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He sido bendecido últimamente con la oportunidad de predicar un poco más. Me gusta mucho predicar y la formación en homilética que recibí en el Covenant Seminary durante mi maestría en Divinidades (M.Div.) fue excelente. Pero cuanto más aprendo sobre predicación, más me siento como que apenas estoy empezando a aprender lo que significa predicar. Predicar para mí es como una gran montaña, cuya cima está oculta por las nubes y no se puede ver. Cuanto más alto escalo, se aleja aún más y más por encima de mí.

No estoy en busca de estímulo cuando digo esto, tampoco estoy tratando de ser deliberadamente modesto. Sinceramente es lo que siento. Creo que cada predicador con cierta conciencia de la grandeza y el peso de su tarea siente agudamente su propia indignidad. Con anterioridad me he referido a la declaración de Lloyd-Jones de que “cualquier hombre que haya tenido alguna idea de lo que es predicar inevitablemente sentirá que él nunca ha predicado”. A esto se le podría añadir el testimonio de Spurgeon: “No hay un buen predicador que no se conmueva casi hasta las lágrimas al final de cada sermón viendo lo pobre del mensaje que acaba de entregar”.

Y, sin embargo, por la gracia de Dios, domingo tras domingo predicamos. Aquí hay 5 lecciones que estoy aprendiendo a medida que transito en el camino. Si eres un compañero predicador tratando de subir junto a mí esta vasta y empinada montaña, espero que puedan ser de utilidad para ti.

1) Apila, empalma y extiende tus ilustraciones

Yo solía pensar que el propósito principal de la ilustración era aclarar la mente y que una historia/relato era la forma típica de hacerlo. En base a lo que aprendí en el Seminario, de una excelente clase de Bryan Chapell sobre predicación, he llegado a ver que el propósito principal de la ilustración es involucrar las emociones y la voluntad de las personas, y que hay muchas maneras diferentes de hacerlo. Un ejemplo es el retrato hablado. Hace poco estaba tratando de describir cómo es posible que un ser humano no pueda ver el rostro de Dios y vivir, para lo que tomé prestado una línea de “Hasta que tengamos rostros” ('Till We Have Faces) de C.S. Lewis y la comparé con un mosquito volando en las cataratas del Niágara. Así que la oración pasó de esta…

“No podemos ver el rostro de Dios y vivir…”

a esta:

“Como un mosquito no puede volar en las cataratas del Niágara y vivir, así nosotros no podemos ver el rostro de Dios y vivir,”.

Eso solo añade 15 palabras y alrededor de 3,5 segundos a tu sermón. Pero probablemente añade un nivel de claridad intelectual y fuerza emocional claramente desproporcionada en relación con su longitud.

He llegado a un punto en el que soy casi incapaz de hacer una explicación sin una ilustración, y trato de anclar casi toda verdad proposicional que quiero comunicar a indicaciones concretas y narrativas. Esto no es “diluir” el sermón, como algunos sugieren, al igual que Jesús tampoco diluyó su mensaje mediante el uso de parábolas (Marcos 4:34). Debido a que la mente humana tiende hacia lo concreto, estamos resaltando, no reduciendo, la verdad de las Escrituras para nuestros oyentes cuando la traducimos a la particularidad y la situacionalidad de la vida cotidiana.

Así que, además de ilustraciones narrativas tradicionales, he desarrollado dos técnicas propias para dar ilustraciones que comparto aquí en caso de que otros puedan encontrarlas útiles. En primer lugar, apilo ilustraciones por montón. A veces me planteo utilizar 5 o 6 retratos hablados, uno tras otro. (Martin Luther King solía hacer esto en sus discursos. No es repetitivo, por lo general aumenta el significado). En segundo lugar, inserto ilustraciones en el transcurso del sermón. Así que a menudo vuelvo a mi ejemplo de apertura después de haber explicado el texto que ilustraba y ato la ilustración al texto. Eso concretiza la conexión y la hace muy clara. Con demasiada frecuencia, me temo, la gente recuerda nuestras ilustraciones, ¡pero olvida lo que estaban destinadas a ilustrar!

