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Han pasado más de tres meses desde que la COVID-19 recluyó a la humanidad y trajo adversidad a muchos hogares. Ante eventos como este, son comunes los ataque a la fe a través de la pregunta ¿Dónde está Dios en medio de esta pandemia?

Los creyentes debemos tener una fe informada para dar respuestas claras ante todo aquel que demande razón de la esperanza que hay en nosotros (1 P. 3:15). Por eso, te presento estas cuatro convicciones que necesitamos fortalecer en nosotros.

1) Creer en Dios no es irracional

El ateísmo afirma que es irracional pensar que hay un Dios creador de todo, pero no lo es. Esto es algo que nos recuerda Agustín de Hipona, quien argumentó sobre la existencia de Dios y buscó una razón suficiente que la explicara. Él usó el método de la eliminación, que examinaba diferentes alternativas teóricas y luego las probaba para ver si superaban el escrutinio de la racionalidad.

Usemos el método de Agustín y examinemos cuatro posibilidades para explicar la realidad y cómo la encontramos:

1) Nuestra experiencia de realidad es en sí misma una ilusión;

2) la realidad, como la encontramos, se ha creado a sí misma;

3) la realidad es autoexistente;

4) la realidad es creada finalmente por algo más que es autoexistente.

¿Cuál alternativa luce más racional? Para responder esta pregunta, veamos una ilustración que presenta R. C. Sproul en uno de sus libros:

“De acuerdo a las cuatro posibilidades para explicar la realidad, entonces: 1) O este libro es una ilusión y no está realmente aquí; 2) o el libro se ha creado a sí mismo en última instancia; 3) o el libro es autoexistente (siempre ha existido); 4) o el libro ha llegado a ser finalmente como el resultado de algo más que es autoexistente”.[1]

Una de estas cuatro posibilidades debe ser verdad. Y si es así, entonces el resto son falsas.

Muchos ateos argumentan que el universo de alguna forma se hizo a sí mismo. Sin embargo, como Sproul señala, la gran mayoría de los científicos están de acuerdo en que debe haber algo autoexistente que dio origen al universo.[2] Pero, ¿qué es realmente ese algo? El científico Francis Collins comenta al respecto:

“Soy incapaz de imaginar en qué manera la naturaleza, en este caso el universo, pudo haberse creado a sí mismo. El hecho de que el universo tuviera un principio implica que alguien tuvo la capacidad necesaria para iniciarlo. Y soy de la opinión de que eso tuvo que ocurrir desde afuera”.[3]

La razón demanda la presencia de algo trascendente y autoexistente que pueda dar cuentas acerca de lo que existe. Por lo tanto, no se puede negar la necesidad de Alguien autoexistente y eterno. El salmista, consciente de la existencia de Dios, escribió: “Sepan que Él, el Señor, es Dios; Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos y ovejas de su prado” (Sal. 100:3).

2) El relativismo en realidad no es relativista

El relativismo es la negación de que haya ciertos tipos de verdades universales.[4] Hay dos corrientes principales de relativismo: cognitivo y ético. El relativismo cognitivo mantiene que no hay verdades universales: el mundo no tiene características intrínsecas, simplemente hay distintas maneras de interpretarlo. Por su parte, el relativismo ético convencional concluye que no hay principios morales universalmente válidos que se aplican en todo lugar y tiempo.[5]

El problema de quienes sostienen una de estas posiciones es que desvinculan el conocimiento —que todo individuo adquiere— del sentido interno de justicia que surge de su propia consciencia, lo cual evidencia la existencia de un código moral inherente al ser humano. Dicho sentido de moralidad no lo tienen los animales, pero está presente en las personas. Entonces, ¿de dónde viene ese código moral? Como señala el Dr. Timothy Keller:

“Las personas siguen teniendo fuertes convicciones morales, pero… carecen de una base sólida que sustente y explique por qué creen que unas cosas están bien y otras, en cambio, mal. La sensación que da es de vaguedad en los principios, como si flotaran en el espacio, sin origen claro ni rumbo fijo, sin anclarse en tierra, sin fundamento”.[6]

