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Solo hay dos opciones cuando se trata del conocimiento de un Creador divino: la revelación o la especulación. O Él habla, o nosotros adivinamos.

Y Él ha hablado. El Dios del cielo y de la tierra ha “renunciado a su propia privacidad personal” para revelarse a nosotros —para hacerse amigo de nosotros— a través de un libro. La Escritura es como un pase de acceso total a la mente revelada y a la voluntad de Dios.

Desde cualquier punto de vista, la Biblia es el libro más influyente de todos los tiempos. No se ha escatimado tinta en escritos al respecto, ya sea a favor o en contra.

En Antes de abrir tu Biblia, hablé de varias posturas del corazón para acercarnos a la Palabra de Dios. Pero, ¿qué afirmaciones hace sobre sí misma? Aquí hay ocho.

1. La Biblia es inspirada

Cuando los cristianos afirman que la Escritura es “inspirada”, ¿qué quieren decir? La inspiración se refiere a la relación entre Dios y los autores de la Biblia. Estos hombres no fueron inspirados en la forma en que típicamente usamos la palabra hoy; no es como si el apóstol Pablo viera una hermosa puesta de sol y luego escribiera Gálatas. Tampoco significa que entraría en algún estado catatónico, recitaría un montón de palabras a un amigo, luego tomaría el pergamino y dijera: “¡Veamos lo que Dios escribió!”.

Ante todo, la inspiración tiene que ver con el hecho de que el autor supremo de la Biblia es Dios.

“Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra”, 2 Timoteo 3:16-17.

La totalidad de la Biblia es “inspirada por Dios”, exhalada por Dios. No es de extrañar que se le refiera comúnmente como la Palabra de Dios.

Sin embargo, si Dios es su autor, entonces, ¿qué estaban haciendo Moisés, David, Pablo, Juan, y todos los demás? ¿No estaban ellos escribiendo también las Sagrada Escrituras? Exactamente. La Biblia fue escrita por Dios y por humanos o, más precisamente, por Dios a través de los humanos. El apóstol Pedro lo explica de esta manera:

“Pero ante todo sepan esto, que ninguna profecía de la Escritura es asunto de interpretación personal, pues ninguna profecía fue dada jamás por un acto de voluntad humana, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios”,  2 Pedro 1:20-21.

En otras palabras, Dios se aseguró de que los autores humanos escribieran exactamente lo que Él quería que escribieran, nada más ni nada menos.

Sin embargo, estos autores no eran robots pasivos. Dios no borró sus personalidades ni se apoderó de sus mentes. Escribieron como seres humanos que piensan y sienten. Dios trabajó a través de sus personalidades únicas, educaciones, antecedentes, y experiencias, para capacitarlos, para inspirarlos, a escribir la verdad divina.

2. La Biblia es verdad

La Palabra de Dios es verdadera porque el carácter de Dios es verdadero. Él no es un mentiroso; el Dios de verdad no puede decir palabras falsas. Dudar de la veracidad de la Palabra de Dios es dudar de la veracidad de Dios mismo.

Algunas personas piensan que si bien los conceptos “espirituales” de la Biblia son lo suficientemente verdaderos, gran parte del otro contenido (por ejemplo, detalles históricos o geográficos) probablemente no lo sea. Pero esta suposición es falsa, porque la Escritura no hace “ninguna restricción sobre los tipos de temas de los que habla con veracidad”. Además, si la Biblia no es totalmente confiable en cada punto, ¿cómo podemos estar seguros de que es totalmente confiable en cualquiera de ellos?

Si la Biblia no es totalmente confiable en cada punto, ¿cómo podemos estar seguros de que es totalmente confiable en cualquiera de ellos?

Mirando en la misma Escritura, encontramos numerosas afirmaciones sobre su veracidad total (por ejemplo, Sal. 12:6; 19:7-9; 119:160; Pr. 30:5-6; Jn. 10:35; 17:17). Cada palabra es descrita como perfecta (Sal. 12:6; Pr. 30:5), eterna (Sal. 119:89; Is. 40:8; Mt. 24:35), inquebrantable (Jn. 10:35), ilimitada en perfección (Sal. 119:96), y completamente confiable (2 P. 1:19). Jesús lo afirmó concisamente: “Tu palabra es verdad” (Jn. 17:17). La veracidad de las Escrituras es asumida de manera tan completa, de hecho, que argumentos enteros pueden depender de apelaciones a una sola palabra (Mt. 22:45), el número de un sustantivo (Gá. 3:16), incluso el tiempo de un verbo (Mt. 22:32).

