4 lecciones espirituales que aprendí al visitar Israel

A diferencia de Abraham, mi primer vistazo de la Tierra Prometida fue a 10,000 pies de altura, cuando me senté alerta en el asiento de la ventana de mi avión. En 11 horas había cruzado un océano y un continente, empequeñeciendo el viaje de Abraham desde Ur al mismo destino 4,000 años antes.

También a diferencia de Abraham, Dios no me había dicho que fuera. No había tenido visiones, ni escuchado voces audibles, ni me había obligado ninguna escritura sagrada. Sin embargo, mientras me sentaba mirando a través de las delgadas nubes, no pude evitar pensar en ese antiguo patriarca. “Entonces, esta es la tierra que Dios le prometió”, susurré en oración.

Viajar a Israel debería ser un peregrinaje espiritual. Aunque el mandato bíblico no nos obliga a visitar los sitios o regiones donde Dios logró tanto a nuestro favor, hacerlo es una rica y abundante bendición.

Aquí hay cuatro lecciones espirituales que aprendí al ir a la tierra de Israel.

1. La ubicación no importa, excepto cuando sí

Si soy el templo santo de Dios (1 Co. 3:17), y si puedo adorarlo desde cualquier lugar (Jn. 4:21–24), ¿por qué necesitaría ir a Tierra Santa? ¿Y deberíamos llamarla “Tierra Santa”?

La Biblia es clara en que Dios creó el mundo entero y es el Rey supremo sobre todas las naciones de la tierra. Además, el sacrificio de Cristo en la cruz aseguró la salvación de personas de toda tribu, idioma, pueblo, y nación para que, a través de Él, podamos adorar a Dios desde cualquier lugar, en cualquier momento, en espíritu y en verdad. Por lo tanto, de alguna manera, Israel es solo una de muchas naciones bajo el gobierno soberano de Dios y, en ese sentido, no es diferente a ninguna otra.

Si bien esto puede ser cierto, hay, sin embargo, algo que hace que Israel se destaque como históricamente única de todas las demás naciones bajo el cielo: Israel es el gran teatro de la obra redentora de Dios.

Israel es el gran teatro de la obra redentora de Dios.

Fue en Israel que me arrodillé a la sombra de la colina donde los hombres de Jabes de Galaad recuperaron el cuerpo del rey Saúl (1 S. 11:1–11; 31:8–13). Toqué la apostasía de Jeroboam con mis propias manos y temblé al pensarlo (1 R. 12:25–33). Contemplé el valle de Jezreel en la cima de la montaña donde Elías convocó fuego del cielo para derrotar a los profetas de Baal (1 R. 18). Probé el agua salada donde Jonás huyó de Dios (Jo. 1:1-3). Navegué en las aguas que Jesucristo pisó a pie, y en las que Pedro salió con fe (Mt. 14:22–33). Me paré en el lugar exacto donde Pablo apeló a César (Hch. 25:1–12). Olí las llanuras de Armagedón e imaginé que venía el reino de Dios (Ap. 16).

Caminé siguiendo los pasos de Cristo en aquella gloriosa y sobrecogedora noche, desde el aposento alto a Getsemaní, a Caifás, a Pilato, al Gólgota.

Hay mucho más que vi, hice, olí, probé, toqué, y oí. Aunque no todos los sitios son absolutamente seguros, muchos lo son. El Mar de Galilea es el Mar de Galilea. Capernaum es Capernaum. El monte del templo es el monte del templo. Y yo estaba allí. He estado en los lugares donde Dios logró la salvación del mundo. Lo adoré allí de una manera que nunca lo había adorado antes.

La ubicación no importa, excepto cuando sí. Al igual que un himno, este pequeño país te obliga a adorar, y saca alabanzas del corazón de los santos. Israel siempre será Tierra Santa porque siempre será el escenario, apartado de todos los demás lugares, donde Dios rescató un mundo en ruinas. No debemos usar la teología para apartarnos de este lugar.

2.  Israel no es Narnia

Sé que la Biblia es real y Narnia no lo es. Lo sé. Y sin embargo, hasta que estuve allí, tanto Israel como Narnia existían en la misma parte de mi cerebro, recreados en mi mente a través de la palabra impresa en la página.

Algo literal y espiritualmente se rompió dentro de mí en el día cuatro. Ya había experimentado algunos momentos inspiradores. Había leído públicamente Lucas 4:16–30 en una sinagoga nazarena, probablemente a menos de media milla de donde Jesús dijo las mismas palabras. Me senté a escuchar una predicación de Mateo 5:1-16 en el “monte de las bienaventuranzas” con vista al Mar de Galilea. Me paré frente a las “puertas del infierno” en Cesarea de Filipo, donde Pedro confesó que Jesús era el Cristo (Mt. 16:13-20). Sin embargo, fue en la tarde del día cuatro que sucedió.

Yo estaba en Capernaum. Acabábamos de pasar un tiempo considerable en una sinagoga de finales del siglo tercero, construida sobre la sinagoga del primer siglo donde Jesús predicaba regularmente. Un paseo de cuatro minutos nos llevó a una vivienda a dos cuadras de distancia. Y construida en la parte superior de esta casa había una iglesia octagonal del siglo quinto, y en medio de la diana de esta iglesia había una sala rectangular que había sido utilizada como domus ecclesia (iglesia local) desde la primera mitad del primer siglo. En esta sala se encontraron fragmentos de cerámica del Padre Nuestro, y graffiti antiguos que inscriben las palabras Jesús, Señor, y Mesías. Nos dijeron que esto era, probablemente, la casa de Pedro, y que esta habitación, venerada desde la primera mitad del primer siglo, bien podría haber sido la habitación donde vivió y durmió Jesús durante gran parte de los tres años de su ministerio en Galilea (Mt. 4:13).

