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Cómo Romanos 8 me convirtió en calvinista

Al día de hoy, cada vez que estoy detrás de un púlpito y digo cosas como: “Todos los verdaderos santos perseverarán hasta el final y ninguno se perderá”, todavía tengo que pellizcarme. Me rio por dentro y pienso: ¿Qué diría mi yo de 22 años si me pudiera escuchar ahora?

Verás, no siempre fui calvinista.

Fui criado como un arminiano clásico en la tradición bautista del libre albedrío. Cuando era adolescente, adquirí mis conocimientos de teólogos como Leroy Forlines y J. Matthew Pinson, junto a teólogos más antiguos como James Arminius y John Wesley. Como un hombre de 22 años, creía y enseñaba que la gracia siempre era necesaria pero nunca irresistible, y que los cristianos genuinos podían abandonar a Cristo y perder su estado de justificación.

Debajo de estas creencias, yace una visión de la relación Dios/hombre que iba algo así: los humanos fueron creados para existir en una relación amorosa con Dios. La naturaleza de esa relación amorosa requiere una libre e indeterminada respuesta de nuestra parte. Para citar a Forlines, veía a Dios trabajando con el hombre en una “relación de influencia y respuesta” en lugar de una “relación de causa y efecto” (como piensan los calvinistas). Dios podía tener influencia sobre nosotros, pero respetaba nuestra personalidad al dejarnos siempre la decisión final. Y Dios hizo esto, no porque fuera débil, sino porque así era como quería que la relación funcionara.

Y en caso de que te lo preguntes, la diferencia entre un Dios que influye y un Dios que causa puede resumirse en una palabra: garantía. Forlines lo expresa de esta manera en su libro The Quest for Truth:

“Creo que la descripción de la relación de Dios con el hombre que los calvinistas darían sería muy similar a mi descripción de influencia y respuesta. Sin embargo, se cree que el resultado está garantizado… Cada vez que se garantiza el resultado, se trata de causa y efecto. Cuando la garantía se va, el calvinismo se va”.

Él tiene razón. Estuve de acuerdo con él en ese entonces; estoy de acuerdo con él ahora. Simplemente he cambiado de bando. Entonces, ¿qué pasó? La respuesta corta es que me topé con Romanos 8:28-30.

Un predicador apasionado, un pasaje problemático

Romanos 8:28-30 a menudo se conoce como “la cadena de oro de la redención”, llamada así por sus cinco “eslabones” de presciencia divina, predestinación, llamado, justificación, y glorificación.

Como arminiano, veía Romanos 8:28-30 como un pasaje problemático. El versículo 29 fue definitivamente un “texto clave de evidencia” para la elección basada en una “presciencia de fe”. Sin embargo, el resto fue difícil. Sabía lo que decían mis comentaristas favoritos al respecto, pero nunca había estado completamente satisfecho. Así que lo atribui a una anomalía. Después de todo, ningún sistema teológico explica todo perfectamente.

Eventualmente me di cuenta que la cadena de oro de Pablo, como el calvinismo, se trataba de una garantía

Hasta que comencé a escuchar los sermones de John Piper sobre Romanos, y mi mundo se deshizo. Era el 2004, tenía 22 años, y nunca había escuchado tal predicación. Su meticulosa exposición puso de manifiesto todas las debilidades que ya sentía en mi interpretación del pasaje, mientras descubría algunas nuevas. No puedo decir que salí de esos sermones como un calvinista convencido. Pero mi confianza fue severamente sacudida. Y eventualmente me di cuenta de que la cadena de oro de Pablo, como el calvinismo, se trataba de una garantía.

¿Se romperá la cadena?

Permíteme presentar los versículos 29–30 para ayudarnos a visualizar el argumento. (Lee desde la parte superior izquierda a la parte inferior derecha y observa cuidadosamente las palabras en cursiva y las letras coincidentes).

Como arminiano, naturalmente estaba de acuerdo con el comentarista Joseph Benson: “El apóstol no afirma…precisamente que el mismo número de personas son llamadas, justificadas, y glorificadas”. Después de todo, eso implicaría una garantía. Sin embargo, cuanto más estudiaba el pasaje, más parecía que eso era exactamente lo que Pablo estaba afirmando.

