3 elementos de la verdadera humildad

Dios ha llenado las Escrituras con gloriosas promesas para el humilde. Él promete dar gracia a los humildes (1 Pedro 5:5), exaltar a los humildes (1 Pedro 5:6), escuchar las oraciones del humilde (2 Crónicas 7:14), dirigir y guiar al humilde (Salmos 25:9), y conceder al humilde el honor de la victoria (Salmos 149:4). A la luz de estas promesas, todo cristiano debería buscar la humildad en oración y con pasión.

Pero debemos ser cuidadosos.

Debemos ser cuidadosos porque, en ocasiones, lo que definimos como “humildad” es todo menos humildad. Podemos cometer el error de pensar que tenemos más para ofrecer que los demás o menos para ofrecer que los demás, y ninguna de esas actitudes es una de verdadera humildad. Afortunadamente 1 Pedro 4:10-11 nos provee tres puntos clave que nos ayudan a cuidarnos de tener un falso entendimiento acerca de lo que es la humildad.

“Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas. El que habla, hágalo como quien expresa las palabras mismas de Dios; el que presta algún servicio, hágalo como quien tiene el poder de Dios. Así Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo, a quien sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén”.

1. La verdadera humildad reconoce sus dones.

El apóstol Pedro escribe, “Cada uno ponga al servicio de los demás el don…”. Es imposible obedecer este mandamiento a menos que reconozcamos que tenemos ciertos dones y talentos. Y sin embargo, frecuentemente cometemos el error de pensar que la humildad se encuentra en actuar como si no tuviéramos nada que ofrecer. Convencernos a nosotros mismos o a otros de que no tenemos “nada especial” podría lucir como humildad, pero no es humildad. Al contrario, es arrogante negar los dones que Dios nos ha dado en su gracia.

¿Por qué?

Porque vivir como si no tuviéramos los dones que tenemos es negarle la gloria que Dios merece por darnos los dones que nos ha dado. También significa que no podemos obedecer el mandamiento de 1 Pedro 4:10, y la desobediencia siempre está arraigada en el orgullo y no en la humildad.

Vivir como si no tuviéramos los dones que tenemos es negarle la gloria que Dios merece por darnos los dones que nos ha dado.

2. La verdadera humildad reconoce la fuente de sus dones.

Algunas personas no tienen problema con reconocer sus dones. Están muy conscientes —y quieren que tú también estés muy consciente— de sus dones especiales y sus talentos. Sin embargo, esto no significa que sean humildes. No es suficiente que meramente reconozcamos que tenemos dones, también debemos reconocer la fuente de esos dones.

Pedro escribe, “Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido”, (revelando que tus dones no vienen de ti mismo), “administrando fielmente la gracia de Dios” (revelando que tus dones vienen de Dios). La persona arrogante sabe que tiene dones, pero se da a sí mismo el crédito por ellos. La persona humilde sabe que tiene dones, pero le da a Dios el crédito como la fuente de sus dones.

3. La verdadera humildad usa sus dones para atraer la atención al dador de los dones.

Aunque los primeros dos elementos son necesarios para la verdadera humildad, no son suficientes. Uno puede conocer sus dones y reconocer a Dios como la fuente de los dones y aun así tener un corazón enormemente arrogante. (Solo necesitas ver programas de concurso en la televisión para encontrar ejemplos de esto). Esto es porque la verdadera humildad requiere los primeros dos elementos y un tercero.

Después de exhortar a los cristianos a reconocer sus dones y la fuente de sus dones, el apóstol Pedro le dice a los cristianos que usen esos dones. Sin embargo, él no está satisfecho con que esos dones sean usados para simplemente cualquier propósito. Él tiene un propósito muy específico en mente, “Así Dios será en todo alabado por medio de Jesucristo”.

La persona arrogante usará sus dones para atraer la atención y alabanza hacia sí mismo. La persona humilde usará sus dones para atraer la atención y alabanza al Salvador. Para el observador externo, podría parecer que las dos personas están haciendo las mismas cosas de la misma manera, pero los motivos internos no están escondidos de Dios. (Y, me atrevo a decir, que un ojo perspicaz también notará la diferencia). Solo aquellos que están motivados por la gloria de Jesús en lugar de la suya son verdaderamente humildes. Y solo aquellos que son verdaderamente humildes pueden reclamar las promesas de la humildad.

La persona arrogante usará sus dones para atraer la atención y alabanza hacia sí mismo. La persona humilde usará sus dones para atraer la atención y alabanza al Salvador.

¿Eres tú uno de ellos?

¿Cuáles son tus dones?

¿A quién le das crédito como fuente de tus dones y talentos?

¿Para el honor de quién utilizas lo que has recibido?


Imagen: Lightstock.
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