Cuando se interpreta correctamente, la Biblia nunca te engañará. Lo que dice, Dios dice.

3. La Biblia es autoritaria

Dios es dueño del universo que Él verbalizó a existencia. Y su autoridad amorosa, destinada para nuestro bien, se ejerce a través de su Palabra. De hecho, Dios se ha identificado de tal manera con las Escrituras que no creer o desobedecerla es no creer o desobedecerle a Él

Es cierto, la Biblia no es la única autoridad. Hay otras autoridades legítimas como: padres (Ef. 6:1-2), pastores (Heb. 13:17; 1 P. 5:5), y funcionarios del gobierno (Ro. 13:1-7; 1 P. 2:13-14). Ninguno, sin embargo, está por encima de la Palabra de Dios. La Biblia es la corte suprema. Esto significa que la exactitud de cada creencia, valor, opinión, declaración, y sermón se resuelve finalmente con la pregunta: ¿qué dice la Biblia? Jesús mismo apeló “a cada parte de la Escritura, y a cada elemento de la Escritura, como a una autoridad irreprochable”.

La sumisión a la Palabra de Dios es donde se encuentra la verdadera vida y libertad

Los reyes no dan consejos, dan órdenes. La obediencia a la Palabra de Dios, por lo tanto, no es opcional. “Sean hacedores de la palabra y no solamente oidores que se engañan a sí mismos”, dice el apóstol Santiago. “Haz lo que dice” (Stg. 1:22).

Como dijo J. C. Ryle: “¡Feliz es el hombre que tiene una Biblia! ¡Más feliz es quién la escudriña! Pero, el más feliz de todos es el que después de escudriñarla, la obedece”. Aunque pueda apreciarse como algo contracultural y contradictorio, la sumisión a la Palabra de Dios es donde se encuentra la verdadera vida y libertad.

4. La Biblia es clara

La Biblia es un documento antiguo. Puede sentirse extraña. Algunas partes son confusas (2 P. 3:16). Sin embargo, la Biblia es bastante clara. Como dice el salmista: “La exposición de Tus palabras imparte luz; da entendimiento a los sencillos” (Sal. 119:130). Dios manda a los padres que enseñen la Biblia a sus hijos (Dt. 6:6-7).

He oído decir que la Escritura es lo suficientemente superficial como para que un niño camine sobre ella, pero lo suficientemente profunda como para que un elefante pueda nadar. Creo que eso es profundamente correcto.

A veces la Escritura es difícil de entender porque habla de cosas complicadas. A menudo, sin embargo, es difícil de entender porque simplemente no nos gusta lo que dice. Como Mark Twain bromeó: “No son las partes que no puedo entender de la Biblia las que me molestan; son aquellas partes que sí entiendo”. A menudo no es que la Biblia no sea clara, sino que no somos receptivos.

5. La Biblia es suficiente

La Escritura contiene todas las palabras de Dios que necesitamos para conocerlo verdaderamente, confiar en Él plenamente, obedecerlo perfectamente, y disfrutarlo abundantemente. Pedro dice que Dios nos ha dado “todo cuanto concierne a la vida y a la piedad” a través del conocimiento disponible en las Escrituras (2 P. 1:3). Del mismo modo, dice Pablo, la Biblia es tan completa que a través de ella podemos estar “enteramente preparado para toda buena obra”; “enteramente” y “toda”, no “parcialmente” y “la mayoría” (2 T. 3:16-17 RV60). No puede ser más completa de ahí.

Aunque la Biblia no nos dice todo lo que queremos saber, sí nos dice todo lo que necesitamos saber. Su verdad no es exhaustiva, pero es suficiente (Dt. 29:29; Pr. 25:2). Contiene todo lo que necesitamos saber para ser salvos (2 Ti. 3:15; Stg. 1:18, 21; 1 P. 1:23) y para obedecer a Dios en fe (2 Ti. 3:16; 2 P. 1:3-4). No es de extrañar que advertencias severas acompañen el agregar o quitar cualquiera de sus palabras (Dt. 4:2, 12:32; Pr. 30:5-6).

“Se puede argumentar que toda corrupción del cristianismo bíblico comienza comprometiendo el principio de la suficiencia [de las Escrituras]”, observó un autor. “Toda desviación del cristianismo establecida por Cristo y los apóstoles comienza al agregar a la Biblia o al quitar de ella. Cada desviación es la Biblia más o menos algo”.

