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“Mala mía” es una frase escuchada frecuentemente en el Caribe. Es la manera en que uno se puede disculpar sin tener que realmente pedir perdón. Un famoso cantante de salsa hizo conocida una frase que decía “perdona sae”; más que pedir perdón, la frase cuestiona la razón de la persona ofendida por el hecho de ofenderse. Vivimos en una cultura donde, por la facilidad de los medios sociales, la tentación de decir palabras ofensivas se ha multiplicado exponencialmente. Como creyentes, debemos ser cuidadosos y precisos con lo que decimos, velando que lo que expresamos no pueda ser malinterpretado. Después de todo, la Escritura enseña que vamos a rendir cuentas por cada palabra que digamos con nuestra boca –o escribamos con nuestro teclado– (cp. Mt. 12:36).

¿Qué significa pedir perdón?

El significado del pedir perdón ha cambiado en nuestro día. Ya no carga el mismo peso que debería tener. Una celebridad puede hacer comentarios ofensivos o racistas, y simplemente resuelve la situación diciendo que no era su intención y pidiendo disculpas “si ofendió” a alguien. Usamos frases como “mala mía” para disculparnos sin realmente adueñarnos o tomar responsabilidad de la falta. Pareciese que hemos perdido una cosmovisión bíblica de lo que es pedir perdón.

Bíblicamente pedimos perdón cuando hemos pecado (Co. 3:13). El pedir perdón viene intrínsecamente ligado a una aceptación de culpa, seguido del arrepentimiento. No es algo que se comunica cuando decimos “perdóname si te ofendí”, lo cual muestra que no piensas que hiciste algo incorrecto. Ese “si” condicionante cambia totalmente la idea. Esta no es una visión bíblica del perdón.

De la abundancia del corazón

Es de gran importancia usar un lenguaje bíblico al resolver conflictos. Por ejemplo, en mi familia no decimos “tengo stress”, sino “estoy ansioso”. El primero pretende que el problema es externo a uno, pero la ansiedad es un pecado en la Biblia por el cual debemos arrepentirnos. Mi esposa Kathy y yo hemos aprendido ser intencionales con nuestras palabras. Nunca decimos “no era mi intención decir eso”. Nuestras palabras revelan lo que está dentro de nosotros (Mt. 12:34). A la vez, las palabras son objetivas y nos permiten determinar objetivamente si lo dicho puede ser ofensivo. Entonces, en el preciso instante en que  decimos “no era mi intención”, debemos dudar de nuestras intenciones y observar si objetivamente nuestras palabras fueron ofensivas dentro del contexto, tono y momento en que fueron compartidas. 

Con lo dicho, creo que hay dos posibles escenarios que podemos enfrentar al entrar en un conflicto de palabras con alguien. El primer escenario resulta cuando las palabras compartidas son objetivamente ofensivas. En este caso, el que habló mal debe reconocer su pecado y pedir perdón. El segundo escenario resulta cuando la persona ofendida se ofende por palabras que objetivamente no son ofensivas. En tal caso, el que habló no necesariamente debe pedir perdón, y el ofendido debe dejar su ofensa (Mt. 18:15-17; Gá. 6:1).

Existen pecados que claramente son pecados, como el adulterio o la estafa. En estos casos debemos confrontar el pecado directamente. Pero hay otras situaciones que no son tan claras, especialmente en cuanto a la comunicación. En casos como estos, el ofendido debe ir con su hermano y aclarar la situación. De no resolverse la situación, Mateo 18 nos anima a buscar la ayuda de otras personas. Por su parte 1 Corinitos 6, nos da el consejo de buscar jueces entre la iglesia que resuelven la situación. Hay métodos bíblicos para resolver el problema y poder determinar si en realidad hubo pecado o no.

Un tercer escenario

Existe también un tercer escenario. En este vemos que aunque no hubo pecado por parte del que habló, sí pudo haber traído dificultad al hermano ofendido. Puede que sus palabras en sí no fueron pecaminosas, pero tal vez no tuvo la sabiduría para saber cómo o cuándo decirlas.

Estos casos tal vez no merecen perdón, pero sí empatía a la otra persona. ¿Quién no le ha dicho algo a su cónyuge justo en el momento inoportuno? Quizás ella tuvo un largo día con los niños. Tan pronto llega, vengo de prisa y disponiéndome a salir para una reunión, le pregunto ¿cuándo estará la comida? Ella rompe en llanto. Luego de hablar, ella puede ver que yo usualmente no soy exigente en esa área, que en verdad necesitaba saber cuándo iba a comer para poder planificar de mejor manera mí tiempo. No tengo que pedirle perdón por mis palabras. Pero si puedo decir “siento que este incidente te haya afectado”. Puedo ver que hubiera sido mejor preguntarle “¿cómo estás?” antes de pensar en la comida, y puedo pedirle perdón por eso. Aunque no hubo pecado, sí puede haber un sentido de empatía con la persona afectada.

Perdonar porque hemos sido perdonados

¿Por qué complicarnos la vida? ¿Por qué tomar tan en serio las ofensas que cometemos o se cometen contra nosotros? El camino que aparenta más fácil sería ignorar o guardar resentimiento en silencio. Pero para el cristiano, en cuanto al pecado, no hay otro camino que tomar que el perdón motivado por el evangelio. En Mateo 18:23-35 vemos la parábola de los dos deudores. El mensaje es sencillo: aquellos que hemos sido perdonados de una gran deuda perdonamos las deudas contra nosotros. Nosotros tomamos en serio el pecado, las relaciones y la santificación del cuerpo de Cristo porque Cristo ha dado Su vida para perdonar nuestro pecado, restaurar nuestras relaciones, y santificarnos a Su semejanza. Al caminar por este proceso de una forma que glorifica a Dios, podemos llegar a una verdadera restauración por medio del perdón, si en verdad hubo una ofensa. O también podemos aclarar y ver que no había razón para ofenderse. De ambas formas, preservamos la unidad del cuerpo (Ef. 4).

No decimos  “mala mía”, o “perdona si te ofendí”, sino que pedimos perdón. A la luz de todos los pecados que Dios nos ha perdonado, nos es fácil perdonar a los demás. Y a sabiendas de nuestra condición caída que requirió el sacrificio del Hijo de Dios, sabemos que somos propensos a pecar, por lo que somos prontos en pedir perdón. Tomemos en serio el perdón. Es algo que fue tan serio para Dios que envío a su Hijo para que tú y yo fuéramos perdonados y por consiguiente perdonar a otros.

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