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Alegria y tristeza entremezcladas

Todo lo que ocurre en la superficie de este planeta, desde la alegría más profunda hasta la tragedia más indescriptible, es una mezcla de dolor y celebración. Pasamos nuestros días tratando de separar el uno del otro, pero permanecemos desconcertados porque no podemos.

Mi hermano y su esposa recientemente tuvieron su primer hijo, un hermoso niño pequeño con las uñas en miniatura, un hoyuelo en la barbilla, y el pelo rubio aterciopelado que cubre su cabeza como la pelusa de un diente de león. Este bebé ha inundado su matrimonio con enorme alegría, y cualquier persona que los observa puede sentirlo. Mi hermano y su esposa prácticamente irradian su deleite en este nuevo hijo, brillando con su orgullo y afecto por él.

Sin embargo, esta pequeña vida humana en su pequeño hogar requiere su tiempo, sus finanzas y su energía. La dinámica de su relación es alterada de forma permanente. Este bebé los limita en muchos aspectos, y aunque es una fuente de gran celebración, un poco de pérdida se mezcla con esta alegría.

Recuerdo una sensación similar el día que este mismo hermano se casó con su esposa. Yo estaba confundida en medio del duelo que brotaba de mí, convencida de que solo debía sentir felicidad por él. Pero ese día significaba que la familia de seis personas que había conocido toda mi vida tomaría un asiento trasero permanente a su matrimonio, y ese descubrimiento fue una fuente de dolor para mí, a pesar de mi alegría por ellos dos. Hay elementos de tristeza incluso en los momentos más felices, porque los hilos del dolor corren por este mundo roto.

Esperanza inexpresable

Lo contrario también es cierto. La gente a menudo se sorprende cuando en medio de las tragedias más atroces, experimentan momentos extraños de paz, esperanza, e incluso alegría y gratitud. Hace unos meses, el hermano menor de mi amigo murió salvando a su novia de una pared del sótano que se derrumbó, cuando un tornado arrasó el pueblo de Alabama, donde ellos asistían a la universidad. No hay palabras para capturar el dolor que inunda los corazones de aquellos que lo conocieron y amaron, y no voy a tratar de hacerlo. Yo no pude asistir a su funeral en Mississippi, pero algunos amigos y yo nos reunimos unos días más tarde en un apartamento caliente de Manhattan, y allí oramos.

Algunos de nosotros conocíamos al joven y su familia; algunos solo habían oído hablar de él. Pero nosotros derramamos nuestros corazones delante de Dios y de los demás, nuestras palabras se mezclaban con las voces que se movían a lo largo de la acera debajo de la ventana abierta. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas, lágrimas de dolor, confusión, de cansancio por el quebrantamiento del mundo, e ira por la horrenda realidad de la muerte. Sin embargo, a través de las lágrimas, sentí una esperanza inefable de algo casi demasiado hermoso para soportar, y quería llorar aún más en al entenderlo. 

La muerte no tiene la última palabra: Cristo ha conquistado y ha asegurado que un día incluso la muerte morirá. A través de su propia muerte en la cruz, Jesús ha asegurado que nunca seremos condenados a la muerte que merecemos. Él ya ha cargado el peso de nuestros pecados en sus hombros y ha pagado totalmente el precio que yo debí haber pagado. Y a través de su resurrección de entre los muertos, se ha garantizado la victoria final y definitiva de la vida sobre la muerte. Triunfa la justicia sobre la injusticia; la luz escapa del alcance de incluso la más negra oscuridad. Jesús hace nuevas todas las cosas, no solo en nuestro propio corazón, sino en el cosmos como un todo. Él ha prometido que todas las cosas terminarán bien. Celebramos que incluso la tragedia más profunda está sujeta a esta verdad.

Realidades superpuestas

Vivimos entre la superposición de realidades: una quebrantada y otra siendo sanada. La alegría y la tristeza, el dolor y la celebración, no pueden ser encerrados en compartimentos separados. Sin embargo, eso es lo que tratamos de hacer. Si miramos el uno sin el otro significa que solo estamos viendo una parte de la historia completa de este mundo roto en proceso de sanación. Cuando nos fijamos solo en el dolor no somos capaces de ver que Dios está sanando el mundo a través de la obra de Jesús, que está haciendo las cosas bellas y convirtiendo la oscuridad en luz delante de nosotros.

Cuando vivimos solo a la luz de las razones para celebrar, como si la alegría fuera la única realidad, echamos a un lado todos los pensamientos de dolor y nos hacemos ciegos a lo quebrantado en nosotros y en el mundo. Nos olvidamos de lo mucho que hemos sido rescatados, y dejamos de lado el hecho de que todavía necesitamos sanación. Nosotros no debemos sorprendernos cuando encontramos rastros de dolor en la alegría, o belleza en la tristeza, porque esta es la naturaleza de la vida en un mundo quebrantado siendo redimido.  

La cruz es el ejemplo máximo de esta intrincada red de tristeza y alegría. Jesús experimentó el dolor incomprensible, muriendo una muerte espantosa y solitaria para absorber la totalidad de la ira de Dios hacia el mal en nuestro lugar. Este inmenso sufrimiento es lo que lo lleva a su máxima exaltación en Apocalipsis 5:12: “El Cordero que fue inmolado digno es de recibir el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, el honor, la gloria y la alabanza”. De alguna manera, este horripilante y trágico acontecimiento de su crucifixión es la misma cosa que Dios usa para redimir el arco de la historia, reconciliar a los pecadores consigo mismo, y sanar cada aspecto del mundo que Él creó. No fuimos hechos para conocer la muerte o el dolor o la  pérdida, y la cruz garantiza que un día, toda la creación será restaurada a su correcto diseño.  

La muerte y la resurrección de Jesús garantizan esta promesa en Apocalipsis 21:4: “El enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado”. Solo ese día sabremos la realidad para la cual fuimos creados, la realidad de la alegría ya no mezclada con tristeza.  

Publicado originalmente ara The Gospel Coalition. Traducido por Patricia Namnún.
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