Al mismo tiempo, la gente piensa que nadie debe imponer sus convicciones morales a los demás —y los cristianos estamos de acuerdo con esto—, pero afirmar que cada quien “tiene derecho” a encontrar su propia verdad es peligroso. Por este concepto, el relativismo tiene una contradictoria creencia en obligaciones relativistas. Esto hace al relativismo frágil en su práctica, ya que pretende hacer tan relativas algunas cosas que termina por imponerlas

3) El naturalismo evolutivo es inconsistente

Muchos académicos ven una contradicción entre la ciencia y la fe. Sin embargo, se trata de una batalla entre cosmovisiones: el naturalismo evolutivo, teoría que sostiene que somos el producto de la selección natural, y el cristianismo.

Cuando te adentras en la biología evolutiva encuentras lagunas en su argumentación. Afirma que puede explicar lo relativo al humano en función de la selección natural, pero ese absolutismo parece debilitarse en el propio análisis realizado por algunos pensadores ateos. Por ejemplo, el Dr. Keller indica que:

“En la última parte del libro ‘El Espejismo de Dios’ de Richard Dawkins, este admite que, dado que somos el resultado de la selección natural, no podemos confiar en nuestros sentidos de forma absoluta. Después de todo, la evolución se interesa tan solo en preservar una conducta adaptativa, no una creencia verdadera”.[7]

Entonces, el naturalismo evolutivo no es tan consistente como se plantea. Quizá estos especuladores de la evolución naturalista no se percatan del alcance total de esta percepción. Si no podemos confiar en nuestros sentidos, tampoco podemos utilizarlos para concluir que somos el producto de un proceso evolutivo.

4) El problema del ateísmo no es intelectual

Entre el año 1900 y el 2000, el 65% de los Premios Nobel creían en Dios. Entonces, la pregunta que sigue es: Si hay un Dios, ¿por qué algunos de los hombres más brillantes en la historia llegaron a negar Su existencia? El apóstol Pablo responde: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad” (Ro. 1:18).

Pablo argumenta que los cielos y la tierra testifican sobre la existencia de Dios, su eterno poder, y su naturaleza divina (Ro. 1:20). Pero los seres humanos prefieren ignorar ese mensaje de Dios en la naturaleza, conocido como revelación general. Sproul nos ayuda a ver un poco más lo que indica Pablo: “Aquellos que niegan la existencia de Dios tienen un enorme interés en negarlo porque es el mayor obstáculo en el universo para su propia autonomía”.[8]

La humanidad necesita saber que la revelación especial de Dios es la Biblia, la cual también habla claramente sobre el juicio que le espera. Al hombre no le interesa Dios y no reconoce su existencia porque no le agrada pensar que deberá estar ante un Juez justo que lo haga pagar por sus actos (2 Co. 5:10). Por tanto, el problema del ateísmo no es primero intelectual sino moral.

Prediquemos a Jesucristo

Ante los cuestionamientos sobre la existencia de Dios en medio de esta tragedia sanitaria, es posible responder apropiadamente y con mansedumbre (1 P. 3:15). Recordemos que lo más glorioso es que Dios se ha revelado en la creación por medio de Jesucristo. La misma esencia del Creador vino a este mundo y nos abrió el camino a Él. Él hizo por los hombres lo que nadie más puede hacer: morir por la humanidad, con el propósito de darles vida y llevarlos a la misma presencia del Eterno. Que nuestra defensa de la fe nos conduzca a ese propósito.


[1] R.C. Sproul, Does God exist? (Florida: Reformation Trust Publishing, 2019) 10.
[2] Ibid.
[3] Francis Collins, The Language of God (New York: Free Press, 2006). Citado por Steve Paulson en ‘The believer’, 07 de agosto del 2006 https://www.salon.com/2006/08/07/collins_6/
[4] Robert Audi (ed.), “Relativismo”, Diccionario Akal de filosofía (Universidad Autónoma de Madrid: Ediciones Akal) 847.
[5] Ibid.
[6] Timothy Keller, ¿Es razonable creer en Dios? (Spanish Edition) Cap. 8. Edición de Kindle.
[7] Ibid.
[8] RC. Sproul, Does God exist?, Capítulo 11, pág. 83. Edición de Kindle.
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