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Zacarías 7-9 y Apocalipsis 15-17

“Como no me escucharon cuando los llamé, tampoco yo los escucharé cuando ellos me llamen —dice el SEÑOR Todopoderoso—. Como con un torbellino, los dispersé entre todas las naciones que no conocían. La tierra que dejaron quedó tan desolada que nadie siquiera pasaba por ella. Fue así como convirtieron en desolación la tierra que antes era una delicia” (Zacarías 7:13-14*).

Hoy existe toda una generación que no conoció el mundo sin celulares ni computadoras. Sin embargo, aunque su presencia se volvió arrolladora y mundial en pocos años, todavía caminamos por el planeta los “no-tan-jóvenes” que tuvimos el privilegio inusitado de verlos aparecer repentinamente en escena y tomar el lugar central de las comunicaciones y, podríamos decirlo, de las vidas de las personas en muy poco tiempo. Hoy el mundo es realmente un “pañuelo”. El Internet y las redes sociales permiten que podamos ver y escuchar lo que pasa en el mundo entero con solo un pequeño movimiento del dedo índice.

Recuerdo mi primer encuentro visual con un celular. Estaba viendo la película “Wall Street” y el malo de Michael Douglas iba caminando por la playa mientras sostenía en su oreja un tremendo aparato rectangular casi del tamaño de una plancha. Poco después me enteré que no era un teléfono inalámbrico cualquiera porque un amigo viajado y bien informado me dijo que se trataba de un “teléfono celular”. Luego, en poco tiempo pude tener el mío. No era rectangular, pero era grandote, pesado y era tan caro llamar y contestar que, la verdad, prefería ir a un viejo y gastado teléfono público que usar mi tremendo celular. Bueno, los celulares han evolucionado una enormidad. Ahora entran con suavidad en nuestros bolsillos, casi no pesan, pero lo más sorprendente es que ya no son solo teléfonos, sino que ahora uno lleva la vida entera dentro de ellos. Lo interesante es que con el celular vino también un cambio significativo en las costumbres o rutinas diarias. Por ejemplo, lo que antes era un trayecto silencioso hacia el trabajo, ahora se ha vuelto una excelente oportunidad para estar conectados, jugar, chatear, ver series, escuchar música, leer, y un largo etcétera. Todo el mundo habla y habla (verbal y escrito), lee, juega, y vive pegado a estos aparatos a toda hora.

El Señor, quien siempre lleva la delantera tecnológica, creó mucho antes un sistema inalámbrico de comunicación con los seres humanos y lo dejó incorporado genéticamente en Adán y, por consiguiente, en toda la raza humana. Así como los países tienen un número de emergencia como el 911, así también, todos los hombres y mujeres de todo credo, raza, color, cultura, y todas las diferenciaciones entremedio posibles, entienden de algún modo que, ante cualquier dificultad o quebranto, podrían buscar comunicarse con el Creador. De allí que no nos debiera sorprender cuando vemos al más vocal de los escépticos y al más duro de los agnósticos gritar un fuerte “¡Dios mío!” con el más leve temblorcito.

Dios desea hablar a nuestro corazón y sus mensajes son potentes, como omnipotente, grandioso, y soberano es el transmisor.

El problema radica en que los seres humanos imaginamos que esa vía es solo de un lado, el nuestro, sin que el Creador tenga absolutamente nada que decir y cuyo deber es solo actuar y con prisa. Es decir, esto es como pedir algo en Amazon y tener la seguridad de que lo recibiremos free shipping en un par de días, y sin tener la necesidad de hablar con Jeff Bezos. Sin embargo, toda comunicación que se precie de tal se efectúa a través de una línea de dos vías. Nos comunicamos cuando escuchamos y entendemos, y cuando nos escuchan y se entiende lo que decimos. De otra manera, la comunicación es ineficiente y no cumple su objetivo.

Nuestros cuerpos están diseñados para recibir ciertos niveles de sonidos, algunos espectros de luz y percibir algunas sensaciones. En promedio, las personas pueden asimilar solo el 25% de lo que se les habla y solo son capaces de recordar el 10%. Esto es suficiente cuando la comunicación está dentro de los parámetros de lo cotidiano, pero cuando queremos comunicar un mensaje nuevo o espiritual, ya empezamos a tener serios problemas de entendimiento. También es importante saber que no solo comunicamos palabras, sino también gestos, sentimientos, el sonido, y las imágenes del ambiente que nos rodea. Además, toda persona está inmersa en una cultura, prejuicios, y pensamientos propios, y tiene que trabajar también con ellos para poder entender al que le habla y darse a entender al que le escucha. Los grandes líos que se arman en un chat o a través del Twitter son producto de que no entendemos todas las dimensiones de la comunicación.

