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Recientemente, Alex Malarkey, co-autor de El niño que volvió del Cielo, confesó públicamente que su historia es una mentira. Él y su madre ya lo habían confesado hace algún tiempo, pero pocos se dieron cuenta hasta la semana pasada.

Su admisión me dejó preguntándome por qué el turismo celestial recibe tanta atención. Los cristianos podríamos obsesionarnos menos con el Cielo si entendiéramos mejor cuatro cosas.

1. No estábamos supuestos a ir al Cielo.

Dios creó a Adán y Eva para vivir en el planeta Tierra. Génesis 2:7 dice: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra…”. La palabra hebrea para el hombre es ’ādām, y la palabra para tierra es ’ādāmâ. Dios quiso enfatizar nuestra conexión con la tierra, así que dijo que nuestro nombre es tierra. Si esto es cierto, entonces un buen nombre teológicamente para tu hijo es “Arcilla”. O “Polvoriento”. Si tienes una niña, prueba con “Arenosa”. Dios nos hizo del polvo de este mundo. ¡Somos terrícolas!

Podemos suponer que si Adán hubiera tenido éxito en el jardín, Dios se habría adelantado hasta el final de la historia y habría venido a vivir permanentemente con nosotros (Ap. 21:1-3). Adán y Eva hubieron seguido viviendo aquí, porque no habría ninguna razón para ir a otro lugar. Pero Adán se rebeló, y trajo el pecado y la muerte de la raza humana.

¿Qué sucede cuando la gente muere? Sus cuerpos y almas son arrancados de manera antinatural; sus cuerpos se quedan aquí mientras sus almas van al Cielo o al infierno. Gloria a Dios que los que mueren en Cristo van al Cielo, pero nunca olvidemos que así no es como debe ser. La única razón por la que personas van al Cielo es a causa del pecado.

2.  Las Escrituras dicen poco acerca del Cielo.

La Biblia habla de una persona que fue al Cielo y regresó. Afirmó que “oyó palabras inefables” las cuales “no le estaba permitido expresar” (2 Cor. 12:4). Esto me deja escéptico acerca de aquellos peregrinos celestiales que les cuentan a todos, especialmente cuando hay dinero de por medio.

En las Escrituras aprendemos sobre el Cielo en Lucas 23:43 (“Hoy estarás conmigo en el paraíso”); 2 Corintios 5:6-8 (“estar en casa con el Señor”); Filipenses 1:21-23 (“partir y estar con Cristo”); y 1 Tesalonicenses 4:14 (“así también Dios traerá con Él a los que durmieron en Jesús”).

¿Qué dicen estos pasajes acerca del Cielo? Que estamos con el Señor. Eso es suficiente. Estar con Jesús es lo que hace que el Cielo sea “Cielo”. Si el Cielo por sí mismo es tan genial, entonces Jesús le jugó un truco sucio a Lázaro cuando lo resucitó de entre los muertos. ¿Por qué no se quejó Lázaro, “¡Oh, Señor! ¡Yo estaba en el Cielo! ¿Por qué me trajiste de regreso?”. Lázaro estaba contento de volver porque Jesús estaba aquí, y su presencia hizo de su esquina de Betania un Cielo en la tierra.

3.  El Cielo no es la meta.

El Cielo no es donde termina la Biblia. Isaías, Pedro y Juan, todos prometen que nuestro destino final es un “cielo nuevo y una tierra nueva” (Ap. 21:1; cp. Is. 65:17; 2 P. 3:13).  El término “Cielo” aquí significa el cielo, donde vuelan los aviones. El punto de estas profecías es que Dios restaurará su creación originalmente buena. “En el principio Dios creó los cielos y la tierra.” (Gn. 1:1), y al final Él creará un “Cielo nuevo y una tierra nueva”. Creación, y luego nueva creación. Desafortunadamente, muchos cristianos nunca llegan a “nueva tierra” al final de esta frase. Se detienen en “Cielo nuevo” y, suponiendo que significa la morada celestial de Dios, erróneamente piensan que su destino es volar de este mundo y vivir con Dios en algún lugar por encima de las nubes.

Tomamos inmenso consuelo al saber que nuestros seres queridos redimidos están en el Cielo. Pero debemos recordar que no están aún del todo satisfechos. Ellos todavía anhelan algo más (cp.Apocalipsis 6:10, donde los santos celestiales “clamaban a gran voz: ¿Hasta cuándo, Señor?”). A pesar de lo genial que es ser un alma sin cuerpo en el Cielo con Jesús, hay algo aún mejor: disfrutar a Jesús como una persona completa en la tierra, donde los cuerpos resucitados están destinados a vivir. Así que gloria a Dios porque los que mueren en Cristo van al Cielo. Y gloria a Dios aún más porque están en la primera etapa de un viaje de ida y vuelta.

¿Sientes la tensión? No debemos minimizar el consuelo y la gloria del Cielo, pero tampoco debemos alabar tanto nuestra condición allá que minimizamos el regreso de Cristo y nuestra resurrección. El apóstol Juan nos muestra cómo unir esto. En Juan 14:1-3, Jesús promete “ir y preparar un lugar” para nosotros. Muchos cristianos se detienen allí y se les escapa que Juan más tarde completa este pensamiento. En Apocalipsis 21:1-3, Juan ve ese lugar, “la ciudad santa, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios” para que “Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo”. Jesús nos lleva temporalmente para estar con Él. Pero al final, Jesús viene a la tierra para vivir con nosotros. Él es Emanuel”, que significa “Dios con nosotros” (Mt. 1:23).  Dejemos de leer ese nombre al revés.

4. La fijación en el Cielo puede renunciar el evangelio.

No es por casualidad que en nuestra cultura obsesionada con el Cielo, casi la mitad de los cristianos “nacidos de nuevo” no creen sus cuerpos resucitarán. [1] ¿Cómo pueden tales personas ser salvas? Como Pablo dijo a los excesivamente espirituales corintios: “Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (1 Co. 15:13-14). Puedes ser más espiritual que Dios, quien resucitó a su Hijo de la muerte. Puedes ser tan espiritual que ya no eres cristiano.

La fe cristiana es terrenal, física, y, en el mejor sentido de la palabra, materialista. Nuestra historia comienza en un jardín de deleites y luego cuenta cómo una nación fue librada de la esclavitud física a una tierra rebosante de leche y miel. Luego pasa a un Dios encarnado que murió y resucitó físicamente, cuyo sacrificio es recordado en las aguas físicas de bautismo y en el pan y en la copa. La historia se consuma en una nueva tierra donde, en la presencia de Dios, celebraremos la cena de las bodas del Cordero, morderemos la fruta del Árbol de la Vida, y tragaremos puñados del Río de la Vida. De principio a fin, el mundo material importa. El evangelio de la redención puede ser más que la creación, pero no menos. La redención no puede empezar sin ella.

El libro de Malarkey puede estar lleno de lo que su nombre sugiere (malarkey: tontería, en inglés), pero el título dijo algo correcto. Los cristianos iremos al Cielo cuando muramos, y todos vamos a volver. No creemos en el sueño platónico de un Cielo eterno y sin cuerpos. ¡Creemos en la resurrección!


[1] “Poll Reveals Few Believe in Physical Resurrection” Grand Rapids Press (8 de abril de 2006), D9.

Publicado originalmente para The Gospel Coalition. Traducido por Rominna Fernandez.
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