Israel siempre será la Tierra Santa porque siempre será el escenario donde Dios salvó al mundo.

¿Era o no era? Nunca lo sabremos con seguridad. De cualquier manera, yo estaba en Capernaum. Jesús caminó por estas calles (Mt. 13:54), predicó en esta sinagoga (Mr. 1:21–22; 3:1–5), y enseñó junto a esta orilla (Mr. 2:13). Esta podría haber sido su casa, donde curó a la suegra de Pedro (Mr. 1:29–31), perdonó los pecados del paralítico (Mr. 2:1–12), y sanó al cojo, al enfermo, y a los poseídos por demonios (Mr. 1:32–34).

De pie allí, la Biblia cobró vida dentro de mí al ir de un lugar a otro. Pasó de la imaginación a la experiencia y de la mente a la memoria. Israel y Narnia fueron destrozados para siempre, nunca más para cohabitar los mismos rincones de mi mente.

3. El reino de Dios en verdad es una semilla de mostaza

Israel es pequeño. La región de Galilea es aun más pequeña. La costa norte del Mar de Galilea, donde Jesús enfocó su ministerio, tiene un ancho de menos de doce kilómetros y se puede recorrer a pie en menos de medio día. Si yo fuera Dios y me convirtiera en hombre para revelarme al mundo, no creo que hubiera elegido a Nazaret como el lugar para crecer. Tampoco centraría mi ministerio en Capernaum, ni pasaría la mayor parte de mi tiempo en ciudades y pueblos como Magdala, Corazín, y Betsaida.

Además de la pequeñez de este escenario, Jesús nunca escribió un libro, nunca comandó un ejército de carne y hueso, nunca celebró una corte sobre una ciudadanía y nunca, en su vida adulta, viajó fuera de las fronteras del Israel de hoy en día, un país que no es más grande que Nueva Jersey. Sin embargo, en una generación su influencia competía contra la del César, y su nombre era conocido hasta España. Esta vida aparentemente insignificante de menos de 40 años, en un lugarcito del Imperio romano, demostró ser la vida más importante que se haya vivido. Esto es, en sí mismo, una profunda maravilla.

Para el americano promedio, la pequeñez del escenario que Dios estableció para el drama del evangelio no se puede captar adecuadamente por mapas y comparaciones. Tienes que poner tus pies en el suelo, mirar a través del pequeño lago que llamamos el “Mar” de Galilea, y hacer tu propia peregrinación personal desde Capernaum a Jerusalén. Luego, una vez en Jerusalén, la pequeñez del escenario seguirá asombrándote. Todos los eventos desde Getsemaní a Gólgota ocurrieron en un espacio más pequeño que el de Disneylandia. El mundo cambió en la cabeza de una aguja, en la plantación de una semilla, en el jardín más pequeño.

4. Puede haber dos Testamentos, pero solo hay una historia redentora

Las historias suceden en lugares. Un escenario compartido unifica necesariamente la historia. No puedes tener dos historias totalmente desconectadas en la misma región. Cuando viajas por Israel, no puedes evitar sentirte impresionado por todo lo que sucedió allí. Lo más importante es que, en un día cualquiera, el peregrino cristiano visitará los sitios del Antiguo y Nuevo Testamento, muchos de los cuales sucedieron en el mismo lugar.

Podemos adorar a Dios desde cualquier lugar, pero nunca lo adorarás de la misma manera después de ir a la Tierra de la Promesa.

Por ejemplo, Josué cruzó el Jordán donde Jesús fue bautizado. Jonás zarpó de la ciudad portuaria donde Pedro recibió su visión de matar y comer, antes de embarcarse en su primera misión gentil por la costa de Cesarea hacia casa de Cornelio. El rey David nació donde Jesús nació después, y estableció su capital donde Jesús fue crucificado después. Ezequías construyó un sistema de agua en los días de Isaías hasta el estanque de Siloé, donde Jesús sanó al ciego. Judas pasó por el valle de Josafat, donde Joel predijo juicio, el beso de Jesús en Getsemaní.

La división artificial entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que es muy grande en la mente de muchos lectores de la Biblia, se derrumba como las paredes de Jericó cuando visitas los lugares reales. Los eventos del Antiguo y Nuevo Testamento se mezclan, se apilan uno sobre otro, en un pequeño rincón del mundo, sin distinción geográfica discernible entre lo que sucedió antes de Cristo y lo que sucedió después. De hecho, la geografía de esta tierra aporta una unidad natural a la Biblia que ningún libro de teología bíblica podría jamás hacer.

Una experiencia que cambia la vida

No necesitamos ir a Israel para vivir vidas cristianas plenas y satisfechas. No hay créditos adicionales en el cielo para aquellos que van allí. Sin embargo, te insto a que te pongas como objetivo en la vida poner tus propios pies en la Tierra que Dios prometió a Abraham, Isaac, y Jacob. Te cambiará para siempre, y cambiará tu caminar con Dios.

Podemos adorar a Dios desde cualquier lugar, pero nunca lo adorarás de la misma manera después de ir a la Tierra de la Promesa.


Publicado originalmente en The Gospel Coalition. Traducido por Equipo Coalición.
Imagen: Lightstock.
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