Soy adicto al entretenimiento. ¿Qué hago?

Nota del editor: 

El pastor John Piper recibe preguntas en su programa: Ask Pastor John. A continuación su respuesta a una de esas preguntas.

“Hola, pastor John, mi nombre es César, y escribo desde Perú. En las últimas tres semanas me ha preocupado la siguiente situación: no puedo romper mi adicción al entretenimiento. Estoy convencido de que las emociones del entretenimiento son de corta duración y no se comparan con los placeres que se encuentran en una vida profunda de comunión con Dios. Pero puedo jugar un videojuego durante tres horas y sentir mi vacío y mi insatisfacción, y al día siguiente mi deseo de más entretenimiento se renueva, y esto se ha convertido en un círculo horrible y vicioso. Estoy muy estresado con esta situación. Quiero crecer espiritualmente. No quiero desperdiciar mi vida en tonterías”.

Mientras oraba por César y sobre lo que podría decirle, lo que me parecía bueno hacer es tomar tres de sus declaraciones y mostrar que no son exactas. Suena un poco brusco, pero dame la oportunidad de explicarme. Una de esas declaraciones nos abrirá el camino hacia adelante.

Puedes detenerte

Primero, dice: “No puedo romper mi adicción al entretenimiento”. No, César, eso no es cierto.

Puedes dejar de jugar tres horas al día. Puedes dejar de perder tu tiempo. Al etiquetar este hábito como una adicción, es posible que te des un pase parcial. Lo que pienses que significa adicción, probablemente no sea lo que piensas que es. Cuando pierdes tres horas de tu preciosa vida jugando un videojuego una y otra vez, esto no es algo que no puedas dejar de hacer.

Déjame ilustrarlo. Si un hombre se acercara a ti mientras juegas videojuegos y enciende un soplete y te dice: “Si no dejas de jugar este videojuego, te quemaré los ojos con este soplete”, te detendrías, es un hecho. Por supuesto que lo harías. Es ridículo decir que no puedes parar. ¡Puedes hacerlo!

Pongámoslo de forma positiva. Si un hombre se acerca con un millón de dólares en efectivo y te convence de que ese dinero es de él y se lo dará a quien quiera, y te lo ofrece todo si simplemente dejas de jugar ese juego, es ridículo decir que no te detendrías. Te detendrías. Por supuesto que lo harías.

No estás atado a ese juego. Puedes detenerte. Puedes alejarte. Te lo prometo. Con un soplete en la cara o un millón de dólares en el bolsillo, sería fácil. El miedo al dolor, o el placer del dinero reemplazarían instantáneamente tus deseos por jugar. Esa es mi primera reserva de lo que dijiste.

No estás convencido

Segundo, César, dices: “Estoy convencido de que las emociones del entretenimiento son de corta duración y no se comparan con el placer que existe en una vida profunda de comunión con Dios”. No, César, no estás convencido de ello. Dices que lo estás, pero son meras palabras.

Jesús enseña que la gente dice muchas cosas, siente muchas cosas, piensa muchas cosas, pero la prueba decisiva es el fruto.

Jesús dijo: “Por sus frutos los conocerán” (Mt. 7:16). Lo esencial que dice aquí Jesús es que la gente dice muchas cosas, siente muchas cosas, piensa muchas cosas, pero la prueba decisiva es el fruto. “¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los cardos?” (Mt. 7:16). Entonces, tres horas en un videojuego día tras día, desperdiciando tu preciosa vida, no es fruto de estar convencido de que la comunión con Jesús es mejor. No lo es.

Lo estás poniendo en el trono

Tercero, dices: “Puedo jugar un videojuego durante tres horas, y luego siento mi vacío y mi insatisfacción, pero al día siguiente mi deseo de más entretenimiento se renueva”. Bueno, en realidad, César, la palabra renovar en este caso no es exacta.

No se renueva tu deseo, más bien, lo pones en el trono de nuevo. Toma lugar como el rey de tu voluntad. Significa que tú tomas asiento pasivamente a sus pies, y cumples sus órdenes como esclavo. Así es como Pablo lo describe en Romanos 6:12: “No reine [es decir, que sea rey] el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias”. Lo obedeces como un esclavo.

Palabras duras

Ahora bien, puedes preguntarte, y supongo que algunos lo harán: “¿Por qué estás siendo tan duro con César? ¡Escribió pidiendo ayuda, por el amor de Dios! ¡No lo golpees!”.

No estoy golpeando a César. Le estoy mostrando que está siendo golpeado por estos placeres insignificantes llamados videojuegos. Estos videojuegos insignificantes, que no cuentan, de baja calidad, y derrochadores, lo golpean, lo engañan, y lo convierten en un lacayo y esclavo.

Estoy tratando de dar voz a las palabras de Jesús en Mateo 5:28. Déjame solo parafrasear. Reconocerás las palabras. “Te digo que todos los que se dejan atrapar por la seducción de un videojuego cometen adulterio con ese juego en su corazón. Si un videojuego hace pecar a tu ojo derecho, arráncalo y tíralo. Porque te es mejor perder uno de tus miembros, que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha se queda pegada a los videojuegos, córtala y quémala con un soplete. Porque es mejor que pierdas uno de tus miembros que todo tu cuerpo sea arrojado en el infierno”.

Así habla Jesús sobre sopletes en la cara.

Un regalo millonario

La recompensa de Jesús es mejor que cualquier otra cosa.

César, cuando dices (aquí está la frase que me gusta): “Estoy muy estresado con esta situación. Quiero crecer espiritualmente. No quiero desperdiciar mi vida en tonterías”, te creo. Te creo. Hay una verdadera batalla en tu alma, como en todas nuestras almas. Me alegro de que te sientas estresado por esta situación. Esa es una muy buena señal.

Aquí está mi consejo: arráncate el ojo y córtate la mano. Es decir, deshazte de todas las aplicaciones que te absorben y te hacen esclavo. Arráncalas de tu teléfono. Córtalas de inmediato. Quiero decir, lo de arrancarte el ojo se aplica para tus dispositivos. Di con Pablo en 1 Corintios 7:23: “Mi cuerpo no es mío. He sido comprado con un precio: la sangre de Jesús. No seré esclavizado a nadie más. Él es mi Maestro”.

Luego, aléjate de esos juegos y recibe el regalo de un millón de dólares de Jesús. ¡No, no, no, me equivoco, me quedé corto! Miles de millones, miles de millones, y miles de millones de dólares en recompensa. Su recompensa es mejor que cualquier otra cosa.


Publicado originalmente en Desiring God. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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