6. La Biblia es poderosa

La Escritura contiene todas las palabras de Dios que necesitamos para conocerlo verdaderamente, confiar en Él plenamente, obedecerlo perfectamente, y disfrutarlo abundantemente

Puesto que el autor supremo de la Biblia es Dios, es un libro de poder sin igual. Sus palabras son lo suficientemente fuertes como para derretir corazones (Jer. 23:29) y cambiar vidas (Jn. 17:17; cf. Ro. 1:16; 1 Ts. 1:4-5). El libro de Hebreos dice:

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón”, Hebreos 4:12.

Decir que la Biblia es poderosa es otra manera de decir que es efectiva. El Espíritu Santo la usa para cumplir sus planes (Is. 55:10-11). El libro es un instrumento de acción en la mano todopoderosa de Dios.

Es importante darse cuenta de que Dios tiene la intención no solo de ocupar nuestras mentes con su Palabra, sino también de cambiar nuestros corazones. Como dijo una persona: “La Biblia no fue escrita para satisfacer tu curiosidad; fue escrita para transformar tu vida”. 

7. La Biblia está centrada en Cristo

Contrario a la creencia popular, la Biblia no es simplemente una colección de principios éticos, tópicos morales, o lecciones abstractas de la vida. Es una historia emocionante.

Y la historia no es en última instancia sobre ti y sobre mí. En Lucas 24, el Salvador resucitado aparece a dos seguidores en el camino a Emaús. Lucas cuenta lo que pasó:

“¡Entonces Jesús les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y entrara en Su gloria?’. Comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras”, Lucas 24:25-27.

Más tarde, después de aparecer a sus 11 discípulos, Jesús les dice:

“‘Esto es lo que Yo les decía cuando todavía estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre Mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los Salmos’. Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras”, Lucas 24:44-45.

Sin embargo, no fue únicamente después de su resurrección que Jesús habló de esta manera. Durante su ministerio terrenal, explicó a los “expertos de la Biblia” de la época su lugar central en la gran historia:

“Ustedes examinan las Escrituras porque piensan tener en ellas la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio de Mí! Pero ustedes no quieren venir a Mí para que tengan esa vida… Porque si creyeran a Moisés, me creerían a Mí, porque de Mí escribió él”, Juan 5:39-40, 46.

Se ha dicho con razón que el Antiguo Testamento es “Jesucristo oculto”, y el Nuevo Testamento es “Jesucristo revelado”. De principio a fin, desde Génesis a Apocalipsis, la trama de la Escritura anticipa, pone de relieve, y encuentra su resolución final en el Hijo redentor de Dios. Y quizás lo más impresionante de esta historia es que el personaje central nos ama.

8. La Biblia es preciosa

La Biblia es el tesoro más valioso del universo. Es nuestro alimento (Jer. 15:16), nuestra vida (Dt. 32:46-47), nuestro consuelo (Sal. 119:50), nuestra fuerza (Sal. 119:28), nuestra guía (Sal. 119:105), nuestro deseo (Sal. 119:20), nuestra esperanza (Sal. 130:5), nuestro amor (Sal. 119:97), nuestro gozo (Jn. 15:11), y nuestro tesoro (Sal. 119:72).

¿Sabías que aún Levítico, Crónicas, y Abdías fueron escritos para animarte?

“Porque todo lo que fue escrito en tiempos pasados, para nuestra enseñanza se escribió, a fin de que por medio de la paciencia y del consuelo de las Escrituras tengamos esperanza”, Romanos 15:4.

Todo. Pablo va tan lejos como para afirmar que todo el Antiguo Testamento fue escrito para ti: para instruirte, para animarte, para ayudarte a soportar, y para inundar tu corazón de esperanza.

Y aunque debemos evitar la “bibliolatría”, atesorar la Escritura más que su Autor, es sorprendente notar cuán inseparablemente conectada está la Palabra de Dios con Dios mismo (Sal. 56:4; 119:48). De hecho, abandonar la Palabra es abandonar a Dios. Hasta que Jesús regrese y nuestra fe se convierta en vista, debemos vivir en la “era del oído”. “Por ahora”, dijo Agustín, “trata la Escritura de Dios como el rostro de Dios. Derrítete en su presencia”. O como dijo un gran predicador: “Para mí la Biblia no es Dios, sino la voz de Dios, y no la escucho sin asombro”.

La Biblia es un baúl sin fondo de tesoros de belleza y maravilla. Afirma ser inspirada, verdadera, autoritaria, clara, suficiente, poderosa, centrada en Cristo, y preciosa. Que Dios nos ayude a tratarla como tal.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Diana Rodríguez Alcántara.
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