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En los últimos meses, muchos puntos de referencia que marcan los rumbos de nuestras vidas desaparecieron debido a la pandemia. Como marineros de antaño, nos sentimos perdidos cuando las nubes oscurecen las estrellas.

A mediados de marzo se impuso la cuarentena aquí en Argentina. Pensamos que en dos semanas todo volvería a la normalidad. Fue extraño cancelar las reuniones de la iglesia, pero era necesario. Por un tiempo, esperamos que la cuarentena fuera corta. Pero distintos eventos, proyectos de todo un año en mi calendario, se fueron cayendo como una hilera de fichas de dominó. Como con frecuencia olvidamos que debemos decir “Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello” (Stg. 4:15), la incertidumbre se volvió más tangible cuando recibimos noticias de hermanos en España que perdieron familiares.

Ahora parece que poco a poco empezamos a salir de nuestras casas, al igual que la iglesia en otros lugares del mundo. Aquí el gobierno está tomando pasos tentativos para levantar la cuarentena. Entonces surge la pregunta que los pastores en varios países debemos contestar: ¿Cuándo deberían nuestras iglesias volver a reunirse? Quizá primero nos sirva recordar algunas verdades que nos pueden orientar como un radar en la neblina.

El rol de Dios

Para empezar, recordemos el soberano cuidado de Dios por su Iglesia. La iglesia de Cristo ya tiene más de dos mil años de historia. Sin ánimo de minimizar la seriedad de la situación actual, podemos decir que la Iglesia ha pasado por innumerables desafíos aún más graves que este. A través de los siglos, ha sufrido una y otra vez los efectos de invasiones, hambrunas, guerras civiles, y pestilencias arrasadoras. Dios en ningún momento abandonó a su pueblo. Tampoco nos abandonará ahora.

Recordemos también la naturaleza espiritual de la iglesia local por la gracia de Dios. La congregación reunida representa la presencia visible y tangible de la iglesia universal. Pero su esencia no se reduce a la reunión semanal, sino que su unidad surge de nuestra unión espiritual con Cristo. Por lo tanto, la iglesia local, siendo una comunidad de pacto, sigue existiendo a través de las vidas de sus miembros durante la semana.

Nuestros desafíos son grandes, pero la promesa de nuestro Dios no pierde vigencia: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28:20).

El rol del gobierno

El Nuevo Testamento enseña que los gobiernos son ordenados por Dios y deben garantizar el orden público (Ro. 13:1-5, 1 Pe. 2:13-15). La salud pública es una responsabilidad legítima de nuestros gobiernos nacionales y locales. Por lo tanto, debemos acatar sus exigencias. Así respetamos la autoridad de Dios. Además, ayudamos a que nuestras iglesias no sean difamadas (1 Pe. 2:15).

El rol de los pastores

Como pastores, nuestro rol no cambia durante la pandemia. Debemos ministrar la Palabra divina a nuestras congregaciones y predicar el evangelio al mundo. A lo mejor, en medio de la cuarentena encontramos más tiempo para una prioridad ministerial como es la oración (Hch. 6:4). Recurrimos más a medios tecnológicos, como las videollamadas y transmisiones en vivo, pero Dios en su providencia nos da estas herramientas. O sea, redoblamos esfuerzos por cuidar a la familia espiritual que el Señor nos dio.

En nuestra iglesia, este trabajo de cuidado espiritual es respaldado enérgicamente por el apoyo de muchos miembros. Nuestros grupos pequeños adoptaron rápidamente las reuniones por Zoom, y el ministerio de misericordia ha hecho el trabajo importante de asegurar que nadie quedara aislado y que las familias más afectadas pudieran recibir ayuda. El grupo de multimedia redobló esfuerzos por mantener abiertos los distintos canales de comunicación en la iglesia. Como pastores, es importante agradecer estos trabajos. Esta ayuda mutua, a veces organizada y otras veces espontánea, representa una expresión concreta del amor de Cristo y respalda el testimonio de la iglesia.

Otro rol de los líderes en la iglesia es ofrecer un modelo de conducta (1 Ti. 4:12). Quizás sea innecesario decir que es contraproducente propagar teorías de conspiración o retórica apocalíptica. Los eventos de este año son útiles en hacernos anticipar más la segunda venida de nuestro Señor, pero no creo que el escenario que nos rodea sea más apocalíptico que la peste negra del siglo XIV. Tampoco conviene ahondar en críticas al gobierno en las redes públicas. Este momento requiere un tono edificante, aun cuando no estamos de acuerdo con todas las medidas tomadas en nuestros países. En resumen, el Señor nos dejó su paz. Seamos comunicadores de esa paz y no contagiemos a otros del pánico reinante.

¿Cómo y cuándo abrimos?

Con esto en mente y en nuestra crisis actual, podemos llegar a las siguientes conclusiones:

  1. Solo podemos volver a reunirnos cuando el gobierno lo permita. Mientras el gobierno no demuestre una obvia y prolongada discriminación contra las iglesias evangélicas, no tenemos que ofrecer oposición. (Aquí en Argentina, por ejemplo, aún no se permiten los eventos deportivos masivos).
  2. Cuando nos volvamos a reunir, sigamos al pie de la letra las indicaciones sanitarias del gobierno. Esto significa tomar todas las medidas de higiene y distanciamiento recomendadas. Quizá sea necesario designar diáconos que se encarguen de ayudarnos a cumplir con ellas. Si tenemos médicos en nuestra iglesia, busquemos su consejo. Y no olvidemos agradecer a todos los profesionales de la salud que en estos meses han llevado una carga muy pesada.
  3. Las personas que forman parte del grupo de alto riesgo no deberían asistir a las reuniones hasta que el gobierno lo permita. Mientras tanto, debemos esforzarnos por evitar que ellos se sientan excluidos de la vida de la iglesia. También queremos asegurar que los que podrían asistir, pero sienten preocupación, puedan sentir la libertad de esperar. A la vez, no queremos transmitir temor innecesario.
  4. Vivamos por fe. No reunirnos es antinatural para la iglesia y nos hace temer por su salud. Muchos podemos preguntarnos: ¿Si se extiende demasiado la cuarentena, puede venirse abajo la iglesia? Sin embargo, recordemos que los pastores somos solo asistentes del Gran Pastor. Él cuidará de nosotros y su rebaño.

El proceso de reapertura

Por último, debemos tomar dos pasos importantes cuando llegue el momento de reiniciar las reuniones: Primero, desarrollar un plan detallado. Este plan debe considerar el uso de los espacios, la ubicación de las sillas en el salón, medidas de higiene y limpieza, equipos de ujieres, quizá un sistema para tomar reservas, y una forma de registrar los datos de la gente por si hay que rastrear alguna infección. Segundo, hace falta llevar adelante una buena comunicación con los hermanos de la iglesia para que entiendan los procedimientos.

Por supuesto, nada de esto se puede hacer de un día para otro. De hecho, es preferible excedernos en la cautela. No queremos que nuestras iglesias salgan en los diarios del mundo porque el virus se propagó entre nuestros miembros. La cuarentena ya parece eterna, pero seamos pacientes y apoyémonos en el Señor. Él prometió: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5).

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