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Muchos de nosotros hemos tenido la necesidad de contratar los servicios de una aseguradora en algún momento de nuestras vidas. Para conducir un auto, algunos países requieren de la contratación de un seguro contra accidentes. También las grandes empresas contratan seguros que cubran los riesgos que representan sus operaciones y negocios.

Pero ¿qué hay del cristiano y los seguros de vida? Este tema se presta para analizar varios aspectos de la vida cristiana, pero en este artículo me enfocaré en dos principios bíblicos que veremos después de algunas consideraciones previas.

Consideraciones preliminares

A veces hemos escuchado preguntas como estas en las consejerías o grupos de discipulado:

  • ¿Es falta de fe contratar un seguro de vida?
  • ¿Es diligente y bíblico contratar un seguro de vida?

Para contestar estas preguntas, quisiera empezar con dos palabras claves: fe y diligencia, las cuales considero que necesitamos aplicar en ese orden.

Recuerda que la Biblia afirma que “todo lo que no procede de fe, es pecado” (Ro 14:23). De este versículo podemos extraer este principio: si el objeto de nuestra fe es la persona de Cristo, Él nos impulsará a ser diligentes en todo proyecto presente que se enfoca en el futuro (Stg 4:13-15). Un carácter previsor identifica riesgos inminentes confiando en Dios y dependiendo de Él, quien es nuestro Padre y proveedor. La fe en Cristo nos conduce a la diligencia que revela un carácter sabio, previsor y la disposición a hacer todo lo mejor posible para la gloria de Dios.

Al mismo tiempo, podríamos resumir la cosmovisión de la industria de los seguros con una frase del historiador suizo Jacob Burckhardt: “El seguro es el descuento anticipado de nuestros futuros infortunios”. Las aseguradoras pretenden llevarnos a pensar que cualquier esfuerzo anticipado resulta justificado y diligente para estar listos cuando enfrentemos los daños o las dificultades que un seguro puede cubrir.

Si el objeto de nuestra fe es la persona de Cristo, Él nos impulsará a ser diligentes en todo proyecto presente que se enfoca en el futuro

Aquí es donde pareciera que no hay línea fronteriza, pero —para los cristianos— sí la hay, y en realidad es muy grande. Si buscamos anticiparnos a futuros infortunios confiando en nosotros y en lo que hagamos hoy, para garantizar un mañana con menores imprevistos, entonces es muy posible que estemos poniendo nuestra confianza en un servicio que compramos.

Los creyentes somos llamados a abandonar conceptos errados sobre el futuro y movernos por fe ante la realidad de lo que Pablo afirmó: “la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por la fe en el Hijo de Dios” (Gá 2:20). Para los creyentes, nada en nuestra vida cotidiana está fuera de la fe en Jesús. Esto incluye también el análisis profundo y consciente que implica la adquisición de un seguro de vida, porque la manera en que gastamos, ahorramos o invertimos el dinero delata las intenciones de nuestro corazón.

Con esto en mente, estos son dos principios bíblicos importantes al pensar sobre los seguros de vida, basados en Proverbios 21:5.

1) Los seguros de vida son un servicio, no una garantía sobre el futuro

“Los proyectos del diligente ciertamente son ventaja…” (Proverbios 21:5a).

Después de considerar la legitimidad de los servicios que una aseguradora ofrece, adquirir un seguro podría resultar en un proyecto diligente que nos permita tener un servicio que cubra ciertos gastos. Sin embargo, nunca debemos depositar toda nuestra confianza en ese “seguro” como para pensar que ya con eso el futuro está asegurado.

Los creyentes somos llamados a abandonar conceptos errados sobre el futuro y movernos por fe en Dios con diligencia basada en la Palabra

Hace algunos años, un amigo misionero me platicó que contrató un seguro de vida para el retiro, y sus palabras son una buena enseñanza: “Quiero ser diligente hoy, delante de Dios y de mi esposa, y que el Señor haga lo que Él considere mejor para nosotros en el futuro”. Sus palabras me dejaron claro que él atribuyó a Dios todo su sustento, provisión y seguridad; es decir, mi amigo tenía su fe en Cristo. Eso lo condujo a la prudencia sin dejar de poner en las manos de Dios su vida, la de su familia y lo que pasará en el futuro.

2) Contratar un seguro de vida nunca debe perjudicar el presupuesto familiar

“… pero todo el que se apresura, ciertamente llega a la pobreza” (Proverbios 21:5b).

Este proverbio también tiene una advertencia. Esto es algo que defino como “el tiempo y la forma” de proceder ante una situación. Debemos pensar muy bien cuál es el momento óptimo para adquirir este servicio, porque de lo contrario afectaremos el presupuesto familiar al pretender pagar más de lo que ganamos en un momento dado.

Recuerda el principio que Jesús nos dejó: “Porque, ¿quién de ustedes, deseando edificar una torre, no se sienta primero y calcula el costo, para ver si tiene lo suficiente para terminarla?” (Lc 14:28). Aquí tienes algunas preguntas que debes considerar, y responder con claridad y certeza, antes de contratar un seguro de vida:

  • ¿Cuál es el historial de eficiencia de esta empresa de seguros?
  • ¿Este servicio o producto cubre verdaderamente nuestra necesidad?
  • ¿Es el mejor momento para tomar un compromiso financiero más?
  • ¿Dios nos está guiando en esta decisión o nuestras motivaciones son incorrectas?
  • ¿Qué ajustes deberemos hacer si contratamos este seguro de vida?
  • ¿Hemos considerado otras opciones de empresas que también ofrecen este servicio?

Por eso, si estás por contratar un seguro de vida o cualquier otra modalidad de seguro que no sea de carácter obligatorio, hazlo sin sentir condenación, recordando que si el objeto de tu fe es la persona de Cristo, también Él será el motor de tu diligencia.

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