Primero, considera cada eslabón individualmente. (Para mayor claridad, etiqueté los cinco grupos con letras). Pablo comienza describiendo a un grupo de personas basado en algo que Dios hace por ellos (“a los que de antemano conoció”). Luego agrega algo más que Dios hace por ese mismo grupo de personas (“también los predestinó”). La palabra “también” en cada eslabón nos dice que estamos tratando con las mismas personas en ambos grupos. Aquellos que conoció son también los que predestinó. Por lo tanto, A = B. Esto es cierto en cada cláusula de la cadena.

Pablo está afirmando que el mismo número de personas, de hecho, exactamente el mismo grupo de personas, son conocidas, predestinadas, llamadas, justificadas, y glorificadas

Ahora observa la superposición entre cada cláusula. El segundo verbo en cada línea sirve como el primer verbo en la siguiente. Esto es lo que une las cinco cláusulas como eslabones en una cadena. Y es por eso que finalmente tuve que concluir que Benson y yo estábamos equivocados. Pablo está afirmando que el mismo número de personas, de hecho, exactamente el mismo grupo de personas, son conocidas, predestinadas, llamadas, justificadas, y glorificadas. O para ponerlo más claro: A = B = C = D = E.

Como Arminiano, me vi obligado a argumentar que estos cinco pasos eran simplemente una secuencia general por la que todos los santos verdaderos tenían que pasar, sin garantía de que aquellos en el grupo A llegarían al grupo E. De hecho, creía que algunos podrían caerse en cualquier etapa del proceso. Era menos como una cadena y más como un tablero estilo diana, en el que los círculos se hacen más pequeños a medida que te mueves hacia adentro.

Pero cuanto más examinaba el lenguaje real, más inverosímil se volvía esta creencia. Esto inevitablemente me empujó al calvinismo. Después de todo, si todos los llamados se justifican, entonces el llamado debe garantizar la fe, ya que la fe precede a la justificación (Ro. 5:1). Además, si todos los justificados son glorificados, entonces la justificación debe ser un estado permanente, un veredicto que Dios nunca revoca.

De esto siempre había sido incómodamente consciente, aunque no había apreciado completamente la dificultad antes de escuchar a Piper. Pero había un problema más que Piper planteó que aún no había considerado.

El propósito garantizador de la cadena de oro

Es importante reconocer la razón por la cual Pablo forja esta cadena en primer lugar. La respuesta se encuentra en el famoso versículo 28:

“Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a su propósito”.

Nota que Pablo no está simplemente haciendo una afirmación objetiva aquí (por ejemplo, “todas las cosas cooperan para bien”). Está haciendo una afirmación de conocimiento (por ejemplo, “sabemos que todas las cosas cooperan para bien”).

Lo que plantea la pregunta: “¿Cómo lo sabemos?”. ¿Qué garantía podemos tener de que, a pesar de todas las apariencias, todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios y son llamados por Él? Esa es la pregunta que la cadena de oro busca responder. Es por eso que el versículo 29 comienza con la palabra “porque”: proporciona un argumento sobre cómo sabemos lo que dice el versículo 28. Y aquí está el argumento en pocas palabras: sabemos que todas las cosas cooperarán para bien de los llamados porque si fuiste llamado, eso significa que primero fuiste conocido y predestinado para ser conformado a la imagen de Cristo, y significa que ahora estás justificado, y eventualmente serás glorificado.

Esa es la razón por la que sabemos: porque no hay interrupciones en esta cadena.

Dios no ha dejado la composición de la familia de Cristo en manos de seres humanos volubles

Forlines tenía razón. En el marco arminiano de “influencia y respuesta”, no puede haber garantía. Sin embargo, eso anularía el propósito del pasaje, porque una garantía es exactamente lo que Pablo busca. Si las personas pueden caerse de la cadena en cualquier momento, entonces nunca podremos saber que todas las cosas cooperarán para el bien de los llamados. Podrían, pero quizás no, porque el resultado dependería en última instancia de los llamados mismos. Muchos de los llamados nunca serían justificados, mucho menos glorificados.

La buena noticia es que esta cadena es inquebrantable, ya que fue forjada por Dios mismo. Nada de esto quiere decir que nuestra predicación o fe es innecesaria. Tampoco quiere decir que podemos estar seguros de nuestra salvación sin importar si perseveramos o no. Simplemente significa que Dios no ha dejado la composición de la familia de Cristo en manos de seres humanos volubles. Dios hace más que influenciar: predestina. Es por eso que todas las cosas van a cooperar para bien de los llamados, y Cristo será el primogénito entre muchos hermanos (Ro. 8:29).

Dios está a cargo. El resultado es seguro. Y eso, mis amigos, es una garantía.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición. 
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