Lo mismo sucede en nuestra comunicación con Dios. Él desea hablar a nuestro corazón y sus mensajes son potentes, como omnipotente, grandioso, y soberano es el transmisor. Sus palabras son vitales para nuestra subsistencia y felicidad. Cuando escuchamos al Creador no solo recibimos información o sugerencias, sino que sus palabras son orientadoras y demandan obediencia de nuestra parte. Por ejemplo, las palabras de Dios en Zacarías son específicas: “Así dice el SEÑOR Todopoderoso: Juzguen con verdadera justicia; muestren amor y compasión los unos por los otros. No opriman a las viudas ni a los huérfanos, ni a los extranjeros ni a los pobres. No maquinen el mal en su corazón los unos contra los otros” (Zc. 7:9-10). Un tipo de comunicación como la anterior se corta cuando nuestros intereses o indisposición a la obediencia generan un cortocircuito con lo que el Señor está proponiendo… “Aló, aló… ¡no te escucho… aló!”. Como la comunicación con Dios es “superdigital”, entonces la única interferencia posible es cuando el oyente cierra su propio corazón y se niega a aceptar lo que el Señor está estableciendo como verdad y mandamiento. Como dice el dicho popular, “no hay peor sordo… que el que no quiere oír”.

El Señor nunca ha silenciado las voces de sus hijos. Él desea ser escuchado y también escuchar.

De ese tipo de interferencias habló Zacarías: “Pero ellos se negaron a hacer caso. Desafiantes volvieron la espalda, y se taparon los oídos. Para no oír las instrucciones ni las palabras que por medio de los antiguos profetas el SEÑOR Todopoderoso había enviado con su Espíritu, endurecieron su corazón como el diamante. Por lo tanto, el SEÑOR Todopoderoso se llenó de ira…” (Zac. 7:11-12). Imagina a una persona que se pone tapones en los oídos y llama por teléfono a alguien solo para hablar, sin importarle en lo más mínimo lo que la persona diga. ¿No parece ridícula semejante actitud? ¿Qué te provocaría el recibir llamadas de ese tipo? Yo creo que una llamada así sería bastante desagradable y es muy probable que termine colgando el teléfono. Pues eso es lo que hombres y mujeres hacen en su supuesta comunicación con Dios. Por un lado, se niegan a escuchar, y por el otro abundan en palabras y reclaman absoluta atención a sus demandas. Ya nuestro texto del encabezado anuncia de parte de Dios el deseo de una comunicación plena, plena en recepción y plena en entrega. El Señor nunca ha silenciado las voces de sus hijos. Él desea ser escuchado y también escuchar.

Reconozco que el smartphone no es un aparatito banal. Soy una persona muy distraída, y cuando me he perdido buscando una calle, o estoy entrampado en un trámite, el celular y su GPS han sido mi salvación. En el mismo lugar de los hechos podía llamar a mi esposa o a la persona que esté necesitando para obtener la información que estaba requiriendo en ese mismo instante. Escuchar a Dios, y ser escuchados por Él no es un ejercicio ritual o religioso que necesita de un edificio especial con cúpula y punta en forma de cruz para obtener una mejor recepción. El Señor nos invita a oírle en medio de nuestras circunstancias y dilemas, allí justo cuando “las papas queman”, y también nos asegura que no hay nada de nuestras vidas que escape a su escrutinio o conocimiento. 

¿Qué número marcar? Está claro que no se trata de marcar cualquier número para hablar y ser escuchado por el Señor. Sin embargo, así como el 911, Él ha instaurado la línea J-E-S-U-C-R-I-S-T-O. Él es el único mediador entre Dios y los hombres, Camino, Verdad, y Vida. Recurre a Él, porque Él estará en todo lugar donde nosotros estemos. Nuestro Señor Jesucristo ha anunciado desde los tiempos en que estuvo en la tierra la necesidad de “velar” ante su inminente venida. “¡Cuidado! ¡Vengo como un ladrón!…” (Ap. 16:15a). ¿Cómo mantenernos atentos? Pues es justamente al mantener las líneas O(ración) y P(alabra) en perfecto funcionamiento, de manera que la aparición del Señor nos sorprenda colgando el teléfono espiritual justo después de haber estado hablando con Él.


* Todas las citas bíblicas están tomadas de la NVI.


Imagen: Lightstock.
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