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Es domingo por la mañana y la alarma sonora señala el comienzo de una batalla muy familiar: tu adolescente te ha hecho saber en términos inequívocos que no quiere ir a la iglesia. Echando hacia atrás las sábanas, te preparas mentalmente para persuadir, regatear, y suplicarle a regañadientes desde la cama al auto, por lo que probablemente será un viaje muy desagradable para el culto dominical.

Feliz día del Señor.

Hebreos 10:24–25 contiene el imperativo de las Escrituras que los padres cansados de la batalla se esfuerzan por defender: “Consideremos cómo estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras, no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca…”. Los cristianos se reúnen como la iglesia para animarse unos a otros en santidad y para proclamar y recordar el poderoso evangelio de Cristo. Salvo o no salvo, tu adolescente necesita el testimonio de la iglesia.

Salvo o no salvo, tu adolescente necesita el testimonio de la iglesia.

La crianza está llena de oportunidades para convencer a tu hija de que haga lo mejor incluso cuando prefiera no hacerlo. De pequeña, la convenciste para que durmiera toda la noche en lugar de divertirse en su cuna. En lugar de una dieta que consistiera exclusivamente en pizza, le diste alternativas saludables. Y todos los días la dejas en la escuela, le guste o no. Los padres ayudan a sus hijos a discernir la buena porción. Si tu resolución necesita un poco de renovación, intenta emplear las tres E.

Empatiza

Proverbios 12:18 dice: “Hay quien habla sin tino como golpes de espada, pero la lengua de los sabios sana”. En lugar de callar a tu adolescente, investiga. ¿Por qué tu adolescente no quiere ir a la iglesia? Pregúntale. Reserva un tiempo para escuchar sus preocupaciones. Cuando te comparta algo, empatiza y ayúdala a procesar sus sentimientos, o encuentra soluciones viables.

Incluso si amas tu iglesia, es probable que haya muchos domingos que te despiertes y no estés de humor para ir. Tal vez estás demasiado cansada y prefieres dormir. Quizá alguien hirió tus sentimientos y prefieres evitar a esa persona. O tal vez necesitas un día para ponerte al día con los quehaceres.

En lugar de avergonzar a tu adolescente por su tentación normal, ayúdala a entender qué hacer con eso. Enséñele a reconocer la tentación y luego a rechazarla a favor del compromiso fiel con el cuerpo de Cristo.

Explica

No todo conflicto termina con empatía. Tal vez tu hija adolescente siga teniendo un fuerte “no” cuando llega el domingo. Puede estar viviendo bajo la impresión de que la iglesia solo es valiosa cuando es agradable o entretenida. Cuando no hace clic con el grupo de jóvenes o no encuentra que su iglesia sea atractiva, puede concluir que es innecesaria. Así como le enseñaste a comer sus verduras y obtener una educación, enséñale eclesiología básica. ¿Por qué es buena y necesaria su participación en el cuerpo de la iglesia?

Los seguidores de Cristo son miembros de su cuerpo (1 Co. 12:27). Cada cristiano es un ladrillo en la casa espiritual de Dios (1 P. 2:5), construidos juntos (Ef. 2:22) sobre el fundamento de su Hijo (1 Co. 3:11). Cuando los creyentes se dedican a la enseñanza bíblica, a la comunión de los creyentes, al partimiento del pan, y a las oraciones de otros santos (Hch. 2:42), Dios aumenta la alegría de ellos y agrega nuevos creyentes a la familia. La iglesia se fortalece. Debido a que Cristo “amó a la iglesia y se entregó por ella para  santificarla” (Ef. 5:25-26), tu hija necesita más que solo asistir. Ella necesita amor por el cuerpo de la iglesia.

Como madre, el entrenamiento comienza contigo (Pr. 22:6). Enséñale a tu adolescente los mandamientos de Dios de que ella debe temerle y guardar sus estatutos todos sus días (Dt. 6:1-3), críala en la disciplina e instrucción del Señor sin provocarle enojo (Ef. 6:4), y extiende la vara y la reprensión que ofrece sabiduría (Pr. 29:15), todo mientras muestras compasión (Sal. 103:13). Este entrenamiento ocurre toda la semana, antes de que comience la iglesia.

Mientras tu adolescente viva bajo tu techo y dependa de tus fondos, ella es tu hija. Éxodo 20:12 la llama a “honrar a [su] padre y madre, para que le vaya bien y pueda vivir mucho tiempo en la tierra”. Ella debe obedecer a sus padres en el Señor, porque esto es correcto (Ef. 6:1). Si bien puede que no le gusten tus métodos, los mandamientos de Dios son para su bien. La sabiduría de Proverbios 23:22, “Escucha a tu padre que te dio la vida”, no es engorrosa, sino una bendición. Tu gentil insistencia en asistir a la iglesia demuestra tu amor (Prov. 13:24).

Exhorta

Si tu adolescente todavía rechaza asistir a la iglesia, intenta exhortarla. El apóstol Pablo describe su ministerio a los tesalonicenses como trabajo de noche y día. Pero él persiste en proclamar el evangelio “como un padre a sus hijos”, exhortando y alentando a cada uno, estimulándolos a caminar “de una manera digna de Dios” (1 Ts. 2:9-12). Trabaja para exhortar y alentar.

La iglesia es la buena provisión de Dios para tu adolescente. Enséñale esta verdad. Dentro de la iglesia encontrará pastores que velan con alegría por su alma (Heb. 13:17), maestros que le impiden desviarse de la fe (1 Ti. 6:21), y testigos fieles que la estimulan a correr la carrera de fe (Heb. 11:2). Ella aprenderá del amor de Dios por su pueblo, su disposición a proveer, y su naturaleza de guardar el pacto. Observará la persecución y la aflicción entre el pueblo de Dios y aprenderá a navegar el sufrimiento junto a Cristo. La iglesia es la provisión generosa del Padre para sus hijos.

Madres y padres, puede ser un trabajo laborioso llevar a tu hijo adolescente a la iglesia. Pero es una inversión digna. Empatizar, explicar, exhortar. No le retengas a tu hija adolescente la disciplina de asistir a la iglesia. Si la haces ir a la iglesia, no morirá (Pr. 23:13).


Publicado originalmente para The Gospel Coalition. Traducido por Patricia Namnún.
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