4 ideas erradas sobre la vocación

Uno de los escritores más prominentes en el tema de la vocación en la vida cristiana fue el reformador Martín Lutero. Él fue el primero en utilizar el término vocación para referirse a oficios no relacionados al área eclesiástica o de ministerio cristiano. Gustaf Windgren escribió un tratado en 1957 llamado: “Lutero y la vocación”, el cual hasta el dia de hoy es uno de los compendios que más se usan en relación al pensamiento del reformador y el tema de la vocación.

Mark Kolden, al escribir acerca de Lutero y su teología de la vocación, dice:

“Lutero inició su pensamiento acerca de este tema partiendo desde 1 Corintios 7:20: “Cada uno permanezca en la condición en que fue llamado”. Esto se interpretó inicialmente en contra de la idea prevaleciente de que uno tenía que abandonar su modo de vida anterior, y convertirse en miembro de una orden religiosa o sacerdotal para servir a Dios de verdad. Contra esto, Lutero afirmó que toda persona ya está en una vocación. ¿Cómo es posible que no seas llamado? Siempre has estado en algún estado o estación; siempre has sido esposo o esposa, niño o niña, o criado. Imagina ante ti el estado más humilde. ¿Eres un esposo y crees que no tienes suficiente qué hacer en esa esfera para liderar a tu esposa, hijos, empleados domésticos y bienes para que todos puedan ser obedientes a Dios y no hagan daño a nadie?”[1]

El llamado viene de Cristo, pero nos encuentra en medio del mundo creado, por medio del llamado a obras en favor de nuestro prójimo. Como se describe en la cita anterior, la vocación se refiere no solo a la ocupación sino a todas las relaciones, situaciones, contextos, y estados en que Dios nos ha colocado, incluyendo nuestra ocupación.

Aunque es cierto que Lutero menciona ciertas ocupaciones, el propósito de hacerlo no es restringir la vocación a la ocupación, sino afirmar que aun en los tiempos y estaciones más mundanos de la vida, hay lugares y formas en las cuales los creyentes deben vivir su fe. Este tipo de trabajo sirve a otros, a diferencia de algunas vocaciones religiosas, las cuales sirven principalmente a las personas involucradas en dicha vocación religiosa; y ni siquiera del todo a estas personas, ya que la salvación no viene por hacer obras de piedad.

La vocación se refiere no solo a la ocupación sino a todas las situaciones, contextos, y estados en que Dios nos ha colocado

De esta forma, observemos algunos mitos comunes acerca de la vocación:

Mito 1: Algunas vocaciones son más honrosas que otras

En Romanos 12:2, el apóstol Pablo nos llama a renovar nuestro entendimiento y no conformarnos al mundo. El mundo reconoce algunas vocaciones más que otras. Pero tal cosa no existe en realidad. Lo que varía es el círculo de impacto de la vocación, mas no su importancia, porque en el plan de Dios y en su propósito eterno, Él ha designado a cada persona su lugar, rol, y propósito en la creación de este lado de la eternidad (2 Ti. 2:20). Esto es obra de la soberanía de Dios y de ninguna manera se obtiene por mérito personal.

Mito 2: La vocación o llamado al ministerio es el más alto al que un creyente puede aspirar

Como misionera he tenido que enfrentar este tipo de preguntas y situaciones constantemente. En algunos países, dedicarse al ministerio es culturalmente visto como vergonzoso, pues se asume que eres pastor o misionero porque no tuviste la capacidad para hacer nada más o para practicar una profesión tradicional como medicina, ingeniería, o derecho.

Recuerdo dos ocasiones particulares en las que escuché este comentario de dos pastores que viven en extremos opuestos del planeta: uno en Asia, y el otro en Latinoamérica. Los dos dijeron que en sus países se creía que cuando alguien no era bueno para ejercer una profesión, entonces podía aspirar a ser pastor.

Una de las consecuencias de esta forma de pensamiento, es que muchos creyentes en la iglesia dejan de ser hacedores y se convierten en simples oidores de la Palabra, creyendo que el “llamado” es exclusivamente para personas especiales.

