Recuerdo la primera vez que alguien coqueteó conmigo.
Tenía unos catorce años y había salido por primera vez con un grupo mixto de amigos. Le estaba contando una historia a mi hermana en voz bastante alta cuando, de repente, un chico adolescente levantó el dedo índice. «Chist», me dijo. «Eres demasiado bonita para hablar». Fue insultante, pero para una adolescente resultó extrañamente halagador. Fue memorable: la primera vez que mi cerebro se inundó con la sustancia adictiva que es la mirada masculina.
Me gustaría poder decir que pronto crecí y maduré hasta alcanzar la sobriedad, dejando atrás las emociones baratas en mi camino hacia la edad adulta. Pero fui a la universidad cuando tenía dieciséis años, y mi apetito carnal por la atención solo creció a medida que se alimentaba. Cuando me convertí al cristianismo, a los veinte años, me costó mucho acabar con los viejos hábitos de interacción con el sexo opuesto.
Durante un tiempo, lo único que sabía hacer era evitar a los hombres solteros. Si alguna vez me encontraba con uno que parecía un «buen partido» —un hombre respetable, trabajador, bueno para matrimonio, con un trabajo y comprometido con la iglesia—, me portaba muy grosera con él. Supongo que no quería parecer desesperada. Quizás te preguntes cómo podía mantener una descortesía tan generalizada, pero era fácil. En aquella época solo había un hombre soltero en nuestra iglesia.
Estimada lectora, me casé con él.
La última parte la digo en serio. Dios fue muy bondadoso al arreglar mi matrimonio con el torpe joven pastor practicante de mi iglesia. Doce años después, a menudo me siento abrumada de gratitud hacia la bondad del Señor, quien me protegió de algo peor que el fango por el que atravesé en mi juventud, y me resguardó en gran medida de las graves consecuencias de mi insensatez con respecto a los hombres. Tengo que admitir que parte de los medios que Dios utilizó para protegerme fue casarme con un hombre piadoso al inicio de mi camino hacia la santificación. Era mejor casarse que quemarse.
Moderación, modestia, dignidad, respeto
Ahora tenemos tres hijas y un hijo. Como muchos padres pueden decirte, gran parte de mis consejos a mis hijos sobre cómo relacionarse con el sexo opuesto comienzan con «No hagas lo que yo hice». Pero al aconsejar a mis hijas y a otras chicas solteras sobre cómo relacionarse con los hombres solteros, me vienen a la mente cuatro principios fundamentales.
1. Demuestra moderación cuando sueñas despierta.
Desperdicié tantos momentos (desde mi adolescencia en adelante) pensando en el romance. Entiendo que esto es normal: las chicas jóvenes sueñan con bodas, encuentros románticos, ese chico de cabello castaño del grupo de jóvenes. Pero ¡ojalá pudiera evitar que ese soñar despiertas se apodere por completo de la productividad de mis hijas en sus años de soltería!
Te recomiendo encarecidamente que disciplines tus fantasías. Si no puedes controlar las divagaciones de tu imaginación cuando eres joven, si dejas que tu mente se pierda por caminos placenteros, te vuelves débil, indisciplinada y susceptible al pecado. Al igual que un joven que se entrega a la lujuria y la pornografía, una joven que se recrea en las comedias románticas y se entrega a enamoramientos sucesivos se vuelve reacia e incapaz de luchar la buena batalla de la piedad con contentamiento. Aunque sus fantasías no sean intrínsecamente impuras y contaminantes para la imaginación, se está apaciguando con la ensoñación en lugar de elegir fortalecer sus músculos espirituales, mentales y emocionales para la vida en el mundo real.
Soñar despiertas es una especie de droga, incluso si parece ser muy inocente. Te hace menos sensible a los placeres de conocer a Dios mismo (Sal 16:11). Como cualquier apetito neutral por algo inocente (como la comida, las pantallas o dormir), puede ser controlado y usado para servir a Dios, la salud y todas las cosas buenas, o puede tomar el control de tu vida y dominarla.
