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3 consejos para un cristianismo a prueba de agua

Como cada año desde 2007, en septiembre de 2016 Apple presentó un nuevo iPhone. Una de sus características más llamativas fue su capacidad “a prueba de agua”. Por fin, todos los fanáticos del iPhone podían despreocuparse de que el agua dañara sus teléfonos.

En un sentido metafórico, me pregunto si nuestro cristianismo también es “a prueba de agua”. Cada día nos sumergimos en un mundo influenciado por Satanás, sus tentaciones nos acechan, y nuestra naturaleza pecaminosa quiere el control absoluto (Ro. 7:20, 21). Vivimos en un mundo caído y perverso, donde necesitamos constantemente evaluar si Satanás, sus tentaciones, o nuestra carne “reinan en nuestro cuerpo mortal” (Ro. 6:12, 13).

Tenemos que meditar en nuestros caminos y pedir a Dios que nos muestre si somos participantes —y quizá promotores— del sistema de valores imperante (Hag. 1:5). Por eso te comparto tres consejos para que tu cristianismo no naufrague en el turbulento océano de este mundo.

1) Resiste al diablo

Así comenzó todo: el diablo tentó a Eva para rebelarse contra Dios. Los creyentes entendemos las tentaciones como trampas que Satanás nos pone para caer, pero estas son mucho más que eso. En el Nuevo Testamento, vemos que Cristo resistió las tentaciones y demostró que Él es el mejor Adán y el primogénito o Principal de la creación (Col. 1:15). Cristo se opuso a pecar para enseñarnos que rendirse ante la tentación de Satanás es una afrenta abierta contra el Padre.

Cuando Pablo, Pedro, y Santiago escriben acerca de las tentaciones, lo hacen de manera enérgica e imperiosa: ¡no las permitan! La tentación no es un juego, no podemos tomarla a la ligera, y tenemos que estar preparados contra ella.

En Efesios 4:27, Pablo ordena: “no den lugar al diablo”. El apóstol también confiesa que tuvo temor de que Satanás “hubiera tentado” a los tesalonicenses (2 Ts. 3:5), y en otra epístola expresó su preocupación de que, “como la serpiente con su astucia engañó a Eva, las mentes de ustedes sean desviadas” (2 Co. 11:3). Además, Pablo indicó a Timoteo que reprendiera tiernamente a los que están en pecado para que –si Dios lo permite– “vuelvan en sí y escapen de los lazos del diablo” (2 Ti. 2:26).

Cristo se opuso a pecar para enseñarnos que rendirse ante la tentación de Satanás es una afrenta abierta contra el Padre

Santiago escribe a los creyentes en la dispersión: “resistan al diablo y huirá de ustedes” (Stg. 4:7). Finalmente, Pedro describe a Satanás como un “adversario que anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar” (1 P. 5:8).

El punto es claro y directo: reconoce que tenemos un enemigo que hará todo lo posible para que caigamos, nos desviemos, y nos rebelemos contra Dios.

2) Descansa en la esperanza bienaventurada

En Tito 2:11-13, Pablo escribe para que comprendamos cómo vivir en este mundo sin ser parte de él:

“Porque la gracia de Dios se ha manifestado, trayendo salvación a todos los hombres, enseñándonos, que negando la impiedad y los deseos mundanos, vivamos en este mundo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador Cristo Jesús”.

Más claro no puede ser: vivimos esperando el retorno de nuestro Salvador para que restaure este mundo. No estamos cómodos en el mundo, no abrazamos sus ideales ni sus impúdicas rebeliones contra la santidad de Dios. Por el contrario, esperamos a Jesús porque sabemos que vendrá. Es una convicción en nuestra mente y corazón. Él dijo que vendrá y, por lo tanto, debemos esperarlo como una novia lista para recibir a su esposo (Ap. 22:17).

Para vivir en el mundo sin ser del mundo necesitamos la Palabra que nos limpia

Esperamos diligentemente que Cristo llegue, restaure, y reine por siempre. Nuestra esperanza bienaventurada lo cambia todo, porque nos enseña que nada en esta tierra nos puede llenar. Somos de Jesús y Él es de nosotros. Nosotros no pudimos ir a Dios, y por eso Él vino a nosotros. No podemos callar y por eso proclamamos: ¡Maranata! Que significa, “¡El Señor viene!” (1 Co. 16:22).

3) Ama la Palabra de Dios

Para vivir en el mundo sin ser del mundo necesitamos la Palabra que nos “limpia para dar mucho fruto” y nos da el crecimiento espiritual para resistir los embates del enemigo, el mundo, y nuestro débil ser (Jn. 15:3). Al respecto, Pedro escribe:

“Por tanto, desechando toda malicia, y todo engaño, e hipocresías, y envidias y toda difamación, deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación”, 1 Pedro 2:1-2.

Nuestro crecimiento está en las Escrituras. No podemos encontrar felicidad fuera de la Palabra de Dios; no debería ser normal para un creyente no leer su Biblia.

Conclusión

Sin duda, el diablo, el mundo, y su sistema de valores son nuestros enemigos. Sin embargo, el apóstol Pablo fue honesto para admitir que nuestra propia carne puede llegar a ser el mayor reto a vencer en materia de tentación y pecado (Ro. 7). Es por eso que necesitamos velar para no caer en tentación. Lee tu Biblia, medítala, y ámala, porque en ella Dios se ha revelado al hombre. Él te dejó una carta: abre el sobre y deja que su voz te maraville todos los días de tu vida hasta que tus ojos le puedan ver cara a cara (Sal. 23:6).

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