También estoy aprendiendo a buscar ilustraciones en una gran variedad de lugares: películas, historia, literatura, eventos actuales, mi propia vida, etc. Me parece que la parte más débil de mi biblioteca es la sección de literatura. Tengo un montón de libros de teología, pero no suficientes historias de las cuales sacar ilustraciones. En los próximos años, quiero leer más literatura—Shakespeare, mitología griega, libros para niños, obras de teatro de Camus, cualquier cosa que sea rica e interesante—en gran parte para que mi capacidad de comunicar la Palabra de Dios en el púlpito crezca. He llegado a creer que para ser un predicador eficaz debo no solo ser un buen estudiante de la Biblia, sino también un gran lector y un sensible observador de la vida.

2) Al explicar el texto, profundidad > anchura

Hay muchas maneras en que un sermón es diferente a una clase/comentario, pero una que estoy aprendiendo es la siguiente: el sermón no necesita ser, y no puede ser, exhaustivo. Simplemente no hay manera de cubrir todo lo que está en el pasaje. De todos modos, ese no es el punto.

Cada vez más encuentro que cuando se hace una explicación del texto en la predicación indicando claramente el punto principal tiene mucho más valor que ofrecer una visión detallada de todo el pasaje. Por ejemplo, si estoy predicando sobre el Salmo 90, el sermón debería ser básicamente sobre lo efímero de la vida humana delante de Dios y las implicaciones de esta verdad para nuestras vidas en relación a todo el evangelio. Esto implica que solo voy a entrar en detalles secundarios del texto en la medida en que se relacionan con esta idea principal del salmo. En una clase tendría que ser más minucioso, pero en un sermón de 30 minutos, simplemente no puedes serlo. Tienes que mantener la idea principal visible en todo momento.

Esto significa que mi preparación de un sermón es un ejercicio intelectual fundamentalmente distinto al de mis estudios de doctorado, por ejemplo. En mi trabajo de doctorado estoy buscando complejidades en el texto, estoy en busca de lagunas en la literatura, tratando de hacer una contribución única. Totalmente diferente a la preparación de un sermón. El estudio que se realiza al preparar un sermón trata de encontrar la mejor manera de acentuar los principales rasgos del texto bíblico para una congregación en particular. No se trata de encontrar algo nuevo, sino de declarar lo viejo, lo llano y lo normal en una forma fresca, atractiva, contextualizada, y orientada en el evangelio.

Esto no quiere decir que yo no lea comentarios ni estudie en el idioma original en mi tiempo de estudio. Significa que lo hago un poco menos en relación a orar por la aplicación, y que trato de esconder y ocultar el estudio dentro del sermón. Las personas sentadas en los bancos no necesitan un comentario detallado, y no deben ser impresionados por la erudición del predicador. Necesitan una explicación clara y orientada a la aplicación, y deben ser impresionados por la claridad y el poder de la Biblia.

3) Tu aplicación debe ser estimulada por tu consejería

Creo que nadie puede ser un buen predicador sin cavar profundamente en la vida de su pueblo. El pastor que se niega a participar en la consejería, en el discipulado personal, en hacer visitas al hospital y así sucesivamente, como resultado será más débil en el púlpito. Él podría ser un gran orador y exégeta, pero no sería bueno en la aplicación de la verdad a este pueblo en particular al que se está dirigiendo.

Yo creo que cada sermón debe tomar una forma muy particular basada en la audiencia. Dos sermones sobre exactamente el mismo texto en dos iglesias diferentes podrían terminar siendo totalmente distintos sermones. Esto no es relativismo, es la realidad de que estas hablando a personas particulares, y el amor requiere que hables con el fin de ser útil a ellos.

Por lo tanto, no es suficiente proclamar la verdad con claridad. Tienes que conectar esa verdad con las luchas de la vida real, con aquellos asuntos asuntos que están haciendo más difícil la vida espiritual de tu pueblo. Para hacer eso, no solo necesitas coraje y sabiduría. Necesitas tener relaciones bastantes profundas con las personas de tu congregación para saber cuáles son esas cuestiones.

He encontrado que cuando “me atrevo” y aplico la verdad a los temas candentes y a los elefantes en la sala, rara vez me arrepiento. La gente quiere eso. Ellos lo esperan. Si tu gente está luchando con los chismes, habla de eso a partir del texto. Si los matrimonios son débiles en tu iglesia, habla de eso a partir del texto. Atrévete. No te alejes de los verdaderos problemas. Sé valiente. Sé un pararrayos cuando necesites serlo. No estás allí para ser agradable, estás allí para encender un fuego y dejarlo arder. Pero para hablar acerca de los temas candentes, tienes que saber cuáles son.

