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Cuando hablamos de ciencia, muchas veces sentimos que los bancos de la iglesia se estremecen. Pero la ciencia no es un ser maligno que intenta demostrar que Dios no existe. Es simplemente la búsqueda constante por comprender más la naturaleza a través de experimentos reproducibles.

Muchos cristianos ignoran la ciencia, o incluso la evitan completamente. Aquí tres razones de por qué esto no debe ser así.

1. Porque toda verdad viene de Dios.

Como cristiana, creo en la existencia de una sola verdad. Como científica, también creo en la existencia de una sola verdad. ¿Serán verdades distintas? Dado que la verdad es una sola, la respuesta es no. Creo firmemente que la ciencia, así como la Biblia, es verdad de Dios, simplemente porque la verdad no puede venir de otro lado. Como dice Números 23:19, Dios no es hombre para que mienta. Por lo tanto, como cristiana, mi deber es creer en las verdades científicas.

En Filipenses 4:8, Pablo nos invita a pensar en todo lo que sea verdad:

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten”.

Es importante notar que las evidencias científicas y las interpretaciones de dichas evidencias son dos cosas muy distintas. No descarto la posibilidad del error humano en la búsqueda por comprender e interpretar la naturaleza. Pero así como cuestiono la ciencia también cuestiono mi interpretación de las Escrituras, aunque no la veracidad o autoridad de las mismas.

Las evidencias científicas y las interpretaciones de dichas evidencias son dos cosas muy distintas.

2. Porque nos ayuda a tener una fe madura.

Entonces, ¿qué hay de aquellas verdades científicas que ponen a prueba mi fe? ¡Gracias a Dios por ellas! No puedo negar la evidencia solo para evitar cuestionar mi fe, y tampoco pienso que esa sea la voluntad del Dios de verdad. Parte de hacer ciencia y de desarrollar una fe madura es hacer preguntas. Al formarnos a Su imagen, Dios nos hizo capaces de razonar, y negarnos a hacerlo sería muy triste. Usemos este regalo para fortalecernos en nuestra relación con Él. No tengamos una fe ciega que dependa de lo que digan otros, ya sean científicos o líderes espirituales.

¿Qué haríamos si se demostrara irrefutablemente la evolución? ¿Cerraríamos los ojos?

Sugiero que no. Regresemos a la Biblia, estudiemos con objetividad, y consideremos la posibilidad de que la estemos interpretando mal. No seríamos los primeros. Recordemos que, en el siglo XVI, Martín Lutero consideró como herejía la propuesta de Copérnico de que el Sol es el centro del sistema solar.¹ Lutero creía firmemente que la Biblia indicaba, en pasajes como Josué 10:12-14, que el Sol giraba alrededor de la Tierra. Hoy sabemos que no es así y que Copérnico tenía razón.

De este error podemos aprender que nuestra interpretación de las Escrituras es falible. Seamos lo suficientemente humildes y valientes para reconocer que podemos equivocarnos.

3. Porque nos lleva a conocer más a Dios y glorificarlo.

Más allá de la noble motivación que puedan tener los científicos que intentan curar enfermedades y mejorar nuestra calidad de vida, la ciencia busca el conocimiento en sí mismo. La ciencia anuncia a la creación, que es la revelación de Dios a través de la naturaleza. Es claro que algunos atributos de Dios pueden conocerse a través la misma (Romanos 1:20).

La creación no son solo árboles, nubes, y animales; hay todo un mundo microscópico —y todo un universo allá afuera— que funciona bajo un pequeño margen de error y tratar de comprenderlo me ha mostrado a un Dios bueno, soberano, y todopoderoso. Es impresionante pensar en que todo fue diseñado y formado átomo por átomo por un solo Dios. Meditar en esto me ha llevado a reconocer el amor del Señor y lo importante que debo ser para Él. No me queda más que concordar con el Salmo 139:14: Te daré gracias, porque asombrosa y maravillosamente he sido hecho; Maravillosas son Tus obras”.

Hacer ciencia rigurosa, objetiva, y reproducible inevitablemente apunta al poder majestuoso de un Creador supremo, aun si quien hace dicha ciencia no cree en Dios. Observamos, razonamos, investigamos, y comprendemos. Buscamos la verdad y usamos nuestro limitado poder para crear algo más porque Dios nos creó así, y al hacerlo honramos ese diseño perfecto.

Hacer ciencia rigurosa, objetiva, y reproducible inevitablemente apunta al poder majestuoso de un Creador supremo, aun si quien hace dicha ciencia no cree en Dios.

Los cristianos no debemos vivir aislados y ajenos a todo ese mundo de conocimiento que nos permite conocer más acerca de Dios en su revelación por medio de la naturaleza. Hay tanto orden en las moléculas y tanta perfección en los seres vivos que quizá nos estamos perdiendo de encontrarnos profundamente con Dios como Creador por temor a que nos lleve a cuestionar lo que creemos. A fin de cuentas, de Él, y por Él, y para Él, son todas las cosas, incluida la ciencia.


1. John Lennox, 7 Days That Divide the World, p. 17.

Nota del editor: 

Este artículo fue publicado gracias al apoyo de una beca de la Fundación John Templeton. Las opiniones expresadas en esta publicación son de los autores y no necesariamente reflejan los puntos de vista de la Fundación John Templeton.

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