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La crisis en Perú y el llamado de la iglesia

El ahora ex presidente del Perú, Martín Vizcarra, fue vacado en su cargo por el congreso peruano bajo el cargo de “permanente incapacidad moral” el pasado lunes 9 de noviembre. Acusaciones de corrupción durante su paso como gobernador de una región del Perú fueron el gatillar para esta declaratoria de vacancia. Este acto del congreso, a pocos meses de las elecciones generales, ha puesto al Perú en una nueva crisis política, que se suma a la crisis sanitaria y económica en curso.

Recientemente un diario peruano publicó una nota informativa en la que decía: “…esta es la peor crisis que sufre el Perú desde que Alberto Fujimori huyó a Japón en el año 2000, lo cual tendrá graves consecuencias para la estabilidad económica y política”. El primer párrafo inicia con una frase poco esperanzadora: “Cualquier cosa puede pasar”.

Dicha nota no está alejada de la realidad y me apena reconocerlo. En los últimos días se han levantado en el país grupos de personas, la mayoría jóvenes, expresando su frustración e indignación producto de las circunstancias. Somos un país fragmentado y polarizado. Estamos enfrentados unos con otros. Hay manifestaciones en las calles, muchas pacíficas y algunas con algunas expresiones que están siendo reprimidas con fuerza por la policía, lo que provoca muchas quejas.

Una mirada a la crisis en Perú

La crisis política es fruto de una crisis moral que venimos sufriendo durante años por parte de nuestras autoridades, muchas de ellas relacionadas a temas de corrupción. Solo en cuatro años hemos tenido cuatro presidentes, y el actual no tiene garantías de continuidad.

Además, en marzo pasado llegó el COVID-19 e inmediatamente se declaró estado de emergencia sanitaria nacional. Esto evidenció la precariedad del sector de salud. Los números, fríos y ciertos, muestran más de 900 mil contagiados y 35 mil muertos, aunque extraoficialmente se dice que los datos son cuatro veces más de lo registrado. Dicha situación nos colocó como el primer país del mundo con el peor manejo de la pandemia.

En medio de la crisis, somos llamados a anunciar los actos salvíficos y redentores de Dios por la humanidad

Producto de la crisis de salud, ahora enfrentamos una dura crisis económica, la peor en nuestra historia. Las reservas económicas acumuladas durante los últimos veinte años empiezan a escasear. Muchos negocios cerraron y una gran cantidad de personas están desempleadas. 

Como iglesia también sufrimos esta crisis. Hemos visto enfermar y morir a muchos pastores y miembros de diversas congregaciones. Algunas iglesias cerraron indefinidamente sus locales, pues no había ingresos para mantenerlos. Sin embargo, y esto no es nuevo, el sufrimiento ha sido una marca en la historia de la iglesia y ella siempre ha sabido responder y levantar la bandera del evangelio como una respuesta a la crisis.

Llevamos varios meses sin reunirnos presencialmente. Hemos tenido que usar los medios tecnológicos para seguir viviendo la dinámica de ser iglesia. Por la gracia de Dios, seguimos predicando y encarnando el evangelio. Sin embargo, más allá de cuál sea nuestra posición frente a la crisis que vivimos, surgen preguntas que necesitamos tratar de responder: ¿Deberíamos salir y manifestar nuestra opinión? ¿Deberíamos aprobar o exculpar el uso de la violencia como un medio para buscar justicia? ¿Deberíamos callar ante la ola de corrupción que nos ahoga? ¿Cómo hacer todo esto sin dejar nuestro compromiso con Cristo y el evangelio?

Una mirada a nuestro llamado

En nuestra iglesia terminamos semanas atrás una serie de sermones sobre 1 Pedro, una carta escrita a creyentes animándoles a mantenerse firmes en la fe en medio de la persecución y las dificultades. Pensando en esta epístola, he estado reflexionando alrededor de esta pregunta, ¿A qué nos llama el Señor en medio de estas crisis? 

Estas son cinco verdades que he podido extraer del texto con respecto a nuestro llamado:

1. El Señor nos llama a vivir en santidad (1 Pe. 1:13-16)

En un contexto de corrupción, ¡cuán importante es marcar la diferencia e ir en contra de la corriente! Debemos reaccionar y accionar, pero no como lo hacen quienes no conocen al Señor. Nuestro Dios es Santo y nos llama a andar en santidad en toda nuestra manera de vivir. Debemos ser respetuosos de la autoridad y las normas legales aunque nos desagraden. Podremos manifestar nuestra oposición, pero lo más importante es que nuestras vidas manifiesten que vivimos de una manera digna que agrada al Señor.

2. El Señor nos llama a anunciar Sus virtudes (1 Pe. 2:9-10)

Las noticias de los últimos meses han traído dolor, tristezas, y últimamente vergüenzas. ¡Cuán necesario es escuchar una voz diferente! No es momento de callar, sino de levantar la voz, pero más que una voz de protesta, una voz de esperanza. En medio de la crisis, somos llamados a anunciar los actos salvíficos y redentores de Dios por la humanidad.

Dios nos exhorta a vivir con la esperanza de que, aunque tengamos que enfrentar tiempos de sufrimiento, Él llevará a cabo sus planes

3. El Señor nos llama a seguir el ejemplo de Jesús (1 Pe. 2:18-25).

Jesús nos dejó ejemplo para que sigamos sus huellas. ¿Cuales huellas? Las de hacer lo bueno aun cuando esto desagrade a los demás y traiga sufrimiento a nuestras vidas. Esto implica actuar de tal manera que no ofendamos a Dios ni dañemos al prójimo. La búsqueda y defensa de la justicia es buena, pero cuando esta búsqueda se hace de una forma que Dios no aprobaría, entonces no estamos siguiendo su ejemplo.

4. El Señor nos llama a bendecir a otros (1 Pe. 3:8-9).

Bendecir es mucho más que desear el bien a alguien; es procurar su bienestar, es estar dispuestos a no pagar con la misma moneda sus acciones. Este bendecir incluye a nuestros opositores, sean de convicciones de fe o políticas. Pedro está animando a sus lectores a no hacer lo que otros hacen en su contra.

5. El Señor nos llama a mantener la humildad y la esperanza ( 1 Pe. 5:6-11).

La humildad se aprecia en el reconocimiento de nuestra necesidad y dependencia de Él por encima de otras cosas. Se nos llama a vivir de manera moderada, conscientes de que estamos bajo constante amenaza y que en medio de las crisis podemos ser devorados por Satanás. Asimismo, Dios nos exhorta a vivir con la esperanza de que, aunque tengamos que enfrentar tiempos de sufrimiento, Él llevará a cabo sus planes y seremos perfeccionados, reafirmados, fortalecidos, y levantados. 

Es una época dura para Perú, y aunque muchos no tengan idea de lo que ocurrirá, podemos estar seguro de que —como dice un viejo cántico— el futuro es seguro con Jesús.

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