2. Muestra modestia en tu comportamiento.
Las bromas ruidosas y bulliciosas que te convierten en el alma de la fiesta suelen ser divertidas. Vestirte y hablar de manera que atraiga la atención puede ser gratificante. Mirar fijamente a los ojos a un desconocido puede alimentar el ego. Pero estas son emociones baratas. Este tipo de placer te distrae de desarrollar tus habilidades en el trabajo relacional cotidiano, como resolver conflictos, escuchar e interceder por los demás en la oración.
Tu personalidad debe ceder el paso a la sabiduría, y no al revés. Todas las personalidades deben pasar por el filtro de las Escrituras
La otra razón por la que este placer es barato es que le resta valor a tu reputación. No estoy diciendo que debas matar tu personalidad para adoptar otra arbitraria. Algunas de nosotras somos personas alegres. Otras somos tranquilas y contemplativas. Hay espacio para la virtud de la modestia dentro del rango de personalidades que Dios nos ha dado. Pero tu personalidad debe ceder ante la sabiduría, y no al revés. Todas las personalidades deben pasar por el filtro de las Escrituras.
Aunque el comportamiento modesto puede ser difícil de definir, puedes imaginar un comportamiento que te haría reflexionar si lo vieras en una mujer cristiana madura: una mujer que se siente constantemente atraída por los jóvenes de un grupo, riendo y hablando en voz alta. Una mujer que siempre encuentra la manera de darle un toque coqueto a un tema o de desviar la conversación hacia sí misma. Una mujer que dice chismes sobre otras personas que no están presentes. Una mujer que está abierta a enviar mensajes de texto, llamar o interactuar en línea de manera casual con cualquier hombre que se acerque a ella. Una mujer que se viste de manera sexualmente sugerente o que exige atención.
Puede que la reputación de una mujer con estas actitudes no parezca dañada en este momento, pero con el tiempo este tipo de comportamientos perjudicarán su reputación entre las personas sensatas. Un hombre cristiano que busca una vida piadosa con una esposa piadosa guardará esta información en su mente. Él conoce la diferencia entre este tipo de mujer y «las mujeres [que] se [visten] con ropa decorosa, con pudor y modestia […], con buenas obras, como corresponde a las mujeres que profesan la piedad» (1 Ti 2:9-10).
Proverbios advierte que el encanto es engañoso y la belleza es vana (Pr 31:30). Es evidente que hay un tipo de encanto femenino que es encantador, profundo, lento y duradero. Hay otro tipo que es ruidoso, autoindulgente y efímero. Una mujer con visión de futuro entiende que, aunque practicar la modestia con los hombres solteros puede parecer que reduce el impulso de «atraer a una pareja», es un camino mucho mejor.
3. Muestra dignidad al comunicar tus expectativas.
Como persona creada a imagen de Dios, ya tienes dignidad como mujer (Gn 1:27). Cuando actúas desde este conocimiento, no permites que ningún joven que se cruce en tu vida se apropie de tu tiempo y tu atención.
Para muchas mujeres solteras, el miedo a quedarse solteras es muy real. Pero no dejes que el deseo desesperado de casarte te lleve a tolerar comportamientos inmaduros, cortejos perezosos o incluso insinuaciones sexuales por parte de los hombres. Si aceptas la premisa de que estás en una carrera contra el tiempo (o peor aún, contra otras mujeres) para conseguir un hombre, es posible que tú misma te comportes de manera indecorosa para destacar entre la multitud.
Así que, aunque la dignidad de la mujer es un don de Dios, puede verse empañada por una conducta y un trato inmaduros. Pero también puede cultivarse con pequeños actos de autocontrol y prácticas relacionales. Cuando te comportas de manera que demuestras tu dignidad imago-Dei —luchando contra tus pasiones carnales, tomando la iniciativa en amor y servicio a otros, esperando un trato respetuoso y digno por parte de los hombres que conoces— estás haciendo una declaración sobre las intenciones de Dios al crearte.
La dignidad de una mujer puede mantenerse y fortalecerse durante los años de soltería, y Dios tiene mucho que enseñarte si te inclinas a la obediencia
Es cierto que una mujer obtiene gran parte de su sentido de la dignidad a través de sus relaciones cercanas: nuestros padres nos aman y absorbemos dignidad de esto. Nuestras amigas tienen carácter y absorbemos dignidad de esto. Nuestros esposos son piadosos y fieles a nosotras, y absorbemos dignidad de esto. No hay duda de que el anhelo más profundo de una mujer es amar y ser amada, y que, fuera de este conocimiento, su sentido de la dignidad es difícil de generar desde cero.
