Cambiando nuestra visión del matrimonio

Todos sentiremos ganas de gritar “¡Ayuda! No sé qué hacer con mi matrimonio…” en algún momento de nuestra vida matrimonial. Tal vez lo expresemos a otros constantemente, o quizá lo guardamos para nosotros, creyendo que no hay solución, y no hay nadie a nuestro alrededor que lo sepa.

Mi esposo dice que, para los que estamos casados, el matrimonio es el medio que Dios más usa para santificarnos. Estoy de acuerdo. El matrimonio es difícil; son dos pecadores con trasfondos y maneras de ver la vida diferentes. Tenemos diferentes luchas, defectos, y  limitaciones.

Con todo, qué bueno es saber que para los que estamos en Cristo, siempre hay esperanza. No estamos solos.

El matrimonio como parte de nuestro peregrinaje

Hoy quiero compartir contigo, mujer y esposa, algunas cosas que el Señor me está enseñando en esta carrera que es el matrimonio. Acompáñame a esta conocida porción de las Santas Escrituras:

“Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de El soportó la cruz, menospreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios”, Hebreos 12:1-2.

Estos versículos siempre han sido de gran ayuda en mi caminar con Cristo. El autor de Hebreos nos habla en el capítulo anterior de esa “nube de testigos”, que son los héroes de la fe. Ellos vivieron poniendo sus ojos en el Dios verdadero y “anhelando una patria mejor, es decir, celestial” (Heb. 11:16). Estos héroes vivieron la fe que el Señor les dio, despojándose del amor por las cosas de este mundo y deseando la eternidad con Cristo. Ellos, pecadores también al igual que nosotros nosotros, lo hicieron imperfectamente, pero sus ojos estuvieron puestos en Aquel que los sostenía perfectamente hasta el día que el Señor los llamó a casa.

El matrimonio puede representar gran parte de nuestro peregrinaje en esta tierra. Quizá sea un camino difícil y cansado, pero este pasaje nos anima a poner nuestra mirada en Cristo; Él es quien perfectamente nos sostiene mientras andamos.

Nuestra meta es vivir siendo fieles al Señor en nuestros matrimonios hasta el día que Él nos llame a casa. Esto solo lo podemos hacer en las fuerzas y por el poder del Espíritu Santo, quien vive en todo aquel que ha confesado a Cristo como único y suficiente Salvador y Señor y se ha arrepentido de sus pecados.

El matrimonio como un medio, no un fin

Muchas mujeres vivimos años y años soñando con casarnos; pensamos “Sí, esta vida nunca será perfecta, pero cuando me case seré feliz”. Vemos el matrimonio como un fin y no como un medio. Vemos el matrimonio como un evento que nos tiene que hacer felices, y no como una larga carrera de aprendizaje y crecimiento.

Nuestras expectativas cambian cuando entendemos que nuestro matrimonio es parte de nuestro peregrinaje cristiano y que es un medio para ver, disfrutar, y conocer más a nuestro Salvador. Entonces empezamos a comprender que cuando entramos en el matrimonio estamos entrando a una vida de aprendizaje; de caer y levantarnos; de pedir perdón y perdonar; de soportar y dejar que el Señor moldee nuestro carácter y nos haga más como Cristo.

Las personas, las cosas, y las situaciones de la vida —incluyendo el matrimonio— no deberían ser nuestra meta. Nuestra meta como mujeres cristianas es conocer, deleitarnos, y amar a Cristo. Al poner la mirada en Jesús, veremos que las personas que Dios ha puesto en el camino (como nuestro esposo) son un medio que Dios nos ha dado para que busquemos y dependamos más y más de Él.

Dios nos llama a que busquemos y miremos a nuestro Señor y Salvador. Él nos ha dado sus riquezas espirituales —su poder, su amor, su gracia, y su misericordia— para que seamos llenas del Espíritu Santo y nos gocemos en tenerle a Él como el primero en nuestra vida. Esto no es fácil. Hay tantas cosas que nos prometen nuestra felicidad y solemos correr tras ellas sin detenernos a pensar que solo nuestro Dios puede satisfacernos y llenarnos verdaderamente.

Por eso la Palabra nos llama una y otra vez a ser mujeres que se deleitan en conocerle a Él; solo de ahí fluirá el amor, la paciencia, y la sabiduría que necesitamos para con nuestros esposos.

Veamos el matrimonio como un medio que Dios usa para santificarnos, para cambiarnos, para hacernos depender de Él. Es difícil, pero el Señor siempre está allí para ayudarnos, consolarnos, guiarnos, levantarnos, y hablarnos por medio de su Palabra.

Veamos el matrimonio como un instrumento que Dios está usando para moldearnos y hacernos más como Cristo. Gocémonos en Él, quien no nos abandona por más difícil que parezca; quien conoce nuestra situación y usará todo para su gloria y para el bien y el gozo tuyo y de tu esposo.

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