Este es un fragmento adaptado del libro Predicar para la gloria de Dios (Poiema Publicaciones, 2026), por Alistair Begg.
1) Comienza con el Texto
La predicación expositiva siempre comienza en el texto de la Escritura. Eso no significa que cada sermón comenzará con la frase: «Por favor, abran sus biblias en…». Lo que significa es que incluso si empezamos con alguna referencia a un evento actual, o a la letra de una canción contemporánea, es el texto de la Escritura el que establece la agenda del sermón.
El expositor de la Biblia no comienza con una idea, o una gran ilustración, para luego buscar un pasaje apropiado. En lugar de eso, comienza con la Escritura misma y permite que el pasaje en consideración establezca y enmarque el contenido del sermón. Esta es la causa por la que, como John Stott afirma, «es nuestra convicción que toda verdadera predicación cristiana es predicación expositiva» (p. 125).
Estamos en el camino incorrecto si pensamos en la predicación expositiva meramente como un estilo de predicación a escoger entre otros (temático, devocional, evangelístico, textual, apologético, profético, expositivo).
La predicación expositiva siempre comienza en el texto de la Escritura
Roy Clements dice, acertadamente:
La predicación expositiva no es para nada una cuestión de estilo; el paso determinante que decide si un sermón va a ser expositivo o no, sucede, en mi manera de ver, antes de que siquiera una palabra sea escrita o dicha. Primero y principal, el adjetivo «expositivo» describe el método por el cual el predicador decide qué decir, no cómo decirlo.
Exposición no es simplemente un comentario continuo de un pasaje de la Escritura. Tampoco es una sucesión de estudios de palabras unidas débilmente por unas pocas ilustraciones. Ni siquiera deberíamos pensar en ella en términos de descubrir y declarar la doctrina principal que hallamos en el pasaje. Podemos hacer todo eso sin que alcance a ser una exposición bíblica en los términos de la definición que estamos elaborando.
2) Está entre dos mundos
La predicación expositiva busca unir los dos horizontes del texto bíblico y el mundo actual. John Stott desarrolla en profundidad esta idea en su libro La predicación: Puente entre dos mundos. Stott, de forma correcta, argumenta que es posible predicar exegéticamente y aún así fallar en contestar a la pregunta presente en la mente del oyente: «¿Y entonces qué?».
La audiencia de Esdras, por ejemplo, nunca hubiera comenzado la construcción de los tabernáculos si él hubiera fallado en establecer la conexión entre el texto y los tiempos que estaban atravesando.
La verdadera exposición debe tener una cierta dimensión profética que deje al oyente sin ninguna duda de que lo que ha escuchado es Palabra viva de Dios y produzca en él, al menos, la silenciosa certeza de que el Autor de esa Palabra conoce su vida.
Si vamos a tomarnos en serio el reto de enseñar la Biblia de esta manera, debemos prestar atención a la advertencia de un predicador escocés del siglo veinte, que dijo que es pura negligencia lanzar a la gente grandes bloques de fraseología religiosa derivada de una época pasada sin ayudarles a interpretar el mensaje en su propia experiencia. Esa es la tarea del predicador, no de ellos, argumentaba.
La tarea del predicador es declarar lo que Dios ha dicho, explicar el significado y establecer las implicaciones para que nadie confunda su relevancia
El redescubrimiento de las obras teológicas de los puritanos es algo que todos agradecemos; pero, al mismo tiempo, la proliferación de jóvenes cuyo discurso en el púlpito debe más al siglo diecisiete que al veintiuno debería ser motivo de preocupación.
Por supuesto, el problema es mucho más importante en el otro extremo del espectro, donde encontramos sermones que están demasiado impregnados de los temas e intereses de la cultura contemporánea. Este tipo de predicación tiende a establecer contacto con el oyente muy rápidamente, pero su conexión con la Biblia es tan escasa que no logra establecer el vínculo entre el mundo de la Biblia y el mundo personal del oyente. La tarea del predicador es declarar lo que Dios ha dicho, explicar el significado y establecer las implicaciones para que nadie confunda su relevancia.