Aquí solo animaría a las mujeres solteras, especialmente a las que están separadas de su familia, a que se centren en la intimidad con su Padre celestial y luego se lancen a los círculos de su iglesia. Ofrécete a cocinar para las familias, en su casa o en la tuya. Recibe a tus amigos. Supera los conflictos, confiesa tus pecados a los demás, reúnete con mujeres mayores en el Señor y asiste fielmente a las reuniones de la iglesia. Sé que es difícil. Sé que hay una soledad que se puede sentir en los huesos. Pero la dignidad de una mujer puede mantenerse y fortalecerse durante los años de soltería, y Dios tiene mucho que enseñarte si te inclinas a la obediencia mientras eres honesta con Él acerca del dolor.
Pídele a Dios que sea el contrapeso que te permita interactuar con hombres solteros de una manera que demuestre que no estás «disponible para cualquier cosa». Comunica claramente con tu lenguaje corporal, la frecuencia y profundidad de la comunicación, y respuestas explícitas que no estás dispuesta a desperdiciar tu tiempo. Estás disponible para una cierta amistad general con todos los hombres y mujeres de la iglesia, pero no te sumergirás en un contacto frecuente o íntimo sin un propósito claro.
4. Muestra respeto a todos los hombres.
Cuando conversas con un hombre, ya sea casado o soltero, hay muchas maneras de demostrarle respeto sin ponerte a su disposición emocional o físicamente. Si tienes un hermano, puedes imaginar el tipo de voces, expresiones faciales y palabras que lo hacen sentir menospreciado y faltado al respeto, junto con aquellas que lo hacen sentir honrado y estimado: pedirle su opinión y escuchar su respuesta. Reír amablemente con un chiste en lugar de poner los ojos en blanco. Esperar a que él tome una decisión en un asunto menor, lo que le da la oportunidad de practicar algo parecido al liderazgo. Cualquier hombre con el que te encuentres es alguien a quien puedes demostrar algún tipo de respeto.
Cada hombre que ves puede ser amado como portador de la imagen de Dios, tu Padre y, para los hombres creyentes, de Cristo, tu Hermano. Quieres que cada uno de estos hombres se desarrolle y madure. Aunque no eres responsable de ellos de la misma manera que lo serías de tu propio padre, hermano, esposo o hijo, puedes ver a todos los hombres como tipos de padre o tipos de hermano en el Señor, y puedes ser una cálida orientadora para cada hombre en proceso que encuentres. Una mujer digna sabe cómo mostrar un respeto amable y cálido a todos los hombres y, si Dios te llama al matrimonio, esto hará que te resulte más fácil mostrar un respeto, un amor y una sumisión especiales a tu esposo en particular.
Ahora, en el futuro y para siempre
Imagínate en los nuevos cielos y la nueva tierra, soltera, mujer, pero de alguna manera no hecha para la procreación, viviendo en tu cuerpo sin maldición ni mancha de pecado, e imagina a los muchos hermanos y hermanas con los que vas a interactuar allí. Con toda probabilidad, este tipo de relación de honor entre hombres y mujeres continuará en la eternidad.
A través de las prácticas de moderación, modestia, dignidad y respeto, una mujer soltera en la iglesia puede buscar amar bien a los hombres solteros en este momento, mientras anticipa ese día final. Sus años de soltería pueden ser un aroma agradable en el olfato del Señor, una ofrenda que demuestra fe en su Creador, quien también es su Esposo (Is 54:8). Ella se preparará bien para el matrimonio terrenal, si Dios la llama a casarse. Más importante aún, se preparará bien para la cena de las bodas del Cordero (Ap 19:9), el cielo donde los hombres y las mujeres ya no se casan entre sí (Mt 22:30), sino que se presentan juntos «en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante» (Ef 5:27) para la intimidad y la comunión eternas con Cristo.


