5 reflexiones sobre “Los magnates de Dios”

El pasado domingo 2 de diciembre, el mundo evangélico se vio conmocionado por el reportaje “Los magnates de Dios”, emitido por el programa Aquí y Ahora de la cadena Univisión.

El programa recoge una extensa investigación acerca de dos conocidos líderes religiosos en Latinoamérica y el lujoso estilo de vida que llevan junto a sus familias: Carlos Luna y María Luisa Piraquive. El primero es el líder de la iglesia “Casa de Dios” en Guatemala, y la segunda encabeza la “Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional” en Colombia.

Los reporteros entrevistaron a personas que incluso hablaron de un nexo entre el señor Luna y una conocida narcotraficante. El predicador guatemalteco negó las acusaciones por medio de su iglesia, y se puso a disposición de las autoridades. Además, en el reportaje se habla de una acusación contra la señora Piraquive por lavado de activos y enriquecimiento ilícito.

Han pasado ya unos días de esto. El polvo ya asentó, al menos un poco, y por eso quiero compartir algunas reflexiones al respecto.

1. Miremos más allá de Univisión.

Cuando Pablo presenta los requisitos para los candidatos al pastorado, primeramente dice que el obispo debe ser “irreprensible” (Tit. 1:6), y luego pasa a desarrollar las características que debería tener. Lo que el apóstol enseña es que la iglesia local debe evaluar al candidato y juzgar si reúne los requisitos y el carácter necesario para el oficio pastoral.

Sin embargo, estas cualidades deben ser observadas durante toda la vida. Estas virtudes deben estar presentes en los líderes mientras ejercen su llamado, y la iglesia debe asegurarse de ello. Los pastores estamos todo el tiempo bajo el escrutinio de Dios, y esto se lleva a cabo por medio de su iglesia.

La iglesia de Jesucristo debe evaluar los frutos de un predicador, y no la prensa ni el mundo.

En otras palabras, es la iglesia de Jesucristo la que debe evaluar los frutos de un predicador, y no la prensa ni el mundo. Más allá de las denuncias de Univisión o del resultado final de las investigaciones, somos los cristianos los que estamos llamados a juzgar el carácter de los predicadores. Por eso, en cierto sentido, si Cash Luna o Maria Luisa Piraquive son culpables o inocentes respecto a los cargos, eso no es lo más importante.

Los creyentes somos llamados a evaluar la integridad, el carácter, y también las enseñanzas de un líder. Es decir, debemos evaluar sus frutos. Cuando Jesús dijo: “Por sus frutos los conocerán” (Mt. 7:16), se refería principalmente a los falsos maestros. Ellos siempre serán un peligro para el pueblo de Dios. Lo más importante es lo que dice la Palabra respecto a la legitimidad de un predicador, y no lo que diga un juez o, en este caso, un canal de televisión.

Debemos evaluar esos frutos en dos aspectos: la enseñanza del predicador y el carácter del predicador. En las Escrituras se nos dice que el pastor debe usar bien la Palabra de verdad (2 Ti. 2:15) y debe ser irreprensible (1 Ti. 3:2). Estos son los dos criterios por los que debemos evaluar y juzgar a los predicadores. Creo que es evidente que tanto Luna como Piraquive reprueban en ambas materias.

2. El testimonio de la iglesia queda afectado.

Lo más lamentable de todo esto, al margen de lo que digan la prensa y los jueces, es que el testimonio de la iglesia queda manchado, porque los incrédulos no conocen de sana doctrina ni de error bíblico. Para ellos, no hay diferencia entre un falso maestro y un predicador piadoso. El mundo no distingue entre una iglesia sana y una que no lo es, y mucho menos conocen la diferencia entre un verdadero creyente y uno falso. El mundo incrédulo tristemente nos pone a todos los evangélicos en el mismo costal. Es difícil convencerlos de lo contrario.

