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¿Ha escuchado usted en algún momento frases como “Dios me dice que soy cabeza y no cola y por lo tanto ejerzo dominio sobre todo lo que me pertenece”, o “Como iglesia nos apropiamos de la promesa divina de que somos cabeza y no cola y por lo tanto la recibimos y declaramos que todo lo que reclamemos será nuestro en Nombre de Jehová de los Ejércitos”? Qué tal, “Soy princesa, hija del Rey, cabeza y no cola y no tengo que someterme a ningún hombre que pretenda avasallarme o ignorar nuestra igualdad de condiciones y autoridad”? Son trilladas frases que ya se popularizan entre muchos cristianos evangélicos alrededor de todo Latinoamérica y que siguen siendo heredadas y tomadas prestadas por muchos otros que las aceptan como realmente bíblicas e incuestionables.

Dichas frases son tomadas del texto en Deuteronomio 28:13 que dice:

“Te pondrá Jehová por cabeza, y no por cola; y estarás encima solamente, y no estarás debajo, si obedecieres los mandamientos de Jehová tu Dios, que yo te ordeno hoy, para que los guardes y cumplas”.

Lo de cabeza y cola se trata de lenguaje retórico en el que el autor se vale de la figura literaria conocida como metonimia para comunicar la idea, en este caso de preeminencia o supremacía versus subyugación o postrimería. Dicho en lenguaje militar: vanguardia versus retaguardia. El vocablo hebreo que se traduce como cabeza aquí significa originalmente comienzo o al frente. El término hebreo para cola literalmente se puede traducir como aletear o sacudirse. En otras palabras, Dios está comunicando a Su pueblo que irían al frente en vez de permanecer revoloteando.

Resulta que este texto se añade, penosamente, a la larga lista de textos malinterpretados y/o sacados de contexto de la que muchos lectores bíblicos se hacen eco, algunos por ignorancia, otros en su estado de inocencia o en su condición de neófitos, y la mayoría en su calidad de indoctos e inconstantes, como dice 2 Pedro 3:16.

Interpretando el pasaje

¿Por qué es incorrecto el pretender apropiarnos de tal versículo y reclamarlo como promesa? ¿Por qué no debemos crearnos expectativas falsas basadas en lo que Dios no se ha comprometido?

En primer lugar, como regla general y atendiendo a lo más elemental de la interpretación bíblica, es menester tomar en cuenta el entorno y los detalles alrededor de los cuales Dios expresa un pensamiento en particular. En este caso, vemos el trato exclusivo de Dios con el pueblo de Israel que por boca de su siervo Moisés se asegura de establecer pautas y condiciones específicas que han de regular su compromiso o promesa a la nación. Es necesario considerar todo el capítulo desde su inicio, y no solo el verso 13, a fin de notar las condicionantes que afectarán los resultados. El mensaje cabal incluye bendiciones, pero también maldiciones o resultados penosos, lo cual nos obliga a prestar atención y considerar todo el texto antes de llegar a conclusiones apresuradas.

Un análisis cuidadoso del pasaje nos permitirá notar que el adverbio “si” aparece seis veces (vv. 1, 2, 13, 14, 15 y 58), el cual es condicional; o sea que Dios está comprometido a cumplir con Su promesa solo si el pueblo acata y cumple con la parte que le corresponde. Una manera de ilustrarlo sería por ejemplo el típico caso del padre que le promete a su hija que como regalo para su quinceañero le va a cubrir unas vacaciones a Europa con todos los gastos pagos, si no reprueba ningún examen final y si logra excelentes calificaciones. Si la doncella no logra el reto, por más cruel que suene, el padre no está obligado a cumplir con su promesa. Del mismo modo, en este pasaje Dios no está prometiendo incondicional e indefectiblemente que Israel será cabeza y no cola. De hecho el mismo capítulo revela que Dios plantea tantas bendiciones como maldiciones, y como si fuera poco, Dios mismo señala en el verso 44 que si el pueblo no hace su parte la maldición sería a la inversa, es decir que terminaría siendo cola de otros pueblos extranjeros en vez de cabeza. Es así que para poder exigir o esperar que Dios cumpla con su promesa (que en este caso es el compromiso menor), el pueblo lleva la tarea más ardua de cumplir con varios requisitos que por razones de espacio no enumeraremos aquí. En otras palabras, como creyente, solo puedo esperar una bendición o beneficio de Dios si primero me aseguro de seguir al pie de la letra las condiciones y las instrucciones específicas que Dios dicta.

En segundo lugar, otro principio importante en la interpretación de las Escrituras es el lograr identificar a quién es dirigido el mensaje. Como individuos o como iglesia no tenemos el derecho de apropiarnos de una promesa o bendición que no nos corresponde, es decir que no fue intencionada para nosotros. Ya hemos visto cómo esta promesa fue dada específicamente para el pueblo de Israel, antes de su entrada a tierra de Canaán. En más de una ocasión hemos sido testigos de lastimosas decepciones que cristianos bien intencionados han sufrido por creer erróneamente que en sus propias circunstancias Dios cumple lo que promete y que “no es hijo de hombre para que mienta”, apelando al atropellado y abusado versículo en Jeremías 33:3 que dice “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”.

En conclusión, asegurémonos de interpretar y aplicar correctamente las Escrituras. El sacar un texto fuera de contexto no es más que un pretexto para interponer nuestro propio criterio y al final salirnos con las nuestras y, lo que es peor, manipular las masas indefensas e inocentes, induciéndolas a seguir nuestras malfundadas intenciones y liderazgo, arrastrándolas hacia la enferma doctrina o en su defecto terminar siendo objetos de la retribución divina al eliminarnos habiendo sido heraldos para otros (1 Co. 9:27) y evitando hacernos maestros muchos de nosotros sabiendo que recibiremos mayor condenación (Stg. 3:1).

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