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Cuando Jesús murió, ¿se rompió la unidad en la Trinidad?

“Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz, diciendo: ‘Eli, Eli, ¿lema sabactani?’. Esto es: ‘Dios Mío, Dios Mío, ¿por qué Me has abandonado?’” (Mt. 27:45-46).

Hace un tiempo, Christianity Today publicó un editorial de Tom McCall, un reconocido teólogo sistemático. En su artículo, McCall hizo varias afirmaciones sorprendentes. A continuación, interactúo con varios de sus argumentos clave.

McCall: “Para muchos que sostienen este punto de vista, la Trinidad de alguna manera se ‘rompe’ cuando la comunión entre el Padre y el Hijo se rompe en la oscuridad de ese viernes por la tarde. Y se dice que esto es una buena noticia, que es el corazón del evangelio, ya que Jesús absorbe la ira de Dios al tomar el castigo exacto que merecemos. Dios ha cambiado de la ira a la misericordia y ya no puede castigar justamente a aquellos por quienes Cristo murió”.

McCall no cita a ningún teólogo que use esta palabra: “romper”. Él mismo hace referencia a ella varias veces en el artículo, pero en ninguna parte cita a un teólogo evangélico que diga que la Trinidad está “rota” en el calvario. McCall cita a C. J. Mahaney y hace referencia a R. C. Sproul, pero ninguno de estos hombres dice que la Trinidad estaba “rota”. Puede haber un teólogo que use ese lenguaje, pero yo personalmente no lo conozco, y jamás escuché a un evangélico conservador decirlo así.

McCall: “No hay evidencia bíblica de que la comunión entre el Padre y el Hijo de alguna manera se rompiera en ese día. En ninguna parte está escrito que el Padre estuviera enojado con el Hijo, en ninguna parte podemos leer que Dios ‘lo maldiga al abismo del infierno’, en ninguna parte está escrito que Jesús absorba la ira de Dios al tomar el castigo exacto que merecemos”.

Este último párrafo provoca un gran impacto. De hecho, hay evidencia bíblica de que la comunión se vio afectada en la crucifixión de Cristo. El pasaje antes citado muestra a Jesús diciendo que el Padre lo había abandonado (ver el salmo 22, un cumplimiento mesiánico profético en el Antiguo Testamento que Él hace suyo). McCall cita el salmo 22:24 para argumentar en contra de que el Padre esconde el rostro de su Hijo en el calvario, pero no hay ninguna indicación en los Evangelios de que el Padre escuche la oración del Hijo. Por lo menos, el Padre no concede la petición del Hijo de que la copa pase de Cristo, puesto que el cielo se oscurece el día de la muerte de Cristo, y ya no disfruta de la cercanía con el Padre que siempre había tenido. Tres veces pidió intervención divina, pero no la recibió (Mt. 26:36-46). Esto es inusual, no es estándar. El Hijo sigue siendo el Hijo, sin duda, pero está solo.

(Quiero añadir que reconozco, como McCall, que debemos prestar atención al contexto completo de una cita del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento. Sin embargo, me temo que McCall corre el peligro de poner el salmo 22:24 en la boca de Cristo, en lugar del salmo 22:1. Jesús no dice lo que dice el salmo 22:24, Jesús dice lo que dice el salmo 22:1. Cuando interpretamos las palabras de Cristo en la cruz, entonces, debemos prestar atención a lo que realmente expresa y priorizarlo. Si Jesús hubiera querido confesar que el Señor no le había ocultado su rostro, habría citado el salmo 22:24. McCall enfatiza el versículo equivocado del salmo 22).

Miles y miles y miles de teólogos y pastores de la tradición evangélica de una amplia gama de denominaciones y lugares en el mundo saben que Habacuc 1:13 enseña que Dios no puede ver el pecado. Cuando Jesús muere en la cruz, lo hace como un sacrificio de sangre por el pecado, hasta el punto de convertirse en pecado por nosotros, con toda nuestra culpa sobre Él (2 Co. 5:21). Por lo tanto, maestros como Sproul han argumentado que el Padre oculta su cara del Hijo, porque en el calvario el Padre carga toda nuestra culpa sobre Cristo. Cristo se convierte en una ofrenda de expiación, se hace maldición por todos por quienes muere (Is. 53:10, Gál. 3:13). Entonces, es apropiado decir que el Padre ocultó su rostro de Cristo. Esto no implica una “Trinidad rota”, sino que nos muestra la severidad del juicio divino, el juicio que el Hijo tuvo que enfrentar en la cruz.

