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En el mundo moderno existe una preferencia por frases o slogans publicitarios cortos que sean pegajosos. Empresas gastan millones de dólares en campañas publicitarias con frases de no más de 5 palabras. Los publicistas saben que en la cultura moderna es difícil captar la atención de alguien por largo tiempo, y por ende es importante tratar de decir lo máximo del mensaje en la menor cantidad de palabras posibles.

Quizás de alguna forma la iglesia ha adoptado este tipo de estrategia. En mi artículo anterior hablé de que muchas veces usamos frases o slogans en la iglesia que pueden sonar atractivos, pero quizás no entendemos el significado de ellas. Tratamos nuestro mensaje como un slogan comercial con el objetivo de atraer personas. Frases como:

  • “Una iglesia profunda”
  • “…Donde la familia es importante”

pueden ser leídas en las promociones o paginas de Facebook de muchas iglesias.

En el mundo reformado nos gusta usar frases más ligadas a nuestras creencias, como:

  • “Una iglesia Cruzcéntrica”
  • “…Donde la Cruz es importante”

No hay nada malo en usar frases para ayudar a comunicar nuestro mensaje. Lo que sí es importante es que no nos quedemos en la superficialidad de frases, sino que estemos seguros que nuestras iglesias están viviendo estos mensajes que estamos comunicando. Es por eso que quiero presentar una forma que creo puede ayudarnos a colocar al evangelio en el centro.

Primero quisiera señalar una definición desde mi perspectiva sobre lo que es vivir centrados en el evangelio. Personalmente considero que el mensaje del evangelio es aquello que no tan solo nos da salvación, sino que también nos impulsa a vivir esta salvación en el día a día. Es importante que el evangelio informe cada aspecto de nuestro caminar como creyentes.

Para poder ser transformados de gloria en gloria no podemos quedarnos en lo superficial. Muchas veces queremos soluciones superficiales a problemas profundos. Hemos cultivado por décadas conductas pecaminosas en nuestras vidas y queremos un slogan para ser transformados. Solo el poder del evangelio puede hacer esto, y por consiguiente el creyente está llamado a no ser superficial sino a sumergirse profundamente en el evangelio. Vamos a ver cómo podemos lograr esto. 

Para poner el evangelio en el centro tenemos que:

  1. Conocer el evangelio

No voy a profundizar mucho en este punto ya que mi artículo anterior trata sobre esto. Pero cada creyente tiene que conocer este mensaje. Este es el fundamento de lo que creemos. Son las buenas nuevas de salvación. Tenemos que estar al tanto de este mensaje, pues es lo único que nos lleva a conocer a Cristo. Es su obra, donde su encarnación, vida perfecta, muerte en la cruz, resurrección, ascensión y promesa de que regresará a enmendar todo da salvación a pecadores que ponen su fe en este mensaje y se arrepienten de sus pecados.

  1. Confiar

Después de conocer el mensaje, el próximo paso es confiar. La Biblia dice que los demonios creen, pero esto no implica que confían. El creyente debe confiar completamente en el mensaje del evangelio. Confiar que Cristo murió por nuestros pecados nos debe llevar a tener paz en nuestras conciencias. Confiar que él resucitó de la muerte nos debe llevar a recordar que tendremos vida eterna. Es poner nuestra completa confianza en el mensaje de salvación basado en la obra de Cristo.

  1. Contemplar

Uno de mis textos favoritos de la Biblia presenta esto:

“Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu”, 2 Corintios 3:18.

Este verso nos dice que somos transformados mientras contemplamos la gloria de Cristo. Es un adelanto gradual de santificación que será completado cuando veamos a Cristo cara a cara (1 Juan 3:3). Pablo y Juan nos dicen que la fuente de transformación para el creyente no está en slogans, programas de pasos para transformación o en consejos moralistas, sino en mirar la gloria de Cristo.

¿Dónde vemos esta gloria? En el evangelio. Vemos su gloria en la humildad de la encarnación, en la perfección de su vida sin pecado, de su sacrificio en el morir por nosotros, del poder de vencer la muerte, de la exaltación de la ascensión y de la soberanía del trono desde donde gobierna. Miramos a Cristo y su gloria, su hermosura y su resplandor nos hacen más como él, y lo miramos mientras meditamos en lo que él ha hecho por nosotros. Una aplicación de esto es que todas las canciones que cantamos en Iglesia Gracia Soberana de Gaithesburg muestran algún aspecto de la obra de Cristo. En esto vemos la gloria de Dios y somos transformados al contemplar.

  1. Conectarlo

“…Y para cualquier otra cosa que es contraria a la sana doctrina, según el glorioso evangelio del Dios bendito, que me ha sido encomendado”, 1 Timoteo 1:10-11.

Pablo en este pasaje está diciendo que nuestra conducta debe ser acorde al evangelio. Esto nos debe llevar a la conclusión que toda nuestra conducta debe nacer de algún aspecto del evangelio. Pienso que esta es una de nuestras deficiencias mayores como creyentes, pues nos movemos a la obediencia sin saber cuál es la implicación del evangelio que nos lleva a obedecer. El problema de movernos a la obediencia sin convicciones del evangelio es que estas salen solo del deber y no del deleite. El creyente tiene que obedecer por ambas razones: porque es lo que debemos hacer y también porque nos deleitamos en la obra de Cristo y en Cristo mismo. Cuando la obediencia es solo deber, usualmente nos cansamos de ella y el cambio no es permanente.

Por ejemplo, el perdón: solo podemos  perdonar verdaderamente cuando recordamos que el evangelio nos dice que hemos sido perdonados de mayores deudas y por consiguiente podemos extender misericordia y perdonar a otros. Más que poder perdonar es un gozo hacerlo. Así también el servicio: cuando vemos el servicio de Cristo en la cruz, recordamos que no servimos para recibir recompensas, sino porque ya nosotros hemos sido servidos.

  1. Caminarlo: obedecerlo

Por último, cuando hemos conocido, confiado, contemplado y conectado el evangelio,  podemos caminarlo. Este caminar de obediencia no sale de nuestros esfuerzos sino del glorioso evangelio. Solo entonces la última C toma su lugar: el evangelio es Central, es Completo.

Que la centralidad del Evangelio no sea un slogan, sino algo que captura nuestras vidas para la gloria de aquel que no tan solo nos creo sino también nos salvó. 

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