A veces la diferencia entre un sermón aburrido y un sermón fascinante puede ser así de simple: ¿Qué tan bien conoces a la gente a la cual le estás predicando?

4) Deja que tu contenido determine tu estructura

Algunas personas luchan consigo mismas en si hacer sermones de 2 o de 3 puntos o en si hacer uso de aliteraciones. Admito que hay formas forzadas/formuláicas de estructurar un sermón y que si se hace de la misma manera todos los domingos puede llegar a ser en realidad más un obstáculo que una ayuda. Pero cualquier cosa que permita a las personas seguir el sermón y que añada claridad a la presentación debe ser bienvenida. Por supuesto, no tienes que tener 2 o 3 puntos. El punto es hacer el contenido del sermón tan fácil de entender como sea posible.

En arquitectura hay un principio, “la forma sigue a la función”. Ajusto esto para hacer mi propio principio de la predicación: “la forma sigue al contenido”. No creo que haya una manera correcta de hacer la estructura, pero sí creo que tenemos que ser intencionales sobre la elección de la estructura. Si simplemente estás allí hablando…eso no será suficiente. Puede que así funcione tu cerebro, pero no es como la mayoría de la gente escucha. Es necesario someterse a la disciplina de la búsqueda de claridad y organización.

Las mayores áreas en las que tiendo a ser perezoso son:

• Transiciones

• Sub-puntos

• Resumir los puntos anteriores (sobre todo en la conclusión)

• Volver a leer el texto en mi explicación

• Oraciones

Las transiciones son particularmente fáciles de eludir. “Bien, ahora en el punto 2” es bastante soso. Por lo general es mejor mostrar la relación lógica de un punto a otro y decir algo como, “bien, hemos visto ___ hasta ahora en el punto 1, pero todavía tenemos que ver ____ en el punto 2, y necesitamos ver eso porque…”. Otra forma de hacerlo es construir un crescendo o una intensificación de un punto a otro. Otra es problematizar los puntos para que el oyente sienta la tensión de un punto que el siguiente punto pretende resolver. Pero casi siempre ayuda tener algún tipo de flujo y secuencia lógica deliberada.

Por supuesto, siempre debemos estar dispuestos a romper con la estructura, pero eso debe ser producto de la dirección del Espíritu y no el fruto de la pereza en la preparación del sermón.

5) Dalo todo en cada ocasión

La predicación es como el baile o el canto o la práctica de deportes o pedirle a alguien una cita. No funciona si estás sobre tus talones, medio-comprometido, tentativo. Tienes que darlo todo en cada ocasión. Tienes que dar absolutamente lo mejor de ti. Tienes que entregarlo todo. He aprendido esto de la manera difícil. A veces, si me siento bien con mi sermón de la semana pasada, puedo ser un poco desprevenido en mi preparación para el siguiente, y entonces se convierte en una semana con una caída. Yo odio eso.

La mejor manera de predicar es tratar cada sermón como si fuera el último. Cada semana, desde el lunes por la mañana a la oración de cierre, tenemos que tratar de escalar esa montaña de nuevo. Es, y debe ser, una tarea emocionalmente, espiritualmente y psicológicamente agotadora. Pero también alegre.

Me parece que cada vez que me levanto a predicar, tengo que rendirme de nuevo a Cristo, casi como si me estuviera convirtiendo en un cristiano por primera vez. El púlpito es espacio sagrado, tierra santa. Se requiere una postura de sumisión, de abandono a sí mismo, que se extiende hacia fuera en fe.

Muchas veces, incluso cuando estoy apoyado en el Señor, siento como que quedo corto. Pero también están esos momentos cuando Dios se presenta y estás consciente de que, a pesar de toda tu indignidad, estás siendo un instrumento en Sus manos. No hay otro gozo que se asemeje a ese sentimiento. Si Dios me lo permite, espero pasar el resto de mi vida persiguiéndolo.


Publicado originalmente en gavinortlund.com. Traducido por Justo Mirabal.
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