Sin embargo, el testimonio de los apóstoles en los primeros días de la iglesia afirma totalmente lo contrario. Los llamados fueron “hombres sin letras y sin preparación”, quienes trastornaron al mundo (Hch. 4:13). Lo que los diferenciaba a ellos de los demás, era que habían caminado con Jesús. El llamado a hacer discípulos contiene una implicación importante. No dice, “si van”, sino más bien “mientras vayan” por el mundo, hagan discípulos (Mt. 28:18-20).

Por tanto, en cada labor, tarea, trabajo, u oficio encontrarás oportunidades para obedecer el mandato divino durante tu peregrinaje por el mundo.

Mito 3: La vocación es eterna

El único llamado que perdurará hasta el otro lado de la eternidad es dar gloria a Dios. La vocación es temporal y puede cambiar de acuerdo a las distintas etapas de la vida. No tenemos detalles de como se verá la eternidad, pero sí sabemos que estaremos adorando eternamente al Cordero que fue inmolado, y quien es digno.

Ningún llamado es eterno. Ni siquiera el matrimonio es eterno. En su libro Pacto matrimonial, el pastor John Piper le recuerda al creyente que el matrimonio es un llamado alto pero “momentáneo”, pues en el cielo no existirá, y además el pacto matrimonial tiene vigencia solo hasta la muerte de uno de los cónyuges. Pero el llamado a ser hijo de Dios, ¡ese sí es eterno!

Mito 4: Encontramos identidad y propósito en nuestra vocación

Existe una diferencia abismal entre un llamado y una identidad. El llamado es posicional, puede ser temporal e incluso circunstancial. La identidad es esencial, es parte inalienable del individuo. En el relato bíblico vemos algunos llamados con base en una necesidad circunstancial, como por ejemplo los líderes de Israel en el desierto. Por otro lado, algunos tenían un llamado como parte de su herencia familiar, como lo ejemplifican los levitas.

Una de las prácticas más dañinas en la iglesia latinoamericana es que muchos hijos de pastores, a pesar de carecer del carácter, testimonio de piedad, devoción, y llamado al ministerio, reciben el liderazgo de dichas iglesias como si se tratara de una herencia o negocio familiar.

Dios es quien llama, y muchos hijos de ministros han sido impuestos en el pastorado o liderazgo ministerial a pesar de serias faltas morales y consagración personal a Dios. En casos así, la vocación no se trata del servicio a otros o al pueblo de Dios, sino del servicio al “yo”. Esto es destructivo no solo para quien lo practica, sino también para la iglesia.

El llamado no es una meta a perseguir, sino más bien una respuesta de obediencia.

Todo lo que hacemos debemos hacerlo para el Señor, y no para los hombres (Col. 3:17). Y eso nos incluye a nosotros mismos. Es posible seguir una vocación ministerial, y hacerlo por razones completamente egoístas y orgullosas que traen deshonra a Dios. Y también es posible servir a Dios como un empresario, ejecutivo, carpintero, médico, científico, taxista, o maestro, y traer gran honra a Su nombre al ser sal y luz, y al producir abundante fruto de piedad en esos lugares.

Por tanto, la vocación no se trata de la persona sino de la manera. La vocación es un asunto de honra y gloria a Dios en el propósito particular para el cual Él nos ha creado, y en los lugares y estaciones en los que Dios mismo nos ha colocado soberanamente.

No somos llamados por Dios porque seamos dignos, estemos preparados, o porque Él haya visto algo especial en nosotros. Si hay algo claro en la Escritura es que Dios nos llama vivir conforme al llamado que hemos recibido. Nuestro carácter y habilidades deben ser proactivamente formados para honrar el llamado de Dios en cualquiera de nuestros roles y circunstancias: seamos solteros, casados, en nuestro ejercicio profesional, como madres, padres, hijos, o hermanos. Cada día es una oportunidad para cambiar y crecer, honrando a Dios y cumpliendo el llamado que Él ha puesto delante de nosotros.

El llamado no es una meta a perseguir, sino más bien una respuesta humilde en dependencia a Dios para obedecerle, de modo que Cristo sea formado en nosotros y podamos servir a otros dentro de los propósitos soberanos de Dios. Ni más, ni menos.


[1] Mark Kolden, https://www.elca.org/JLE/Articles/1015. Consultado: Mayo 1, 2019.


Imagen: Lightstock.
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