo han escuchado desde el principio” (2 Jn. 6). No basta con decir que amamos al Señor; la prueba suprema será nuestra disposición a obedecerle, a serle fiel, y a mantener una relación de amor estrecha con Él. Demostremos con nuestros actos que hemos tenido un encuentro personal con el amoroso Señor, y que su poderoso amor transformador está permeando todo nuestro obrar. Como dice el querido apóstol Juan: “Y ahora, hermanos, les ruego que nos amemos los unos a los otros. Y no es que les esté escribiendo un mandamiento nuevo sino el que hemos tenido desde el principio” (2 Jn. 5 NVI). ¿Qué es lo que se ha mantenido invariable desde el principio de la creación? Pues que Dios nunca dejará de amarnos.


Imagen: Lightstock.
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