2 de julio 1505: Lutero jura convertirse en monje

Hoy en la historia de la Iglesia
Nota del editor: 

Esta entrada de Hoy en la historia de la Iglesia es un extracto adaptado de la biografía breve, Martín Lutero: Confianza en el poder de la Palabra.

El cielo se nubló. Se acercaba una tormenta. Era el 2 de julio de 1505. Martín Lutero, un brillante estudiante de leyes, regresaba a la Universidad de Erfurt luego de visitar a sus padres cuando un rayo descendió con furia desde lo alto y lo tumbó al suelo.

Aquel joven luchó consigo mismo para levantarse en medio de la lluvia y el sonido de los relámpagos. Entonces, aterrorizado, pronunció un voto solemne cargado de angustia: “¡Ayuda, santa Ana! ¡Me convertiré en monje!”.

Como el biógrafo Richard Baiton señala:

“El hombre que así invocó a un santo repudiaría más tarde el culto de los santos. El que juró convertirse en monje, más tarde renunció al monasticismo. Un hijo leal de la Iglesia católica, más tarde destrozaría la estructura del catolicismo medieval. Siervo devoto del papa, más tarde identificó a los papas con el Anticristo”.

En ese día, y sin saberlo, Lutero comenzó su viaje a convertirse en el reformador polémico que conocemos hoy a medida que estudiaba la Palabra de Dios. Este hombre, a pesar de sus muchos defectos, fue usado por el Señor de manera poderosa para que la Iglesia sea hoy muy diferente a lo que era antes.

Vale la pena contrastar el día en que Lutero juró ser monje con el día de su muerte. Antes de morir el 18 de febrero de 1546, alguien le preguntó: “¿Estás listo para morir confiando en tu Señor Jesucristo y confesar la doctrina que tú has enseñado en su nombre?”. Y Lutero respondió con un “sí”.

En aquel día final para Lutero no habían reliquias, ni confesiones extensas, ni súplicas a santa Ana. Tampoco temía a la muerte como aquel joven abrumado por una tormenta un día de julio hacía más de cuatro décadas. Su confianza estaba en el Señor.

Sin duda, hoy es un buen día para recordar la clase de cambio que solo Dios puede obrar en nuestras vidas, llevándonos de la idolatría y la superstición a la alabanza de su nombre. Bendito sea el Dios que transformó para bien aquel juramento de un joven Lutero.


Imagen: Lightstock.
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