Por un lado, están los ministros fieles, que predican a un Salvador humilde, que no tenía dónde recostar la cabeza, y que nos llama a renunciar a todo por Él. Por otro lado, están los predicadores de la prosperidad, muchos de ellos con ínfulas de grandeza y espíritu vanaglorioso. Ellos prometen a sus seguidores riquezas, los llaman a perseguir la “vida próspera” al enseñar que la abundancia material es señal del favor de Dios, y que la pobreza es evidencia de desaprobación divina. Pero este discurso no cae en saco roto, pues muchos creyentes de esa predicación, movidos por su propia codicia y llevados por arranques de ingenuidad, se despojan de sus bienes para llenar los bolsillos de estos falsos evangelistas.

Este es el lado que le interesa a la prensa. Esta es la cara de la iglesia que el mundo conoce. Es cierto: el hombre no se acerca a Dios porque está ciego y ama su pecado (Jn. 3:19-21), pero lo que no podemos negar es que hay un impacto negativo causado por las vidas lujosas y el enriquecimiento de los predicadores de la prosperidad. Los magnates y sus seguidores hacen que el testimonio de la iglesia quede afectado.

3. Los cristianos debemos aprender a discrepar.

No deja de sorprenderme la postura de muchos creyentes cuando sus predicadores favoritos son cuestionados o acusados de ser falsos maestros. En la mayoría de los casos los defienden a capa y espada sin siquiera considerar los argumentos que se esgrimen. Creo que lo más responsable y piadoso sería escuchar los argumentos o acusaciones, y a partir de allí bosquejar una defensa, de ser necesaria.

Debemos cuidarnos de una actitud indiferente, desconfiada, y crítica hacia la iglesia de Cristo.

Me entristece cuando veo a creyentes agrediéndose y faltándose el respeto, especialmente en las redes sociales, cuando se habla de estas cosas. No hay nada malo en tener diferentes opiniones en algunos temas, y hasta exponer nuestras posiciones e ideas, pero esto debe hacerse en una atmósfera de respeto y mansedumbre (1 P. 3:15).

Los creyentes debemos aprender a discrepar. Debemos procurar ser racionales, responsables, y objetivos en estas circunstancias. Debemos evitar el capricho, la irracionalidad, y la obstinación. Tenemos la Palabra de Dios que nos ilumina, tenemos al Espíritu Santo quien produce la mansedumbre, y tenemos el ejemplo de un Salvador que no respondió con maldición cuando fue cuestionado (1 P. 2:23).

4. La iglesia sigue siendo de Cristo.

Los cristianos desilusionados ––y los perezosos— usarán estas cosas para legitimar su falta de compromiso con una iglesia local. Muchos de los que no se unen a una iglesia siempre encontrarán excusas para desobedecer algo que la Biblia enseña con claridad (He. 10:25). Insinuar que todas las congregaciones son corruptas para legitimar nuestra resistencia a formar parte de una comunidad no glorifica a Dios, y más aún, es como afirmar que Cristo ha fracasado en su propósito de edificar su iglesia (Mt. 16:18).

Debemos cuidarnos de una actitud indiferente, desconfiada, y crítica hacia la iglesia de Cristo. Él se identifica tanto con ella que la llama su cuerpo y su esposa (Ef. 5:23-25). Él la compró con su propia sangre (Hch. 20:28), la ama y la sustenta (Ef. 5:25-29), y la está edificando (Mt. 16:18). Una actitud hostil hacia la iglesia es una ofensa contra Jesucristo, quien está comprometido con santificarla. Él volverá por ella un día, como un novio por su novia, para llevarla con él para siempre (1 Ts. 4:17).

Cuando el testimonio de la iglesia sufre, debemos tener presente que la iglesia sigue siendo de Cristo, amada y edificada por Él.

Por eso, cuando el testimonio de la iglesia sufre, debemos tener presente que la iglesia sigue siendo de Cristo, amada y edificada por Él.