La negación de McCall de que Jesús absorbe la ira de Dios es un asunto serio. Si Jesús no ha absorbido la ira de Dios por nosotros los pecadores, esa ira está contra nosotros. ¡Alabado sea Dios, pues el Hijo ha vaciado la copa de la ira divina por nosotros!

Si Jesús no ha absorbido la ira de Dios por nosotros los pecadores, esa ira está contra nosotros. ¡Alabado sea Dios, pues el Hijo ha vaciado la copa de la ira divina por nosotros!

McCall: “Finalmente, las teorías de la ‘Trinidad rota’ y ‘Dios contra Dios’ se quedan encalladas en las doctrinas de la impasibilidad y simplicidad divinas, así como en la doctrina de la Trinidad. Según la ortodoxia cristiana, ni siquiera existe la posibilidad de que la Trinidad pudiera romperse. Si sabemos algo acerca de la Trinidad es que Dios es un Dios en tres personas, y sabemos que la vida de Dios es necesariamente la vida del amor santo compartido en la comunión eterna del Padre, el Hijo, y el Espíritu. Si decimos que la Trinidad está rota, incluso ‘temporalmente’, implicamos que Dios no existe”.

Nuestro reto aquí es formar nuestra teología trinitaria basándola en las Escrituras primero, y no en lo que un teólogo llama la “ortodoxia cristiana”. Amamos la gran tradición, pero si hay algo que se puede identificar como la “ortodoxia cristiana” es la enseñanza de la Palabra de Dios. La Palabra de Dios nos muestra que el Hijo de Dios lamentó que el Padre lo haya “abandonado”. Este “abandono” no tiene nada que ver con lo que McCall llama la teología de “Dios contra Dios”. Los miembros de la deidad ejecutan el glorioso plan de salvación en la ejecución del Hijo, y no trabajan con objetivos contrapuestos, sino más bien comparten un solo objetivo: Cristo puesto en la cruz. Pero el plan único de Dios requiere la muerte del Dios-hombre, Jesucristo, de acuerdo con la voluntad del Padre. Como se señaló anteriormente, no en vano Cristo ora al Padre en Getsemaní: “No sea como Yo quiero, sino como Tú quieras” (Mt. 26:39). El lenguaje que McCall critica, el de una “Trinidad rota”, merece ser criticado, ya que está equivocado. Pero la interrupción de la comunión entre el Padre y el Hijo cuando el Hijo encarnado lleva el pecado es una realidad bíblica. Negarla significa negar la Biblia.

McCall: “De hecho, debemos ser fieles y señalar que ‘la ira permanece’ sobre todos los que rechazan al Hijo” (Jn. 3:36). Al mismo tiempo, sin embargo, no tenemos la libertad de restringir nuestra comprensión de los propósitos, intenciones, y amplitud de la obra de Cristo”.

No sé exactamente lo que significa todo esto. “Restringimos” nuestro entendimiento del alcance de la obra de Cristo solo en la medida en que la Biblia lo limite. Si la Biblia dice que Cristo entregó su vida por su esposa, entonces le creemos a la Biblia (Ef. 5:25). Si la Biblia nos enseña que el buen pastor da su vida por las ovejas, le creemos a la Biblia (Jn. 10:11). Si la Biblia dice que Cristo murió una sola vez por los injustos, le creemos a la Biblia (1 Pe. 3:18). Hay un debate interesante sobre cómo entender los efectos de la expiación, pero una razón por la cual muchos de nosotros creemos que la muerte de Cristo satisface la ira de Dios se debe al versículo que McCall cita aquí. Si Cristo muere por ti, entonces sufre la ira de Dios en lugar tuyo. Pero si Cristo no muere por ti, la ira de Dios vendrá a ti.

