Recuerdo cuando apenas tenía siete años, cómo mi pastor retó a la congregación a hacer discípulos. Sus palabras sencillas, las cuales partieron de una exposición de Mateo 28:18-20, aún retumban en mi mente décadas después: «Todo discípulo de Cristo debe hacer discípulos».
Pero ¿en qué sentido todos hacemos discípulos? ¿Se puede concluir de esto que también todos somos misioneros?
Aunque algunos afirman que —puesto que todos debemos hacer discípulos— todo creyente es misionero, otros abogan por la precaución para no confundir los términos y sus respectivas definiciones. Personalmente comparto esta postura, pues me parece que la claridad y la precisión son importantes para comprender la misión y la responsabilidad que cada uno debe ejercer en ella.
Entonces, ¿cuál es tu rol en la misión de Dios?
Todos los creyentes tienen un rol en la misión de Dios
Desde principios de la iglesia, añadir a los que serían salvos ha sido responsabilidad de Dios (Hch 2:41-46). Sin embargo, el medio de gracia que Él utiliza para hacer crecer a Su iglesia y a los creyentes es la predicación y la enseñanza del evangelio por medio de Sus hijos. En ese sentido, es vital que cada creyente cumpla su rol didáctico, al caminar con otros creyentes buscando que guarden todo lo que Cristo ha enseñado.
No obstante, considera estas dos distinciones que te pueden ayudar a comprender mejor los diferentes roles de los creyentes en la misión de Dios.
1. La misión involucra a toda la iglesia, pero no a todos de la misma forma.
La iglesia de Jesucristo tiene una misión, es una misión compartida. En ese sentido, la misión es primariamente tarea de la iglesia corporativa, no solo de los creyentes individuales. Sin embargo, esto no excluye que creyentes individuales tengan roles particulares en el avance de esa misión.
El medio de gracia que Dios utiliza para hacer crecer a Su iglesia y a los creyentes es la predicación y la enseñanza del evangelio
Los creyentes podemos ser enviados en diferentes sentidos. En la Biblia a veces se refiere a ser enviados en misión mientras caminamos el camino que Dios nos ha dado a cada uno, es decir, hacemos misión dónde el Señor nos tiene (Hch 8:1, 4). En otro sentido, se refiere a enviar intencionalmente a alguien para hacer un trabajo cristiano centrado en la predicación del evangelio.1
Por ejemplo, no todos están llamados a ser pastores, aunque todos estamos llamados al cuidado unos de otros (1 Ts 5:11). De modo similar, en el Nuevo Testamento, el término griego apóstolos se refiere a personas enviadas, no a todos los creyentes. Todos estamos llamados a compartir el evangelio, pero no todos tenemos el mismo llamado que Billy Graham.
Todos estamos llamados a hacer discípulos y a contribuir al establecimiento de la iglesia, pero no todos tenemos la misma función. No todos seremos plantadores de iglesias.
2. Cada uno tiene una función o llamado.
Si eres un creyente, tienes llamados particulares y dones para ejercer en la iglesia y en la misión de Dios. No somos señores de nuestras vidas; es Dios quien hace, decide y guía el llamado. Pero el llamado no es algo místico ni una experiencia fuera del cuerpo local.
Es vital que cada creyente cumpla su rol didáctico, al caminar con otros creyentes para que guarden todo lo que Cristo ha enseñado
Quienes son guiados por el Espíritu entienden cuándo los está llamando el Espíritu. Algunas de las formas en las que se confirma este llamado incluyen la exposición continua a la Palabra de Dios y el entendimiento bíblico, y un deseo personal constante, no una emoción fugaz. Además, cada vocación cristiana, ya sea temporal o a largo plazo, debe estar motivada por la obediencia a un llamado particular, confirmado y afirmado por la iglesia local.
Estoy convencida de que el llamado misionero es una vocación, no una identidad. Cuando las cosas se ponen difíciles, es el llamado hecho por Dios —en obediencia y por amor a Dios— el que hace que una persona permanezca hasta terminar la tarea y la responsabilidad asignadas por su Señor.
4 consejos para vivir misionalmente
Ahora déjame compartirte cuatro consejos para aumentar tu fervor por la misión que se nos encomendó, sin importar cuál sea tu función dentro de la misión.
1. Medita sobre la naturaleza misional de la iglesia.
Observa desde Génesis hasta Apocalipsis cómo el pueblo de Dios siempre ha llevado consigo la responsabilidad de vivir conociendo a Dios (devoción y adoración), así como el deber de darle a conocer en la manera en que viven en donde Dios les ha colocado.
¿Qué tanto conocen de Dios los que te rodean por cómo vives (no solo por lo que dices creer)? Piensa en cómo esto es una realidad en tu trabajo, en tu vecindario, en el deporte que practicas.
2. Ora.
Oremos por el avance de la misión. Necesitamos orar por el establecimiento de iglesias bíblicas sanas y saludables. Oremos por el liderazgo. Ora para que la iglesia de Jesucristo sea columna y baluarte de la verdad. Ora por la iglesia perseguida.
Estoy convencida de que orar por estos motivos nos ayuda a quitar la vista principalmente de nuestros retos personales y problemas locales, para pensar con mentalidad mundial.
3. Sé generoso.
Plantar iglesias, entrenar líderes y hacer discípulos requiere recursos. Requiere del tiempo y de la disposición sacrificial de personas que renuncian a lo que están acostumbradas, en ocasiones a carreras profesionales y a la familia cercana, para ir a un lugar lejano con el evangelio.
Puede ser que estés llamado a moverte de área, de ciudad o de región. Puede ser que Dios te esté llamando a ir a otro país para servir como parte de un equipo. Pero, aun si no estás llamado a ir, piensa en cómo puedes destinar recursos de dinero, servicio o ambos para que la iglesia sea establecida en todas partes.
4. Congrégate y sirve.
La gran comisión parte de una claridad radical sobre la autoridad de Cristo, la identidad individual y la corporativa. Tengo la convicción personal de que la misión, como fue planeada por Jesús, está relacionada con la formación de iglesias locales, no con hacer discípulos flotantes y miembros desconectados de un cuerpo. Esto último no es saludable. En cada iglesia local, cada miembro de Cristo tiene un rol en la misión. Así que ocúpate en congregarte y servir con tus dones a tu iglesia local como parte de tu aporte a la misión.
Además, la misión provee un sentido claro de que como siervos y enviados se nos concede —al cumplir la comisión— no solo participar en los sufrimientos de Cristo, sino en el gozo puesto delante de Él (He 12:1-3). Así que, hermanos, en sumisión a la autoridad de Cristo y por la salvación que nos confirió, reunámos en la congregación de los santos redimidos y sirvámonos unos a otros.
Vive con “mentalidad de guerra”
Todos los creyentes debemos vivir misionalmente. John Piper llama a esto «mentalidad de guerra». Es vivir reconociendo que esta tierra no es nuestro último hogar, porque no lo es.
Esta mentalidad implica que, desde que nos despertamos y hasta que nos acostamos, meditamos en Dios, en Su gloria, en el conocimiento de Dios, en la transformación que ese conocimiento debe traer en cada momento de nuestras vidas: somos de Él, por Él y para Él.





