Adoración en un mundo de selfies

“¡Increíble! Esta noche, en la adoración, realmente nos encontramos con Dios. El lugar estaba tan lleno de su presencia… fue uno de los momentos de adoración más intensos que he experimentado”.

Este fue un encabezado que apareció hace poco tiempo en mis notificaciones de Instagram.

Despertó mi curiosidad por ver la foto que este estudiante había tomado para conmemorar su experiencia. Nunca hubiera esperado una foto de un joven parado frente a un espejo en su propio baño y con un gesto en su cara como si estuviera confundido. Allí estaba él, un adolescente haciendo cara de pato, mirando fijamente el espejo de su cuarto de baño, con su teléfono en la mano.

Era para mí un misterio qué tenía esto que ver con ese intenso momento de adoración a Jesús.

Este es nuestro mundo

Este es el mundo en el que vivimos: el mundo de las selfies. Un mundo donde la gente toma algo que no se trata de ellos y lo giran en su dirección a través de la lente de su cámara.

Hombres adultos posan con su mejor cara de artista mientras la punta de la impresionante Torre Eiffel sale del costado de sus cabezas, como si fuera un pequeño cuerno de acero asomándose desde el lugar más raro.

Muchachas adolescentes tratan de poner su más linda mirada mientras que una columna de piedra del antiguo e impresionante Coliseo de Roma sirve de telón de fondo, y apenas se puede ver.

No es que estemos viendo el mundo a través de sus ojos, mas bien, estamos viendo cómo sus ojos nos bloquean el mundo.

Tal vez esto solo me importa a mí, pero yo preferiría ver una foto de las Cataratas del Niágara en lugar de una cara que solo me impide observar ese espectáculo. Las Cataratas del Niágara no se tratan de nosotros. Son algo majestuoso. Demanda la pantalla entera de la fotografía, para que los espectadores puedan sentir una muestra de la admiración que produce algo tan grandioso.

Adoración estilo selfie

Esto es exactamente lo mismo que cuando hacemos que la adoración colectiva se trate de nosotros. Nuestros corazones pecaminosos quieren llenar con nuestros rostros el marco entero de la gloria de Dios. Nuestra carne quiere distraernos del infinito valor del Dios santo que nos ha invitado a su presencia, para contemplarlo y ser hechos como Él.

Este tipo de adoración egoísta constantemente intenta infiltrarse en nuestras iglesias, haciendo que valoremos el sentimiento por encima de la sustancia, el alboroto emocional por encima de la salud emocional, o la preferencia musical por encima de la proclamación con significado.

Cuando el contenido de nuestras canciones (y oraciones) está saturado de asuntos y pensamientos egocéntricos, compramos la mentira de que la adoración se trata de nosotros. Para que quede claro, sin duda que nuestros rostros están en el marco de la foto, pero son solo un grano de arena en la playa del vasto océano de la belleza y la santidad de Dios. Centrarse en el grano no solo sería tonto, sino además una locura absoluta.

Adoración centrada en Dios

Cuando nos reunimos como iglesia para la adoración colectiva, le estamos atribuyendo valor al único digno, y elevándolo a ese lugar que solo le pertenece a Él: el trono de nuestros corazones.

Y mientras lo hacemos, Él está con nosotros de una manera muy real. Esta realidad no es tan solo una situación hipotética. Dios está con nosotros. No hay mayor privilegio en la tierra para los miembros de la familia redimida y adoptada de Dios, que estar en su presencia, y adorarle en Espíritu y en verdad, a través de su Hijo.

Y al hacerlo, crecemos y nos animamos unos a otros, recordándole a nuestro propio corazón quién es Dios y lo que ha hecho, y proclamándolo a un mundo que necesita, desesperadamente, verlo por lo que Él es.

Esto no se logra ni cantando sobre nosotros mismos ni obsesionándonos con nuestros sentimientos preferidos.

Él debe crecer

Si vamos a aprender a adorar en un mundo selfie, debemos mirar continuamente más allá de nuestras preferencias musicales, anhelos sentimentales, o el idealismo reinante, para poder observar con asombro y admiración al carácter, y a las acciones, de nuestro poderoso Rey y Salvador.

Debemos saturar nuestros servicios y nuestras canciones con su Palabra, y debemos maravillarnos de su sabiduría, voluntad, riqueza, obras, y caminos. Él es el Dios que creó los planetas y las estrellas, y los sostiene todos en sus manos. Hizo electrones y protones, átomos y elementos, la gravedad y la inercia. Todo lo creado ha sido creado por Él, y para Él, y antes de que siquiera fueran establecidos los cimientos de su creación, ya había escogido redimirnos y adoptarnos en Cristo. Esto es algo demasiado impresionante como para querer empequeñecerlo con mi egocentrismo.

Espero que resistamos la tentación de llenar el marco con nuestra cara, y que en cambio, llenemos nuestras mentes con su gloria eterna, y nunca dejemos de repetir lo dicho en Juan 3:30,

Él debe crecer. Yo debo menguar.

Él debe crecer. Yo debo menguar.

Él debe crecer. Yo debo menguar.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Juan Manuel López Palacios.
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