McCall: “Restringir el trabajo de Cristo al sentido limitado de tomar el castigo por nuestros pecados puede hacer que nos olvidemos (casi completamente) de lo central. Sí, Cristo vino a sacarnos del infierno, pero también vino a sacarnos el infierno y hacernos santos mientras caminamos en comunión con el Dios Trino”.

Confieso que me parece una formulación extraña. Una vez más, puede haber un teólogo que limite el trabajo de Cristo a simplemente tomar sobre sí nuestro castigo. Es una lástima si es así, porque la Biblia nos teje un tapiz soteriológico con elegantes hebras de unión, adopción, reconciliación, expiación, recapitulación, propiciación, y más. Pero, por otro lado, ¿podemos decir verdaderamente que cuando Cristo tomó sobre sí nuestro castigo por el pecado fue un acontecimiento “limitado”? Es el mayor milagro que existe. Es “casi completamente” el punto central de la salvación bíblica. Nuestro problema central es que el pecado nos separó de Dios y nos condenó eternamente al infierno. El hecho de que “Cristo vino a sacarnos del infierno” no es algo sin importancia, sino una verdad tan maravillosa que proclamaremos por toda la eternidad.

La muerte eficaz de Cristo limpia nuestro registro ante Dios, satisface los requisitos completos de la justicia divina, y posibilita nuestra propia participación “en Cristo” en la santidad de Dios.

No hay necesidad de inventar contradicciones entre “sacarnos del infierno” y “hacernos santos”. La muerte eficaz de Cristo limpia nuestro registro ante Dios, satisface los requisitos completos de la justicia divina según la justicia intrínseca del carácter santo de Dios, y cuando se aplica a nosotros en el tiempo y el espacio históricos a través del trabajo regenerador del Espíritu, posibilita nuestra propia participación “en Cristo” en la santidad de Dios. McCall crea tensión entre dos verdades que son una en la mente bíblica.

En resumen, no alentaría a nadie a creer en una “Trinidad rota”. Muchos de nosotros afirmaríamos que la divinidad de Cristo no se puede matar en el calvario, y que la segunda persona de la deidad sostiene el universo incluso mientras Jesús muere en la cruz. McCall persigue a Mahaney y a Sproul en su artículo, pero ninguno de los dos afirmaría lo que McCall dice que afirman. En cambio, estos hombres y muchos otros afirman lo que la Biblia claramente enseña: que el Hijo de Dios fue a la cruz como sacrificio por el pecado, y que absorbió la ira de Dios como la única ofrenda eficaz para aquellos que confesarán su pecado y creerán en Cristo.

El artículo de McCall, en resumen, dice algunas cosas buenas, pero resulta bastante confuso, por lo menos para mí. Parece abordar un problema que tal vez exista, pero que no está representado la tradición evangélica convencional. Nadie que yo conozca predica una “Trinidad rota”. De hecho, nunca antes había escuchado ese lenguaje. En cambio, la mayoría de los pastores y maestros que conozco unen los diversos temas bíblicos de la expiación, como lo hace Mark Dever en su ensayo de portada de para Christianity Today en 2006: “Si bien el ejemplo de Cristo de amor abnegado puede vencer a nuestros enemigos, ¿podría propiciar la ira de Dios por el mismo acto?”. Sí puede. Claro que puede.

Pienso también en las palabras de Billy Graham, fundador de Christianity Today: “Dios juzga al hombre según el modelo del único Dios-hombre que ha vivido, Jesucristo. Jesús, el inocente cordero de Dios, se coloca entre nuestro pecado y el juicio de Dios el Padre” (Billy Graham, Quotes, p. 82). Y eso es exactamente lo que hace. Debido a que esto es verdad, alabaremos al Cordero que fue sacrificado antes de la fundación de la tierra, cuando habitemos con Él por la eternidad en los cielos nuevos y en la tierra nueva (Ap. 13:8). Su abandono significa nuestra reconciliación con Dios, y su sacrificio significa nuestra victoria sobre el pecado.


Publicado originalmente en For the Church. Traducido por Rachel Hannah.
Imagen: Lightstock.
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