5. Los pastores honestos y las iglesias sanas también existen.

Si lees esto y eres un cristiano decepcionado con los predicadores de la prosperidad y con la iglesia, déjame recordarte que nada de esto es nuevo. El pueblo de Dios siempre ha estado expuesto a falsas enseñanzas y falsos maestros. Siempre debemos guardarnos de ellos, hasta que Cristo vuelva. Por eso el mismo apóstol Pedro decía:

“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado, y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme”, 2 Pedro 2:1-3.

¡Pero no todo son malas noticias! Por la gracia de Dios, Él siempre conserva a un remanente fiel. Eso fue lo que el Señor dijo a Elías, quien pensó que los verdaderos profetas y creyentes se habían acabado (1 R. 19:14, 18).

Hay pastores sanos que no serán conocidos en las redes sociales o en la televisión (eso es lo de menos), pero son hombres santos, humildes, fieles a sus esposas, no codiciosos de ganancias deshonestas. Son sobrios, prudentes, de conducta decorosa, hospitalarios, no pendencieros, sino amables, no contenciosos, no avariciosos. Ellos también gozan de una buena reputación entre los incrédulos (1 Ti. 3:2-5). Son pastores que reflejan el carácter piadoso de Cristo y alimentan a su rebaño con los pastos verdes de la sana enseñanza. Los pastores fieles y las iglesias sanas también existen. Y van en aumento.

Si queremos que el evangelio de la prosperidad no siga proliferando, debemos comprometernos más con la predicación del verdadero evangelio.

Soy testigo de esto aquí en el sur de la Florida, donde vivo. Esto también es evidente en el resto del mundo hispanohablante. Incluso, esta semana, Coalición por el Evangelio renovó su directorio de iglesias, donde puedes conseguir información de iglesias sanas en distintas partes del mundo.

Un llamado para todos

Quisiera terminar con algunas exhortaciones que servirán para despertarnos en varios aspectos:

Seamos más celosos en nuestra evangelización. Si queremos que el evangelio de la prosperidad no siga proliferando, debemos comprometernos más con la predicación del verdadero evangelio. En gran medida, las iglesias de la prosperidad han logrado propagar su mensaje porque suelen ser más diligentes en la gran comisión (como ellos la entienden). No nos quedemos encerrados en las paredes de nuestras iglesias sanas. Salgamos del edificio, y llevemos la medicina del rico evangelio para sanar la enfermedad de este mundo caído.

Guardémonos de la codicia. Jesús dijo que el engaño de las riquezas y la codicia ahogan la Palabra en nosotros (Mr. 4:19). La codicia siempre será un peligro para nuestros corazones. Por eso el Señor advirtió de esto a su pueblo en los diez mandamientos cuando dijo: “No codiciarás” (Éx. 20:17). No pensemos que estamos inmunes frente a esa vil inclinación. Los que denunciamos la codicia, debemos también guardarnos de ella.

Mostremos el carácter de Cristo donde sea que estemos. Es cierto que los falsos maestros le dan un mal nombre al evangelio, pero no debemos evadir nuestra responsabilidad de ser sal y luz (Mt. 5:13-16). No subestimemos el poder de una conducta íntegra delante de los hombres. Ella sirve como testimonio del evangelio que predicamos. La piedad que exhibimos delante de jefes, compañeros de trabajo, compañeros de escuelas, vecinos, y familiares inconversos, es la muestra irrefutable del poder transformador del verdadero evangelio.

Sigamos orando. Oremos para que Dios guarde y sacuda a su iglesia. Oremos por un avivamiento de la verdad, como sucedió en el siglo XVI en Europa con la Reforma Protestante.

Escribo todas estas cosas con dolor en mi corazón, pues tengo muchos amigos que todavía son parte de iglesias falsas. Incluso tengo familiares que siguen a falsos maestros y son parte del evangelio de la prosperidad. Por eso expreso esto.

Tengo una gran carga por un pueblo de verdaderos creyentes que todavía están en las tinieblas del error. Mi oración y deseo es que Dios siga despertando a su verdadera iglesia, incluso aquella que se encuentra ciega y dormida dentro de las falsas iglesias.


Imagen: Lightstock.
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