3) Muestra la relevancia
La predicación expositiva anima al oyente a comprender por qué una carta del siglo I escrita a la iglesia de Corinto es relevante para una congregación del siglo XXI.
Es importante que el oyente no salga desconcertado por la forma en que el predicador ha tratado el texto. El predicador debe aprender no solo a combinar los horizontes en su enseñanza, sino a hacerlo de tal manera que la gente aprenda con el ejemplo cómo integrar la Biblia con su propia experiencia.
Los oyentes se enfrentan al doble peligro de suponer que lo que acaban de oír no tiene nada que ver con el lugar donde viven o que no es inmediatamente aplicable, que es «solo para aquellos que recibieron el texto originalmente». Permíteme explicar con más detalle estos dos peligros.
Que el mensaje sea irrelevante.
El predicador debe esforzarse por asegurarse de que no solo ha hecho una buena exégesis, ayudando al oyente a comprender el significado del texto, sino que también se ha esforzado por establecer su relevancia para el mundo personal del oyente. Por ejemplo, al abordar la doctrina de la encarnación no debe contentarse con asegurarse de que sus oyentes han captado la instrucción, sino que señalará las implicaciones del gran principio de la «misión de la encarnación». Para establecer ese vínculo, el predicador puede decir algo parecido a esto: «El ministerio de Jesús fue de compromiso, no de alejamiento y, por tanto, debemos afrontar el hecho de que no podemos ministrar a un mundo perdido si no estamos en Él».
Que el mensaje sea inmediatamente relevante.
El segundo peligro es igual de real. Aquí el oyente quiere pasar inmediatamente a la aplicación. Estará ansioso por saber «qué significa esto para mí». En muchos casos esta prisa por personalizar el texto se alejará de la necesaria comprensión de lo que significa el pasaje en su contexto original.
No conozco a nadie que haya sido más útil para que los predicadores luchen con esto que el estudioso Dick Lucas. Aquellos de nosotros que, al presentar nuestro trabajo ante un jurado de colegas, hemos sido interrumpidos abruptamente por el comentario de Dick: «Vamos, querido muchacho, ¡seguramente no es eso lo que el apóstol quiere decir!», nunca olvidaremos esa experiencia.
Le estoy muy agradecido a Dick por haberme hecho desconfiar de intentar aplicar el texto a Cleveland antes de haber descubierto el propósito de Pablo al dirigirse a la congregación de la Corinto del siglo primero.
Es claramente posible, por ejemplo, desenterrar un texto como Hebreos 13:8 («Jesucristo es el mismo ayer y hoy y por los siglos») del contexto que lo rodea y hacer un trabajo adecuado al hablar de los beneficios para el creyente de un Jesús que no cambia.
Pero si queremos que nuestros oyentes aprendan a interpretar la Biblia, debemos hacer el duro trabajo de entender por qué el versículo 8 aparece entre los versículos 7 y 9. Si hacemos ese trabajo, veremos que es necesario explicar nuestro versículo no simplemente de forma aislada o en términos de nuestro contexto inmediato, sino en el contexto más amplio del libro.
Reconoceremos que cualquier aplicación que no se centre en el sacerdocio permanente de Cristo no solo habrá perdido el punto, sino que habrá hecho un frágil servicio a la gente que está aprendiendo con nosotros.
El control de la Escritura
El expositor necesita estar bajo el control de la Escritura. Este es el tercero de los tres principios para una exposición fiel proporcionados por el Directorio de Westminster para el culto público:
- El tema que predicamos debe ser verdadero; es decir, a la luz de las doctrinas generales de la Escritura.
- Debe ser la verdad contenida en el texto o pasaje que estamos exponiendo.
- Debe ser la verdad predicada bajo el control del resto de la Escritura.
Qué cambio tan radical se produciría en los púlpitos si nos tomáramos en serio estos tres principios. Nos veríamos obligados a garantizar que el púlpito no fuera un lugar para la teorización y la especulación, para la consigna y la manipulación, para los cuentos chinos y el emocionalismo.



