Estás leyendo Juan 1. Prestas atención a la identidad de Cristo, la cual el autor describe en cincuenta y un versos. Tomas nota de cada aspecto que se presenta de la naturaleza y la gloria del Verbo. Te toma ocho minutos leer el capítulo entero. Quedas cautivado por la belleza del texto, porque Juan nos dejó una obra maestra.
Un espectáculo digno de contemplar y admirar por su simpleza y hondura. Un cielo en un pedazo de papel. El discípulo amado escribió como un autor digno del premio Nobel de Literatura. Quedas maravillado por la Persona descrita y convencido por la fuerza acumulativa de Su gloria: Aquel Verbo es Dios, Creador, Luz verdadera, Unigénito, Cordero de Dios, Hijo de Dios, Mesías, Rey de Israel, Hijo de Hombre.
Es Dios, para dejar constancia que Su esencia es divina (v. 1); Creador para que no pensemos en Él como criatura (v. 3); Luz verdadera que alumbra y vence las tinieblas (v. 9); Unigénito para confirmar que es Hijo y se relaciona con Dios Padre en un sentido único (v. 18). El Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para recordar a Israel que este cordero perdona pecados de toda clase de hombres (v. 29); Hijo de Dios, porque aunque es Dios en sí mismo, es una persona diferente al Padre (v. 34); Mesías porque es el Ungido de Dios para salvar a Su pueblo (v. 41); Rey de Israel conforme a la esperanza de un descendiente de David que se sienta como Rey soberano y dirige todas las cosas (v. 49); Hijo de Hombre, para demostrar que Él es Aquel que el profeta Daniel vio con gran dominio y gloria eterna (v. 51).
Para zanjar controversias y terminar, de una vez por todas, con simulacro de dioses e intermediarios, Juan escribe la estocada final:
Καὶ ὁ λόγος σὰρξ ἐγένετο καὶ ἐσκήνωσεν ἐν ἡμῖν (1:14).
Y aquel verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (1:14).
Ese trascendente ser, fuente y sustento de la vida, mente que gobierna y ordena todas las cosas, verdad absoluta y realidad objetiva, asumió la forma de hombre (Fil 2:8). Se hizo carne. Juan nos dice que este Jesús, el hijo de un carpintero, el hombre de Galilea y primo de Juan el Bautista, es Dios en la carne. Se encarnó para nuestra redención. Para darnos vida eterna, salvarnos y conocerle.
Lo más extraordinario es que esto, que es la cima y esperanza de todas las cosas y lo más importante de su historia, es anunciado por Juan al al comienzo del escrito (contrario a las convenciones literarias que conocemos, que dejan lo mejor para el final). El resto de su relato es el desarrollo y demostración de ese anuncio. Los próximos veinte capítulos de este evangelio constituyen la crónica de la gloria del Verbo.
Esta es la gloria del cristianismo. Con esto se despoja y humilla a todo dogma y religión. Aquí se desangra toda pretensión por un mejor camino al cielo: Dios vino a nuestra tierra en forma de hombre.
Nuestro corazón regenerado, que puede ver y sentir gloria, es atraído por la hermosura del protagonista y abrumado por Su inmensidad. Aquel Verbo vino a este mundo y vimos Su gloria. La seguimos viendo y la veremos por la eternidad. Aquel Verbo murió y se levantó en tres días. Fue llevado al cielo y ahora está sentado a la diestra del Padre. Regresará con autoridad y majestad indescriptible. Él hizo posible que seamos regenerados, perdonados, justificados, reconciliados, adoptados y sellados para el día de la redención. Aquel Verbo es nuestro consuelo y descanso. Aquel Verbo es fuente de felicidad y esperanza. Aquel verbo está con nosotros todos los días. Cuando regrese nos llevará para estar siempre con Él.
¡Aquel Verbo!






